Los datos del desfile aseguran que más de un millar de extranjeros pasearon por la Plaza de la Revolución en La Habana este 1º de mayo. No protestaron, no exigieron, no se manifestaron: pasearon. Justo como pasearon por allí el resto de los cubanos —trabajadores o no— que tampoco protestaron, exigieron ni se manifestaron.

En Cuba, un país cuyo salario promedio mensual en el sector estatal fue de 687 pesos (27, 50 CUC) en 2015, parece que olvidamos, o nos hicieron olvidar, el verdadero sentido de esta fecha. Para muchos cubanos se convirtió en día de festejo, en madrugada de ron y jolgorio, en paseo matutino para estirar las piernas y cumplir con el compromiso de la participación.

De a poco, desfile tras desfile, la manifestación ha sido convertida en caminata, primero, de respaldo a la Revolución, al Partido Comunista, a Fidel y a Raúl; y luego, si hay espacio en los carteles, para conmemorar el Día Internacional de los Trabajadores. La propaganda, con su bombardeo sostenido, nos ha extirpado la utopía de la marcha y la justeza de la Internacional.

Lo cuestionable no es que, quien desee, use la Plaza y el desfile del 1º de mayo para apoyar al gobierno cubano. En ese caso, sería una iniciativa legítima. Lo criticable es que no se permita a cada quien, decidir por qué marchar y se supediten las aspiraciones individuales a la consigna establecida por el aparato político del país.

En buena lid, el 1º de mayo debería ser, íntegro, para las demandas de los trabajadores. Para mostrar apoyo al gobierno, a Fidel, a Raúl y al Partido, hay momentos en el año: el 1º de enero, el 26 de julio, el 13 de agosto, el 2 de diciembre, las votaciones contra el bloqueo en la ONU, las elecciones de los Delegados Municipales del Poder Popular y las designaciones de los gobiernos provinciales y nacional. Suficientes, creo.

Antes, hace ya tiempo, el palco de la Plaza era reservado para visitantes e invitados, para que en primera fila observaran el irrestricto apoyo del pueblo. En esa época, los líderes encabezaban la caminata. Ahora, es un palco presidencial, un espacio para que la cúpula del poder cubano vea todo desde su altura. Pequeños detalles como ese, también destruyen la utopía.

Podríamos preguntarnos qué exigir en Cuba, si al fin y al cabo, una dictadura del proletariado dirige el país desde hace más de medio siglo. Y es cierto, en ese tiempo se han consagrado la mayoría de los derechos laborales: casi los mismos que en los países capitalistas. Pero eso no puede convertirse en barricada que oculte los derechos que aún no tenemos, y por los que, aún, no nos manifestamos. Ni nos permiten hacerlo.

Este primer lunes de mayo de 2017 un millar de extranjeros llegaron a la Plaza. Serían más si contáramos a quienes pasearon anónimos junto a los cientos de miles de cubanos que arrollaron con la conga y portaron carteles inocuos. Ellos, los visitantes, son gente buena y de izquierda que, muchas veces, vienen a Cuba en busca de un trozo de leyenda, un retazo de gesta triunfante que enarbolar en sus propias luchas. Son trabajadores que, dejando atrás el verdadero escenario de una marcha, opta por la celebración, el ron y el jolgorio, el compromiso sindical de la asistencia y la infraestructura nacional puesta al servicio de las apariencias. Para ellos, la Plaza es zona de descanso: aquí —mayoritariamente— no se reprime a los paseantes, porque en los paseos matutinos cubanos no se exige ni se protesta.

Contradictoriamente, en pleno siglo XXI deben existir en el mundo laboral pocos espacios sociales menos revolucionarios que este. Habría que ver si lo llenarían tantas personas por su cuenta; si, eliminando de la ecuación la logística destinada al evento, el día feriado, los compromisos sindicales y la asistencia escolar, el mismo número de almas iría a la Plaza.