El amor que menos se olvida es el inalcanzable. Una historia de sexo, juventud y preuniversitarios en Cuba. Como la Wikipedia dice que en un blog se escribe prácticamente lo que a uno le da la gana, hoy voy a escribir de sexo. No será tan atrevido o gráfico como pudiera ser ni equilibrará los años que vengo escribiendo cosas políticas pero es un lujo que quiero darme por llegar a los treinta. Llamémosle una resolución de año nuevo.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Esta historia no comienza por el principio sino en una madrugada de septiembre 2001. Durmiendo en mi litera de preuniversitario becado, soñando con el baile de las siete vírgenes cuando siento que alguien me despierta pero sin hacer ruido. Reconozco a la chica que está frente a mí de una charla breve el día anterior y dice solo una palabra: “dale”. Ni tenía que explicarse ni era una de las vírgenes de mi sueño, pero debió adivinarme el pensamiento porque salté de la cama y no demoré mucho en subirme a otra. Lo suyo fue una orden más que una invitación pero quizás sea la única ocasión que haya obedecido a una autoridad así sin chistar.

Mientras derrumbaban las Torres Gemelas yo me sentía el tipo con más suerte de aquel monte donde nos preparaban para una universidad a la que pocos llegamos, lamentablemente debí esperar varios meses antes de poder repetir una historia así. Afortunadamente, hice las amigas correctas y terminé pasando mucho tiempo en el albergue de chicas.

Quizás algunas me imaginaban inofensivo por mi cara y otras me creyeron gay pero hablaban de cualquier cosa frente a mí y yo disfrutaba ese pase libre al camerino de las bailarinas que en el futuro bailarían conmigo.

Eso vendría después, al inicio mi preuniversitario se redujo a no llamar demasiado la atención y ser un estudiante promedio. Lo hice tan bien que era el número 140 en un escalafón de 200 en esa escuela perdida a las afueras de Santa Clara. También tenía cuidado de no tener un perfil demasiado bajo porque podía ser víctima del bullying que era el deporte escolar. Mi vida se limitaba al cine, era el nerd del albergue al que consultar si se quería ver una buena peli o intercambiar casettes VHS. Esa fue mi moneda de cambio y único interés por un tiempo, hasta que algo pasó.

Supongo que me enamoré. O como sea que le llamen a esa primera experiencia que se tiene cuando alguien te gusta tanto que duele. Y me golpeó como una roca el día que encontré mi primera lágrima derramada por una mujer, yo que me creía tan cool e independiente. No sé si el amor de 17 años es más instintivo o sexual que los demás, pero ciertamente fue fuerte. Como un vampiro recién convertido, todos los sentidos exacerbados en busca de una víctima. Y por Dios que era linda.

Ahí estaba yo cada día buscando excusas para verla. Conseguí que se peleara del novio, logré robarle un beso y luego llegar a primera, segunda, tercera… todas las bases en cuestión de semanas. Y nunca pude acostarme con ella. Nos separamos por alguna razón que hoy ni recuerdo. Podía acostarme con sus amigas pero no con ella y eso me jodía como pocas cosas en este mundo. Años después me confesó que siguió siendo virgen hasta el próximo novio, un tipo que después le fue infiel con cada muchacha de su código postal.

Napoleón decía que en la vida hay dos cosas importantes, una es el sexo y la otra no tiene importancia. Ufff, el hombre más famoso de su tiempo terminaba compartiendo nuestras obsesiones y Josefina tampoco era muy tranquilita que digamos. Como el tiempo nos hace más sabios, mi último año de preuniversitario fue de lo mejor. Recuerdo todas las experiencias de madrugadas en que me escondía de los profesores que hacían guardia nocturna, corriendo a colarme en las literas de una novia o en busca de otras transacciones sexuales menos formales. Aun así no volví a enamorarme en mucho tiempo. Hoy no recuerdo bien por qué se acabó aquella relación pero tengo mis sospechas.

Quizás por un secreto que guardamos los hombres y deben prometer no contarle nunca a una fémina porque sería nuestra destrucción: nos gustan las mujeres inteligentes, pero no más que nosotros.

Y esa novia de preuniversitario no daba sexo pero cubría todo lo demás con creces, todavía hoy me muero de la curiosidad con ella. Igual prefiero no volverla a ver, no me atrevo a arriesgar su recuerdo con una decepción porque eso sería demasiado. Con treinta años mejor no arriesgar mucho no sea que termine quedándome solo o me haga trizas una chica más inteligente que yo, de nuevo.