Ser cubano, en un hotel de un cayo tiene sus ventajas. La camarera te presta un transformador para que te puedas afeitar, el del catamarán se demora más y te lleva más lejos porque prefiere hablar con un cubano que se interesa por su vida que con un luxemburgués que solo se aferra al cabo por miedo a caer y que “se lo coman los tiburones”. Alegra que el barman te felicite porque tú pides ron Santiago, “qué ese es el de verdá”, en lugar del publicitado Havana Club que siempre ordenan los extranjeros.

Tiene sus cosas malas también. Cuando vas a la plaza comercial diseñada para extranjeros y te sientas a tomar un café, piensan sencillamente que estás descansando. Tal vez porque el café de allí “es demasiado caro para un cubano”, y uno se indigna, y quiere ponerse arrogante, y hacerse el superior, y ofender hasta no dejar nada de autoestima en el otro, pero no puede. De alguna manera uno sabe que ese es un igual (porque lo aprendió en la misma escuela) y por cierto motivo indefinido, hasta siente culpa y se pregunta en serio si es que en verdad ese no es su sitio.

Y tal vez ese no sea mi sitio, porque cuando dos masajistas pasaron ofreciendo sus servicios todos les dijeron que no (canadienses, argentinos, italianos), pero cuando los rechazamos nosotros una de ellas le preguntó a la otra “¿Para qué te esfuerzas? ¿No ves que son cubanos?”

A pesar de todo eso, fue un gran fin de semana. Quiero decir, fue un total de media hora de incomodidades en tres días buenos. Pero lo que jode no es que la camarera es descuidada, o que la dependiente es lenta. No, son situaciones que ocurren, sencillamente, porque eres cubano.

Así nos sucedió a la hora de irnos. Llegamos a la marina de Cayo Las Brujas porque queríamos bucear, a casi cualquier precio, pero ningún dinero lo pudo conseguir. El encargado, con la vergüenza del médico que hizo todo lo posible, nos dijo que los cubanos no podíamos montarnos en las lanchas con motor (alguien pensó y sigue pensando que todos somos posibles secuestradores locos por irnos a Miami).

Y uno no puede evitar pensar que un republicano del Tea Perty que se opone al levantamiento del bloqueo, que un alemán cabeza rapada con una esvástica tatuada en la espalda, que un miembro del Ku Klux Klan, que un ex UNITA que luchó contra los cubanos en Angola puedan abordar un vehículo marítimo con motor en Cuba, pero no un militante de la Unión de Jóvenes Comunistas. Como tampoco puede un veterano de la Sierra Maestra, ni un alfabetizador, ni un médico que colabora salvando vidas allende las fronteras para sostener la economía nacional.

Hay cosas que entiendo. Entiendo que Cuba cambia, sin prisa, con una pausa de vez en cuando, pero avanza. Entiendo que antes ni pagando me permitían ir a un hotel en un cayo, entiendo que antes un tipo como yo no tenía la forma de ganarse legítimamente el dinero para hacerlo. Eso cambia poco a poco y es bueno.

Pero hay cosas que no, como que la policía que cuida el normal desempeño de las cadenas hoteleras y la tranquilidad de los visitantes del cayo me mire con suspicacia porque soy de aquí. O que simplemente no pueda montar un barco con motor en mi país solo por ser de aquí, violando ufanamente la Constitución de la República y sin que aparezca en ninguna ley.

Eso nada tiene que ver con la economía del país, ni con la sustentabilidad del socialismo, ni con la seguridad nacional. Arbitrariedades que se borran de un plumazo, pero que alguien, en cuyo lugar de vacaciones no aparece un policía en la puerta o que, tal vez no navega porque no le gusta el mar (me gusta ser ingenuo), se ha olvidado de solventar.

Lo chistoso es que ninguna ley que yo haya encontrado lo prohíbe. Si de verdad estuviera vedado para los cubanos montar en vehículos marítimos con motor no habría pescadores, ni la gente se montara en la lanchita de regla, ni se podría ir a la Isla de la Juventud. No, es solo en las instalaciones turísticas donde eso sucede, como si fuera potestad de quienes administran los hoteles y marinas en Cuba, contravenir todos los ideales de igualdad de nuestra sociedad, como si de verdad se les hubiera ocurrido a ellos.

Llevamos décadas hablando y luchando por la igualdad entre los cubanos. En algún momento de esa batalla se nos olvidó hablar de esos derechos que los cubanos garantizamos para que disfruten otros.