Recuerdo cuando gané mi primer concurso de matemáticas. Fue en quinto grado, y quedé empatado en el primer lugar con un muchacho ojeroso y gordo. Yo era un tipo muy “cool”, de los que se dejaba media camisa fuera del pantalón y le tumbaba la merienda de las manos a los tipos… bueno, a los tipos como Jorgito.

Recuerdo que, en algún momento de ese año, llegué a pensar que era un muchacho con suerte. Estaba en el equipo de básquet y me hice novio de la única niña con senos de la escuela.

Jorgito no andaba con tanta suerte como yo, sin embargo, algo de popularidad se le pegó por el hecho de ser bueno en matemáticas. Llegó un punto en el que, parados frente a la turba de pañoletas rojas del seminternado, razoné que a Jorgito le iba a ir mejor en la vida; que la matemática podía salvarlo.

No entramos a la misma secundaria, por lo que no lo vi más.

Yo seguí con mi onda; alardeaba con las chicas y les mostraba mi posición en el escalafón, para que se sorprendieran de que un tipo tan “loco” pudiera ser el cuatro o el cinco, detrás de tres o cuatro niñitos buenos de papá.

Sin problemas gané la mini olimpiada provincial de matemáticas y entré a la vocacional, casi sin proponérmelo.

Todo estaba resuelto, todo estaba dicho.

Y lo mejor: las cosas sólo podían mejorar.

Mi primer encuentro con la Universidad fue doloroso.

La beca en Santiago de Cuba me pareció más una celda húmeda y oscura que una residencia estudiantil. Yo venía de ser el niño mimado de la vocacional, y no podía creer que esto era lo que viviría los próximos cinco años.

De todos modos aguanté, pero ya no me quedaba alegría para el estudio. Sin embargo pensé que el sacrificio valdría la pena, y entre apagones y malas comidas me gradué con honores.

Fui tímido a la graduación, porque descubrí con pesar que la ropa de ir al aula no pegaba con el lujo de casi todos mis compañeros; y que a esa hora los profesores le prestaban más atención a los carros de los padres que a las notas de los hijos.

Yo siempre he vivido un poco descolocado de la realidad; quizás porque me gusta escribir, todo para mí es como una gran novela. Pero nunca me imaginé que la parte exterior de la burbuja fuera tan fea.

Ñaño, un socio que se fijó de mí desde el primer año hasta el último, me regaló una cerveza de lata y se ofreció para llevarme hasta Bayamo en el Peugeot de sus papás.

Escuché a los padres de Ñaño decirle que iban para un hotel, y después para un campismo y después para otro sitio divertido. A esa hora mis padres seguían trabajando para mantener la carrera de mi hermana, estropeados y sin fuerzas por haber graduado a dos hijos más.

Hace unos días, en una de esas jornadas cargada de casualidades, me topé con Jorgito y con Ñaño.

Ñaño volvió a recogerme, ahora en un Audi. Acababa de llegar de Suecia, y mostrando una gran alegría, después de más de diez años sin verme, me preguntó que cómo me iba. No me dejó responder y me contó que se había metido en “una candela ahí”, que llegó a Suecia, enredó a una sueca con tremendo baro y que ya tú sabes, “yo soy un sobreviviente, man”.

Me dejó su contacto y un cálido “pa lo que sea, brother”.

Casi anocheciendo me encontré con Jorgito. Hacía la cola en una tienda para comprar pollo. Contaba y recontaba su menudo, para ver si daba la cuenta, y en una de esas se encontró con mi mirada. Seguía ojeroso y sin emociones en el rostro. De la mano llevaba una niña con ropita hecha en casa.

Pensé que se parecía a la mía, y tuve ganas de saludarlo… pero ya sabía lo que íbamos a decirnos. Me hice el que no lo vi, y comencé a contar también mi menudo blanco.