El camino de los niños migrantes

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Cada vez son más los niños que intentan cruzar a los Estados Unidos de manera ilegal. Sin importar la nacionalidad, en su lucha por encontrarse en muchas ocasiones con sus padres o buscando mejores condiciones de vida, el camino rumbo al “sueño americano” los deja expuestos a la explotación, la violencia, el abuso, la trata y hasta la muerte.

Por Noé Alí Sánchez Navarro / @noesanz

México es un país de tránsito de migrantes, muchos sudamericanos y centroamericanos se han internado en este país de forma temporal y en la primera oportunidad han emprendido  su viaje hacia el norte, haciéndolo, en la mayoría de los casos de forma ilícita.

A pesar de esta condición como destino de migrantes, desgraciadamente México no ha podido ser un país donde se garanticen los derechos de éstos, ni de los connacionales que regresan a su tierra, mucho menos de los extranjeros. Para muestra, los cientos de indocumentados secuestrados y asesinados a manos de la delincuencia o las redes del narcotráfico.

En los últimos años se ha incrementado el número de infantes que intentan cruzar la frontera hacia los Estados Unidos. Niños que viajan solos, sin la protección o cuidado de algún familiar, que son entregados en cierto rincón del país o del continente, y que a partir de ahí, empiezan la aventura de un viaje que no tiene boleto de regreso.

Según datos del Instituto Nacional de Migración (INM), en los últimos dos años México repatrió a más de 10,000 niños indocumentados a sus países de origen, la gran mayoría de ellos intentando llegar a Norteamérica.

Para aproximarnos a lo que este desplazamiento implica, tendríamos que ser muy conscientes de que seguramente estos niños no han decidido hacerlo por mero gusto o placer, lo hacen movidos por el deseo de encontrarse con su familia, buscando mejores condiciones de vida y, en otros casos, huyendo de la violencia, la marginación y la pobreza.

Al peligro inminente que representa atravesar México para llegar a la frontera, habrá que agregarle los rígidos controles migratorios para poder cruzar, mismos que han provocado que los llamados “polleros”, busquen opciones más riesgosas para evitar ser capturados por la policía migratoria, lo cual pone en grave peligro la vida de los migrantes.

Ante estos riesgos, sin duda los más vulnerables son los niños, porque no sólo se trata de evitar ser detenidos por las autoridades migratorias, que en ocasiones sería lo mejor que les pudiera pasar, en comparación a ser secuestrados, capturados por el crimen organizado (narcotráfico o trata infantil), u otro tipo de agresiones.

Hace algunas semanas, en Ciudad Juárez sucedió una de esas tragedias que sobrepasan lo imaginable y dan muestra de la grandísima indiferencia y ausencia de las autoridades. Una verdad que, aunque se niegue, da señales palpables de que está presente: la trata de personas sigue maniobrando frente a nuestras narices.

Nohemí Álvarez Quillay, una niña de nacionalidad ecuatoriana, y de tan sólo 12 años de edad, fue encontrada sin vida en el baño de una casa hogar de la localidad. Según personal de esa asociación, la menor se enredó la cortina de la regadera en el cuello, y se colgó del mismo tubo que la sostenía, para así, quitarse la vida.

La muerte de Nohemí, sucedió pocos días después de que ésta fue capturada por la Policía Estatal, mientras realizaban un recorrido por las orillas del Río Bravo, donde interrogaron a un hombre que presentaba actitudes sospechosas y que tenía a la menor en el interior de su camioneta.

El propósito del “pollero”, era cruzar a la niña de forma ilegal para que ella pudiera llegar hasta Nueva York, donde se encontraría con sus padres, quienes habían pagado 15 mil dólares para volver a ver su hija. Pero el camino de Nohemí, a unos pasos de pisar suelo estadounidense se vio tajantemente interrumpido.

En ese momento, el hombre, Domingo Fermas Uves, fue detenido y llevado al Ministerio Público Federal (aunque días después fue dejado en libertad), mientras que Nohemí fue trasladada al albergue, donde desgraciadamente terminaría su vida.

Después de encontrar sin vida a la menor, todas las instancias implicadas en el caso, los que la detuvieron, los que la trasladaron, y hasta los que la interrogaron, decidieron optar por lavarse las manos, decirse inocentes y darse la media vuelta.

Como la historia de esta niña ecuatoriana hay otras tantas que se escriben diariamente. Nohemí representa a los niños que emprenden un viaje sin conocer a lo que en realidad se enfrentan: la maldad existente, personas sin escrúpulos y autoridades incompetentes.

A Nohemí, como muchos de los indocumentados que pasan por este país se le ignoró, porque siempre será más cómodo emprender un juicio hacia los padres de la menor, por no tenerla con ellos, por olvidarla o por abandonarla, pero ése es otro tema. La postura incómoda es la que nos dice que a pesar de ser una niña, migrante e indefensa, decidieron dejarla en un albergue, sin conocer su estado emocional ni físico.

Se mostró que institucionalmente no hubo un trato acertado, ni se le dio protección, ni los cuidados y mucho menos el seguimiento psicológico y médico que una menor de edad que tenía días viajando, probablemente en condiciones de alto riesgo, merecía tener. Como cualquier ser humano.

Ojalá que el caso de Nohemí Álvarez no se vaya al fondo de un archivo, su muerte debe ser motivo de muchos cuestionamientos, por ejemplo: ¿Qué hacer con la trata de personas? ¿Reciben los niños migrantes un trato digno? ¿Se respetan sus derechos? ¿Los albergues o centros están capacitados para recibir a niños migrantes? ¿Hay colaboración entre las diferentes instancias gubernamentales para atender estos casos?

¿Por dónde empezamos?

 

 

 

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