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Asesinato en Holanda: la verdad triunfa sobre el prejuicio

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Un tribunal holandés dictaminó, hoy jueves, prolongar en 14 días el arresto del hombre acusado por un asesinato cometido en 1999.

De este modo, la policía tendrá más tiempo para completar la investigación.
Hace 13 años, la brutal violación y asesinato de una joven de 16 años en una tranquila localidad holandesa conmocionó a todo el país. No se tardó en culpar a los residentes de un centro de refugiados políticos cercano al lugar de los hechos. Babah Tarawally, uno de los inmigrantes sospechosos, nos cuenta su reacción ante el arresto del posible autor del crimen.

Por fin lo tenemos: el asesino de Marianne Vaatstra. No es un hombre de color, no es magrebí, ni chino, hispano o esquimal. Tampoco es un refugiado de Rusia ni de la antigua Yugoslavia; es un hombre blanco, holandés, y su nombre es Jasper S.

“Necesito un abogado”
Tras 13 años de especulaciones sobre la identidad del posible asesino, esta semana se detuvo a un granjero holandés, cuyo ADN coincide con el hallado en la escena del crimen. Con estos nuevos datos, me siento como si me hubieran absuelto de un crimen por el que fui erróneamente acusado. Quizás debería llevar a juicio al Estado holandés para que me indemnice, a mí y al resto de refugiados acusados colectivamente en aquel entonces. Creo que necesito un abogado.

En 1996, yo pertenecía a unos de los primeros grupos de refugiados que fueron reubicados en la provincia de Frisia, en el norte de Holanda. En su amplio paisaje viven menos habitantes que en la mayoría de pronvincias holandesas. Los frisones viven, generalmente, de la agricultura y la ganadería. Por aquella desafortunada época apenas teníamos contacto con ellos, siempre ocupados en sus granjas y cultivos.

Invasión del arco iris
Ciertamente, la presencia de miles de refugiados en Frisia cambió la demografía de una provincia que ha luchado durante siglos por conservar su identidad. Los frisones hablan un idioma distinto al holandés, tienen su propio himno y bandera y son acérrimos nacionalistas. Podía, pues, entender que no estaban preparados para ver, de la noche a la mañana, sus calles, centros comerciales y comercios teñidos con los colores del arco iris del mundo. La población local temía que el gobierno estuviera convirtiendo sus ciudades en calcos de Ásmterdam, la capital holandesa del crimen, las drogas y la prostitución. Y a los ojos de un frisón, toda persona de color viene de Ámsterdam.

Así es que, cuando en 1999 Marianne Vaatstra, de 16 años, fue asesinada mientras regresaba en bicicleta de una discoteca donde se había relacionado con algunos norafricanos, la conclusión estaba servida. Incluso antes de haber leído su diario, el lector ya creía saber quién era el asesino y la causa de la muerte.

"Escoria asesina"
A los que entonces vivíamos en Frisia, la brutal muerte de Marianne Vaatstra nos cambió la vida en el peor de los sentidos. Al día siguiente del asesinato, todos los dedos señalaban al centro de refugiados cercano, donde cientos de personas habían buscado protección. Los sospechosos más buscados eran magrebíes que presuntamente vivían en ese centro. Aunque yo residía en una localidad cercana, todos sentíamos que nos habían destrozado de nuevo la vida. Nuestra ya difícil relación con nuestros huéspedes frisones tomó un cariz devastador. Incluso antes del asesinato, la mayoría de los habitantes nos trataban como a refugiados conflictivos.

Ya éramos escoria y, tras la atroz muerte de Marianne Vaatstra, nos convertimos en escoria asesina. La joven frisona había sido brutalmente violada antes de que el asesino la degollara con un cuchillo. Así es que la gente asumió que el autor debía de ser un musulmán del norte de África, acostumbrado a la matanza ritual de corderos cortándoles el cuello con un cuchillo. Se especulaba, incluso, que se había dirigido a la Meca, como suelen hacer los carniceros islamitas de todo el mundo.

Ojos para ver
En un principio, la policía arrestó a dos hombres del centro de refugiados, pero las pruebas de ADN demostraron su inocencia. Aunque los investigadores llegaron a creer que el asesino era un lugareño de aspecto occidental, los rumores sobre los asesinos extranjeros persistieron. Los medios de comunicación holandeses perpetuaron estas especulaciones y los estereotipos, por lo que nuestra vida de refugiados fue más traumática que antes de venir a Holanda.

Ahora, gracias a una prueba de ADN entre más de siete mil hombres del lugar, tenemos al presunto asesino. ¿Qué deberíamos aprender de todo esto? Como justamente dijo el escritor nigeriano Helon Habila, “una cosa es buscar algo y otra es verlo. Es totalmente distinto. Buscamos con nuestros ojos pero para ver realmente necesitamos algo más que ojos”.

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