La primera vez que viví un terremoto en México, el 8 de septiembre de 2017, me asusté tanto que pensé hacer las maletas y regresarme a Cuba. Entonces fue un temblor de magnitud 8.2 con epicentro en Chiapas, casi en la frontera con Guatemala. En la capital mexicana apenas se sintieron movimientos oscilatorios, pero mi susto fue tal que me cuestioné qué hago yo aquí, a fin de cuentas, entre un terremoto en este país y un huracán entrando a Cuba, prefiero el viejo conocido, al menos los ciclones se pronostican, los sismos no.

Ese día y al otro, algunos mexicanos bromearon conque todo había sido una mala pasada de la naturaleza al escucharlos ensayar, para las fiestas patrias del 15 de septiembre, el himno nacional:

“Mexicanos, al grito de guerra
el acero aprestad y el bridón,
y retiemble en sus centros la tierra.
al sonoro rugir del cañón.”

Sí, hicieron chistes, porque para burlarse de las desgracias, el mexicano también se parece al cubano.

Hasta entonces mi mayor miedo en este país era escuchar la alarma sísmica, esa alerta que funciona en la zona metropolitana de la Ciudad de México y que cuando registra a lo lejos un epicentro de mayor de 5 grados, se activa un minuto antes de que las ondas sísmicas lleguen a la capital, y en esa mezcla de sirena y de audio va repitiendo: “Alarma sísmica, alarma sísmica…” y se apaga justo en el momento que empieza a temblar. O que se supone que empieza a temblar. A veces, la mayoría de las veces, era tan imperceptible que la única que temblaba era yo.

Este 19 de septiembre de 2017, la alarma sísmica no se activó a tiempo. El centro del temblor fue tan cerca (en Puebla, a unos 200 km de la capital mexicana) que no tuve el aviso que tantas veces me había asustado en balde. La alarma no sonó un minuto antes, nos descontaron esos segundos de sobrevivencia. Muchos no pudieron evacuar y quedaron atrapados mientras las paredes crujían y los cristales caían estrepitosamente al suelo. Las lámparas parecían péndulos. Los edificios se sacudieron hacia los lados y a la vez, de arriba abajo, como si la tierra los quisiera despertar de un letargo de años.

El terremoto fue de 7.1, pero ahora no se fue a la frontera con Guatemala, se ensañó en el mismo centro. Y yo me estremecí también con más fuerza. Las calles se llenaron de personas y de escombros. Los altoparlantes y radios alertaban de no encender cigarros porque podía haber fugas de gas, que nadie regresara a los edificios hasta que se evaluara la infraestructura, porque muchos de los que no colapsaron estaban a punto de venirse abajo. En las calles los carros parecían marea: unos trataban de escapar de la ciudad, otros de ir por sus hijos a las escuelas. Todos escapaban de algo, todos iban hacia alguna esperanza.

La comunicación estuvo entrecortada, había muchas zonas sin conexión. Las llamadas no salían de México, el terremoto se había tragado también muchas voces, las había convertido en gritos. Salí a ayudar, se necesitaba mucha ayuda para mover escombros. Un muchacho mulato y delgado que traía en su mochila un perrito me escuchó hablar y me dijo: tú eres cubana. Y sí, él también lo era. Más tarde una mujer rubia, con su bebé de meses, me volvió a decir las mismas palabras a modo de contraseña: tú eres cubana. También ella. Pensé que somos muchos cubanos en México y que yo aún no sabía nada de los que conozco, ni ellos de mí. Empecé a caminar en medio de la ciudad destrozada para hallar zonas con wifi, hasta que me pude conectar y ahí, parada en medio de tanta sirena de ambulancia y de helicóptero sobrevolando, supe de los demás. Estaban vivos.

Lloré al hablar con un amigo y le dije: tengo miedo. Me respondió: no te preocupes que a nosotros, como en los muñequitos de Elpidio Valdés y la abuela de Weyler, nos van a enterrar en La Habana.