Mariana, nombre de gloria y entereza, fue el escogido por sus padres antes de ver la luz. Su recuerdo aún está fresco en mi memoria. Residente en Miami luego de haber contraído segundas nupcias, la recibí en mi oficina con un niño de meses en los brazos. Estaba de nuevo en su patria por razones desconocidas por mí, pero que me hicieron suponer las mismas justificaciones que mueven a todos los cubanos de un lado a otro del “Estrecho”.

Después supe que la presencia de Mariana tenía como motivación el mismo espíritu maternal que hizo a su tocaya Grajales un símbolo para Cuba. No obstante, el impulso de la madre de los Maceo, estaba geográficamente opuesto al de la progenitora de Yanisleydi. La madre de los Maceo crió y empujó a toda su estirpe, no solo a permanecer en Cuba, sino a morir por ella. La madre de Yanisleydi quería que su hija mayor, de 9 años de edad, abandonara la Isla y disfrutara junto con ella y su nueva familia las bonanzas del “sueño americano”.

Al casarse por segunda vez, con un paisano domiciliado en Hialeah, Mariana había hecho todas las gestiones para lograr documentos que ampararan su salida y la de Yanita. La niña permanecía bajo su abrigo desde la ruptura con el padre por “haberle pegado los tarros”. Sin embargo, cuando todo estaba listo y solo se requería por parte del papá la firma de un documento que autorizara la expedición del pasaporte de la menor, éste se negó rotundamente.

Ni el dinero ofrecido, meta buscada por muchos otros en estos casos, ni las solicitudes de clemencia de Mariana, hicieron mella en el espíritu de Luis. Con el argumento de que si dejaba ir a su hija no la vería más, se mantuvo imperturbable.

Mariana marchó sola en busca de la tierra de las barras y las múltiples estrellas. Detrás en la isla de la estrella solitaria, con la abuela materna, quedaba Yanisleydi. Desde ese día, la niña solo vería a Mariana de vez en mes durante sus frecuentes pero cortos viajes a Cuba. A su padre, aún viviendo en el mismo vecindario, lo vería casi con la misma frecuencia que a su madre.

Escuchar las interioridades de la historia, me produjo sentimientos encontrados. Ver a una madre que deja su hija detrás, pero que luego de crear nueva familia vuelve para intentar luchar por su compañía, no deja de ser sobrecogedor. Mariana solicitaba mis servicios en un buen momento. Los Tribunales cubanos apenas comenzaban a admitir la discusión de este tipo de conflictos.

Tras la modificación de la política migratoria, los cubanos que salen conservan su estatus de residentes en Cuba por dos años, y ya tampoco los niños necesitan salir definitivamente, por lo que las discusiones no son sobre el abandono total del país, sino, muchas veces, por el simple permiso a un viaje de paseo.

Por muchos años, la legislación migratoria del país impidió la salida temporal de los menores de edad. Todos los niños que salían de Cuba debían hacerlo con el consentimiento de sus padres y de forma definitiva. Esa situación implicaba que los cubanitos emigrantes solo podían regresar a su patria en condición de extranjeros. Mejor dicho, en condición de cubanos sin derechos civiles y políticos, pues aún hoy permanece su obligación de ingresar con el pasaporte expedido por nuestras autoridades.

Después de las últimas modificaciones a la legislación migratoria, los niños solo requieren la autorización de sus padres para la expedición del pasaporte. La simple obtención del documento identificativo, les permite salir y entrar al país, en tantas ocasiones como sus guardadores lo entiendan. Es por ello que para abandonar la Isla, ambos padres deben emitir ante Notario Público su autorización para que los menores obtengan documento.

Las modificaciones a la política migratoria cubana han creado nuevos conflictos. Su base se encuentra, como muchos otros, en un binomio largamente estudiado por los sociólogos cubanos: Familia y Emigración.

La misma institución que utilizaran los padres cubanos para enviar a sus hijos a la tierra de “Nunca Jamás” con Peter Pan y compañía, hoy vuelve a ser justificación para discutir en nuestros Tribunales un nuevo éxodo de niños. La “patria potestad” utilizada en los tempranos 60 para promover la salida de hijos sin padres, se utiliza ahora, para lograr una escapatoria donde se apuesta por uno solo de los progenitores.

Eso quería Mariana. Pretendía lograr como madre divorciada que se discutiera, utilizando la “patria potestad”, su derecho a poder vivir junto con su pequeña.  El argumento era sencillo: la Ley de Procedimiento Civil, Administrativo, Laboral y Económico vigente en Cuba, regula la posibilidad de llevar ante los Tribunales, los conflictos entre padres, derivados del ejercicio conjunto de la “patria potestad”. Las discrepancias con relación al domicilio, los viajes y el tipo de educación que reciban los hijos, son derivaciones propias de ese derecho.

Fui el defensor de Mariana y creo firmemente en la justeza de su deseo. Sin embargo, no dejo de reconocer que las sentencias favorables a la salida, pueden convertirse también en armas letales para los padres opuestos. La inexistencia de sistemas de colaboración eficiente entre los tribunales cubanos y los de algunos países (Estados Unidos para seguir a tono), constituye la principal amenaza para la defensa de la patria potestad de los padres que quedan en Cuba.

Permitir que Yanita abandone el país con su madre no garantiza en lo absoluto que su padre, incluso obteniendo otra sentencia del mismo Tribunal, pueda disfrutar de una comunicación real y efectiva con su hija. La sentencia que Luis puede obtener es inaplicable en Hialeah donde la madre se refugiaría y dispondría, a sus designios exclusivos, de la forma, las veces y la intensidad en que la hija de ambos, se relacionaría con Luis.

El problema no es decidir si la hija debe ir o no con su madre. El problema más grave, a mi entender, estriba en que los mismos Tribunales que lo deciden, no pueden proteger al padre residente en Cuba. El Estado cubano no podrá asumir los costos de la representación de cada padre que quiera reclamar su derecho, como se hizo con el caso de Juan Miguel González y su hijo Elián. La contienda habrá sido definida desde el principio por el propio poder judicial cubano.

Entre todas estas disquisiciones Mariana, madre al fin, sigue peleando por la compañía de su hija. El Tribunal de primera instancia negó su solicitud y ahora sigue los caminos que la ley cubana le ofrece para combatir la decisión. Espera, como otros ya lo han hecho, obtener un fallo que le permita visitar con todos sus hijos a Mickey Mouse en Disneylandia.