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Alerta en México ante siembra de transgénicos

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La posible siembra a escala comercial del maíz transgénico en los estados mexicanos de Sinaloa y Tamaulipas podría acarrear la contaminación de las 59 razas nativas y a largo plazo su pérdida, según advierten científicos, investigadores, agrónomos y organizaciones como Greenpeace.

Pilar Porral

A pesar de ello, la presión de las multinacionales Monsanto y Pioneer podrían obligar al gobierno a autorizar su siembra de forma inminente. 

“Ya estamos comiendo maíz transgénico debido a las importaciones de diez millones de toneladas procedentes de Estados Unidos”. Con estas palabras, el presidente de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS), Antonio Turrent Fernández, afirma que la población mexicana consume alimentos genéticamente modificados procedentes de las transacciones que desde hace dieciséis años se están recibiendo del país norteamericano. Según el investigador, “el 80% de las superficies sembradas de maíz en Estados Unidos son transgénicos, al igual que lo importado desde África del Sur”.
El investigador Emérito Nacional asevera que “es mercantilista y colonialista pensar que el mexicano si tiene hambre acabará comiendo la tortilla industrial, sea de la calidad que sea, al final se la va a tener que comer”.

 

 

Turrent: “es mercantilista y colonialista pensar que el mexicano si tiene hambre acabará comiendo la tortilla industrial”

 Turrent explica que para el consumo humano directo se requieren entre 12 y 14 millones de toneladas, y en Sinaloa se siembran 500.000 hectáreas bajo riego con un rendimiento de 10 toneladas por hectárea. Por ello, según el agrónomo, si se concede el permiso de plantar maíz transgénico en Sinaloa a las multinacionales, y en cuatro o cinco años las 500.000 hectáreas estuviesen sembradas con maíz transgénico también blanco, “habría que dar de comer a la población con este maíz blanco transgénico”.

Asimismo, la Coordinadora de Agricultura de Greenpeace México, Aleira Lara, advierte que en la red alimentaria mexicana “hay productos de consumo humano que usan maíz de Estados Unidos para fructuosa, para endulzante de algunas bebidas o como fécula, y este maíz no está registrado en ninguna etiqueta”.

Según la coordinadora de Greenpeace, la autorización de cultivos de maíz transgénico a escala comercial causaría un problema de salud en la población puesto que “los mexicanos consumen el maíz sin ningún tipo de elaboración o cocción, por lo que las alertas se potencializarían”.

Además, Lara explica que el maíz procedente de Estados Unidos para forraje y uso industrial no está segregado del maíz convencional, por lo que al ingresar a México sin ningún tipo de control puede estar contaminando el suelo “al caer durante su transporte sobre las carreteras”.

Por su parte, el investigador del departamento de Agroecología de la Benemérita Universidad de Puebla (BUAP), Miguel Ángel Damián Huato, estima que “es muy probable” que ya se estén consumiendo transgénicos, pero añade que ello no es solo debido a las importaciones masivas de maíz amarillo de EEUU, sino también a la emigración de finales de los 90 por parte de los propios productores mexicanos que habrían traído del país norteamericano nuevas técnicas “en su afán de probar su eficiencia efectiva en su parcela”.

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“La industria se ha encargado de dispensar la mentira de que cada agricultor tiene el derecho de elegir el cultivo que quiere cultivar. Pero el flujo genético no va a respetar este tipo de decisiones ni de acuerdos. Esto es incontrolable”, afirma la coordinadora de la campaña de agricultura de Greenpeace México, Aleira Lara.

Según la comunicadora, México ya ha enfrentado casos de contaminación “aunque no hayan sido denunciados”. Además, subraya que el país centroamericano ocupaba entre 2001 y 2007 el segundo lugar en casos de contaminación en América, y el octavo a nivel global. “Y ello evidencia que no se puede controlar la contaminación genética”.

Para Lara, los expertos han dado una opinión negativa sobre la siembra de maíz transgénico experimental en Sinaloa y Tamaulipas porque “es imposible la coexistencia de los transgénicos con cultivos convencionales”.

En esta línea, el profesor universitario Miguel Ángel Damián Huato asevera que “de ninguna manera podrían cohabitar puesto que el maíz criollo es el resultado de innovaciones progresivas milenarias que son más adecuadas a los ambientes adversos en que siembran los maiceros”. Por contra, “el maíz transgénico procede de la ingeniería genética por lo que genera semillas adictas a los agroquímicos”.

El agrónomo afirma que la contaminación es inevitable debido a que el maíz es una planta de polinización cruzada y la mayoría de sus flores femeninas son fecundadas con polen de otras plantas de la misma especie. Según el investigador, “si se siembra maíz transgénico, lo más seguro es que el polen de estas semillas puedan fecundar a los maíces criollos de la región”.

Igualmente, la Comisión Nacional de la Biodiversidad de México (CONABIO),
expresaba en octubre de 2012 su posición sobre las solicitudes de liberación comercial de maíz genéticamente modificado en México  e indicaba que “la información genética de los maíces cultivados en México está en constante intercambio y fluctuación, y el uso de maíces genéticamente modificado (GM) no supone una excepción”.

La directora del CECCAM, Ana de Ita, explica que la costumbre milenaria del intercambio de semillas nace en México porque el maíz es un cultivo “que necesita mucho vigor”, por lo que al final de la siembra los campesinos seleccionan los mejores granos y los guardan para sembrar en la temporada siguiente. La socióloga añade que en este proceso “las comunidades intercambian las semillas, incluso entre diferentes regiones, para mejorar las características del maíz de manera tradicional con conocimiento campesino”.

Por otra parte, De Ita asegura que las multinacionales podrían “criminalizar a los campesinos” acusándoles de estar utilizando sus innovaciones de transgénicos sin pagar la patente correspondiente. Por lo que los agricultores “podrían ir a juicio por utilizar una patente sin pagar regalías”.

Pérdida de razas nativas a largo plazo
La Comisión Nacional de la Biodiversidad recogía en su documento publicado en 2012 las declaraciones del Relator Especial de la Organización de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, Olivier de Schutter, que concluía que “el cultivo de maíz transgénico en México constituye un grave riesgo para la diversidad de las variedades nativas de maíz”, puesto que se desconocían los efectos del maíz GM sobre el nativo.

En esta línea, la directora del CECCAM precisa que las variedades de maíz nativo podrían homogeneizarse tras la invasión de los transgénicos, por lo que a largo plazo “se correría el riesgo de que la riqueza del maíz se vaya erosionando y desaparezcan variedades, y las que queden sean transgénicas”.

El presidente de la UCCS señala que “los transgénicos contaminan en el primer cruce, pero en la segunda generación el proceso se intensifica”. Según el científico, en ese momento comienza la degradación genética del maíz que llevará a un deterioro de la planta y a la pérdida de las razas nativas. “Llega un momento en que la invasión de los transgenes puede hacer que la planta no sea viable, y por este camino comenzaría a reducirse la biodiversidad de las razas nativas de maíz”.

Según el investigador, el país cuenta en la actualidad con 59 razas nativas, y en América del Sur hay otras 350. En el caso de que se produjese esta reducción de razas nativas “los mexicanos necesitarán en 30 o 40 años acudir a este reservorio natural de América Latina para poderse alimentar”.

Turrent concluye que los ciudadanos deben pensar como nación, puesto que “el productor actual es sólo un mayordomo de los recursos que debe pasar su testimonio a la siguiente generación”.

La presión de las multinacionales
El presidente de la UCSS, Antonio Turrent, asegura que su grupo de investigación ha demostrado que “México tiene la tecnología para producir casi el doble de lo que se está consumiendo en la actualidad de maíz, sin maíces transgénicos. Y esa tecnología está disponible”. Según el agrónomo, “la presión de las multinacionales es muy fuerte e impide que esta técnica prospere”.

Asimismo, el investigador del departamento de agroecología de la BUAP, Miguel Ángel Damián Huato, explica que estas innovaciones no llegan a la práctica porque “la mayoría de los actores políticos y técnicos la califican de ineficiente porque se encuentran al servicio de las empresas trasnacionales que producen y venden los transgénicos”.

Huato asevera que desde la Revolución Verde “se han empecinado en vendernos la idea de que el uso de híbridos primero, y transgénicos actualmente, representan la varita mágica para acabar con el hambre que aqueja a los productores de subsistencia”.

Sin embargo, el agrónomo explica que después de 60 años de haberse aplicado los principios de la Revolución Verde al manejo de los cultivos, “la pobreza alimentaria va en aumento y la productividad de los materiales genéticos va en descenso por la contaminación que han provocado al suelo agrícola”.

Por su parte, los especialistas de CONABIO concluyen que México se enfrenta al problema de introducir una nueva tecnología “que pretende imponerse a pesar de no contar aún con evidencia de que se lleve a cabo bajo condiciones de seguridad adecuadas para el medioambiente y la diversidad biológica”.

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