Una oportunidad a veces es más que eso. Excelente si salimos airosos aprovechándolas. Fatal si no estamos a la altura. Ante los nuevos escenarios, nuestros dirigentes no la tienen para nada fácil.

En todos estos años, cuando los cubanos decíamos, por ejemplo, que parte de los atrasos en la producción industrial era responsabilidad del bloqueo estadounidense, siempre aparecía alguien que advertía que el día que se terminara ya no tendríamos excusas.

Había quien aseguraba, incluso, que la mejor manera que los americanos –gentilicio que junto a yanqui en Cuba equivale a estadounidense- tenían para tumbar el régimen era levantarlo de una vez, que ya nosotros nos caeríamos por nuestro propio peso.

Esa pareciera ser la esperanza tras la más reciente acción que flexibiliza el bloqueo, al permitir la exportación de café y producciones textiles hacia Los Estados Unidos, pero solo de productores individuales.

Las contradicciones de la medida, en el plano económico y desde el punto de vista del ordenamiento del comercio exterior en Cuba –que se realiza únicamente a través de entidades exportadoras gubernamentales-, e incluso con el hecho de que, en el caso del café, el ciento por ciento es comprado por el estado…, son otra historia que no pienso desarrollar en este post.

Me interesa la parte simbólica del asunto, la intención de fabricar divorcios entre el pueblo y el gobierno cubanos que comenzó desde aquel discurso de Barack Obama el 17 de diciembre, y se ha ido afianzando en pronunciamientos y hechos.

Las relaciones diplomáticas fueron restablecidas con el gobierno cubano, después de largas conversaciones desarrolladas a espaldas de la ciudadanía, pero ya logradas.

En la actualidad el discurso oficial de la Casa Blanca obvia demasiado evidentemente a sus homólogos de la isla.

Se habla de empoderar al pueblo cubano, de abrirle puertas y ofrecerles oportunidades, pero en la práctica es un ofrecimiento casi exclusivo para el sector privado, que crece cada día pero representan poco menos del 30 por ciento de la fuerza laboral del país: La gran mayoría de los cubanos, son empleados estatales.

La idea de ayudarnos solo ofreciendo oportunidades a actores individuales también tropieza con el hecho de que, en cuestiones de aportes al presupuesto para el funcionamiento de la nación –los hospitales, la educación, los servicios comunales, de orden público…-, las entidades estatales tienen el mayor peso.

En Guantánamo, por ejemplo, los impuestos de los trabajadores por cuenta propia, aunque crecientes, no representan ni el dos por ciento de los ingresos de la provincia al presupuesto del Estado.

Tampoco, como han advertido varios economistas, puede pensarse que solo llevando el trabajo por cuenta propia a su máxima expresión, las cooperativas no agropecuarias e incluso las pequeñas empresas privadas, se resolvería el futuro crecimiento del país.

Cualquier actividad económica sin una industria nacional capaz de sustentarla con una producción de bienes de consumo suficientes, por ejemplo, nunca será suficiente ni sostenible a largo plazo.

De modo que el pueblo cubano también necesita una empresa estatal a la que se le abran las puertas del capital, la adquisición de equipos, tecnología y el intercambio de saberes.

La omisión de este “detalle” no es casualidad ni torpeza. Y ya sé que puedo sonar paranoica, pero el cómo reaccionemos ante esas medidas tiene un peso simbólico vital, porque si en los peores momentos de confrontación entre los dos países hubiera sido entendible la intransigencia, ahora que los climas están cambiando, podría salirnos demasiado cara.

En otras palabras: cuando fue necesario resistir, se resistió…, pero incluso a ese pueblo que vivió las etapas más duras de la Revolución y optó por la permanencia, le será difícil entender por qué no tomamos una oportunidad de desarrollarnos, así sea mínima, así no resuelva todo, así nos la pinten calva.

Es enorme el reto para quienes dirigen esta isla: encontrar una posición que, sin ceder en principios fundamentales, sea capaz de adaptarse a requerimientos comerciales, financieros y otros…, que sumen oportunidades, no importa de dónde vengan.

Hay que hilar fino. Después de décadas enfrentándonos a campañas que subvaloraron el impacto del bloqueo, y sugerían incluso que eran nuestros dirigentes los que no querían que el pueblo avanzara, viviera mejor…, esta disyuntiva no puede tomarse a la ligera.

Debe ser difícil caminar en esos zapatos.