No sé cuándo empecé a lamentarme por no saber bailar. Tal vez desde siempre, pero no fue hasta ahora que sentí que me dejaba incompleto. Todos venimos al mundo incompletos, es una perogrullada decirlo, pero no todos venimos con la conciencia de que tenemos limitaciones. Unas más graves que otras.

En Cuba una palabra define mi caso: patón. ¿Qué es un patón? El concepto resulta muy claro y sin ambages: la persona que no baila; la que “tiene dos pies izquierdos”.

Una persona rota a nivel de ritmo. Un cabo suelto en el mecanismo de la identidad nacional que, por su condición, pierde la posibilidad de pavonearse en determinados círculos fuera de su país y representarlo con dignidad. Una fanfarria horrísona en medio de una fiesta en la que solo se escucha vals.

Descubrí que estaba condenado a una edad de la que no tengo noción fiable. Debió ser allá por los tiempos de La Macarena, la versión original de Los del Río, o por los del Carnavalito o por el merengue del Baile del perrito.

Por aquellos años, yo debía tener una pañoleta azul de pionero en alguna celebración escolar. Me había negado a almorzar de nuevo en el comedor porque en el arroz amarillo entre los fragmentos de pescado encontré gusanos. Pero no fue esto obviamente lo que me llevó a no aprender a bailar; fue reconocer y rendirme ante mi incapacidad de coordinarme, esa articulación, ese movimiento fluido y atrevido como a ras de suelo, como un todo. Hubo acercamientos solidarios y nada, me invitaban a seguir el un, dos, tres, a lo que en mi marcación agregué comas decimales: 1, 1.3, 1.5, 2, 2.2…

Bailar es un cálculo, un timing con el que se nace y que en el trópico se aguza, para mí simplemente no estaba elaborado, no me tocó en la repartición de las psiques caribeñas.

Es de suponer que en las fiestas me alejaba del grupo y tomaba una posición a un lado de las croquetas caseras, la pasta de bocaditos, la ensalada fría y el refresco instantáneo. Desde ahí me quedaba observar, que es lo que le queda a cualquier patón que haya sabido resignarse a su total incurabilidad. Desde ahí, la niña que me gustaba se estrechaba y confundía con otro varón donde desaparecían las formas puntuales. La niña que me gustaba ya no era la niña que me gustaba, era la traición, era el demonio borroso que me hacía un perdedor mientras hervía de rabia por dentro. Se hicieron novios. La culpé a ella y también al baile, tragándome, engavetando el rencor.

Si la realidad fuera una película estándar hollywoodense, yo me la encontraría al cabo de dos décadas —tras haber sido herido tantas veces en mi orgullo—, hecho una estrella de la danza y ella hubiera lamentado seriamente ignorarme, y en el filme hipotético casi se arrojaría a mis pies. Sin embargo, para cuando lo hiciera yo tendría una novia mejor, hermosa y buena a más no poder, y tendría el gusto de rechazar a quien ignoró mis flirteos oculares de estatua. Si la realidad fuera un clip, sería una historia bien similar, lo que de menos duración.

De cualquier forma, pasaré la secundaria con los temas de discoteca y el resto de la adolescencia probando canciones pegajosas de Cubanitos 2002, Pesadilla y Orishas.

A diario, la vida erótica de un cubano gira en torno al baile, las oportunidades de conquistas se reducen a lo que se respire fuera de las fiestas que son, por demás, el ambiente que se pinta para el beso y los manoseos al descuido.

Tendré que admitir mi derrota en infinidad de ocasiones. Incluso llegaré al punto de atacar a los bailadores, diciendo que el baile es, en el fondo, un asunto estúpido, un estado animal y sin juicio, propio de los cortejos salvajes. ¡Qué expresión de los cuerpos ni qué nada!

El peor de los hombres es el hombre dolido. Es la bestia arrinconada en su cubil.

Esa bestia arrinconada que fui y que soy de vez en vez, me hizo creer que había aprendido a bailar reguetón, por un azar suelto, cansado de navegar y que, al no encontrar más costa, recaló en mí. Me hizo creer que había aprendido a animar mis junturas y que la sangre criolla finalmente supo cómo desperezarse y bombear.

No era un estudiante, era un adulto rociado de madurez y todavía el hombre dolido me engañaba con una ilusión que pronto va a caer por una rubia pasada de copas, que se me pega en un bar y se contonea. La cintura es un juguete violento y preciso. La cintura y el resto de su cuerpo es una pistola que me apunta y de la que no hay salvación. Si no hago nada me mata y, si hago, igual. Solo que, si no hago nada, peco de cobarde, pienso. La rubia me desafiaba. Yo entendía que era posible. Ella y yo, en el centro de las cosas, en el plano iluminado de un musical. En el marco de lo indefinido. En El Aleph. La tomo con un brazo, pero la realidad es la realidad. Siempre he sido un hombre roto a nivel de ritmo y, así, ella me tiene que aceptar.