Cuando te reúnen en el anfiteatro de la empresa para hablar de un asunto urgente, se sabe que para nada bueno es. Y menos si es de los salarios.

Mi empresa está en franco proceso de perfeccionamiento, y se necesitaron quince reuniones como esta, cuarenta y tres asambleas sindicales, y un número tirando a infinito de anónimos, para llegar a tener el sistema de pago que nos funcionaba hasta ahora.

Explicándolo rápidamente, aunque parezca increíble, mi empresa fue autorizada, por su ministerio, a establecer una forma de pago que le permitía a cada División Territorial, o sea, a la representación de la empresa en cada provincia, a repartir las utilidades excedentes entre todos los trabajadores, después de hacer la contribución estatal y territorial. Así, por ejemplo, un trabajador que gana el magro salario de 350 pesos cubanos, podía llegar a ganar 1.2, 1.5 y hasta tres veces su salario.

No hay que extenderse diciendo la cantidad de certificados médicos, problemas personales y reuniones en la escuela del niño disminuyeron que drásticamente desde entonces. Por otro lado se estimula el esfuerzo individual, ese “hacer la diferencia” que tanto necesita la empresa cubana, y para que el trabajador dé ese extra, que solo envenena un salarito básico. Porque, mi gente, esos momentos probaron que la gente trabaja en última… y en primera instancia, por dinero.

Llegamos a cobrar hasta ¡cuatro! salarios; y las personas y la empresa atravesaban un momento de efervescencia productiva, y hasta revolucionaria si se quiere, pues vi gente en los trabajos voluntarios y hasta en la guardia obrera que jamás me hubiera imaginado.

Pero, si hay un refrán que los cubanos tenemos que tallar en mármol, es ese de que… la felicidad en casa del pobre dura poco… o, en este caso, en casa de Irma.

Sí, llegó Irma —con todos sus compinches de cuello y buró detrás—, y mandó a parar.

Mientras la funcionaria de “allá arriba, de La Habana” leía los nuevos acuerdos —los cuales se estaban informando, claro, de discusión nada— la gente iba arrugando la cara, chasqueando la lengua, encogiendo el corazón. Que la situación es crítica, dijo. Que no hay garantías de recursos del exterior, no se sabe hasta cuándo, dijo. Que tienen que entender, compañeros, dijo. Que hay que sacrificarse más, y de nuevo.

Para ponerlo más potable, si ahora mi empresa en Artemisa incumple el plan mensual, sus trabajadores cobrarán lo mismo que los de la división de Santiago de Cuba, que sobrecumplieron en un 150%, mediante un coeficiente corporativo que se determinará en “el nivel central”.

No se necesita ser Einstein para entender que, de un machetazo (o de un huracanazo), están segando toda esperanza de iniciativa personal, de esfuerzo extra, de interés en los asuntos de la empresa; porque, al fin y al cabo, la empresa pagará “lo que le dé la gana”. Eso sin contar que la tremenda injusticia que genera esta forma de igualitarismo, esta “repartición de la pobreza”, no tiene remedio posible; y le hace, más allá del bien de una curita en el dedo, un daño terrible a la economía de un país que, ya por sí, está anémica y entubada.

En fin, que volvemos a las mismas, como parece estamos destinados a volver… siempre.

Sin embargo, ayer, aunque me sabía amarga la reunión todavía, fui de nuevo a trabajar… de nuevo, sí. Y no sé si sea casualidad, pero solo había cuatro gatos en el matutino. Y nadie preguntó dónde estaban los demás, como si supieran…