Imagina que tienes un hijo; que él está pasando el Servicio Militar en la frontera en Guantánamo; que lo viste hace poco o le hablaste por teléfono. Imagina que después de eso viene un largo silencio. Una incertidumbre. Un “no sé si mi hijo está vivo o muerto”.

Hasta que visitan tu casa las autoridades y te preguntan si supones por qué tu hijo se fue. Y lo vuelven a hacer, y así varios días. Respondes no sabes, él era militante de la UJC. Todo cuanto puedes decir es que le retuvieron el pase un par de veces y estaba ansioso, un tanto impotente. Respondes también que era casi un niño y no tienes idea de por qué cruzó la frontera que divide la historia de un país.

Una historia que es más vieja que un hijo y una madre; una historia más antigua que sus abuelos, más larga que el archipiélago y que la Revolución a la que ese hijo juró lealtad cuando ingresó como soldado a las Fuerzas Armadas.

La BBC se refirió a esa Historia así: “desde hace 113 años, un pedacito de Cuba está bajo control de Estados Unidos por un alquiler anual que podría ser el que se paga mensualmente por un buen apartamento en una gran ciudad: US$4.085 al año, según el último ajuste que hizo Estados Unidos en 1973”.

La suma, sin embargo, el gobierno cubano la rechaza cada año.

“…El arrendamiento de Guantánamo (iniciado en 1903, gracias a que lo permitía la Enmienda Platt) está lleno de curiosidades y constituye uno de los principales escollos en el proceso de deshielo que iniciaron ambos países el 17 de diciembre de 2014 …”, sentencia el medio británico.

***

Imagina que pasa una docena de años desde que no ves a tu hijo y, aun así, cuatro nuevas medidas migratorias después, aplastan tu esperanza de ver en casa, de nuevo, a quien saliera de tus entrañas.

Su historia la empecé a escuchar cuando aún era una niña. Su madre se la contaba una y otra vez a la mía; se la contaba, una y otra vez, a todo el mundo. Quizás sea un trauma que nunca supere. La esquizofrenia tampoco. Teresa lleva marcas muy fuertes. Dice que la misión de su hijo era explorar y tanto exploró que llegó al otro lado junto a un compañero suyo, un efectivo de mayor rango y la esposa de este último.

No llegaba a los 20 años cuando decidió cruzar la línea de tierra que lo ubicaba en Cuba. Madre e hijo no lo olvidan. Menos ahora que caer de vuelta en la Isla, para él y los de su condición migratoria, se ha reiterado como un claro imposible.

Las nuevas medidas migratorias cubanas que entrarán en vigor el 1ro. de enero de 2018 —a menos de un año del cese de “pies secos-pies mojados”— y que beneficiarán a la mayor parte de sus emigrados, dejan claro, que quienes se fueron vía Guantánamo, por la Base Naval estadounidense, aún son personas no gratas en el país: no están incluidos en las reformas.

“Los ciudadanos que salieron ilegalmente de Cuba podrán regresar sin necesidad de esperar ningún periodo de tiempo determinado. Ahora bien, la nueva política mantiene la exclusión a quienes penetraron de forma ilegal en el territorio de la Base Naval de Guantánamo; se mantiene que esas personas no pueden regresar a Cuba”, explicó el sitio web Cubadebate.

Pero aclaró algo: en este grupo no se incluyen quienes fueron interceptados en el mar por los guardafronteras estadounidenses y luego llevados a la Base.

Los hechos parecen indicar que el hijo de Teresa rompió, para siempre, con su país de origen.

Se instaló en Tampa, estudió inglés y formó familia con una hondureña. Ahora está asociado con una compañía, según registros públicos en Internet. Tiene una hija. Teresa una nieta a la cual no conoce.

Sí sabe Teresa que si bien la Isla da un salto adelante esperado y natural, buena “jugada” ante la política de Donald Trump, hay realidades que no cambian: quien cruza la frontera de la longeva Base de Guantánamo, después de haber jurado lealtad, continúa siendo, para el gobierno cubano, un traidor.

Teresa, a veces, lo olvida y piensa en lo que su hijo dejó atrás. En lo que la vida le arrebató a ella. La separan de su hijo mucho más de 90 millas y piensa que la política debería tener corazón. Y sentir.