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Gabo, revolucionario de la cultura

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Joven pinta un mural de Gabriel García Márquez. Foto Reporters 
Gabriel García Márquez es mucho más que Macondo. Tenía un pie en la literatura, otro en el periodismo, una mano en el cine, la otra en la educación. Aunque ya no se encuentre presente físicamente, Gabo deja en marcha una transformación profunda en la cultura.

La revolución literaria

Es la más evidente, pero quizás por lo mismo es de las que vale la pena revaluar. En muchos libros de texto, García Márquez queda reducido a ser el “máximo exponente del Realismo Mágico”. No sería grave a no ser porque “Realismo Mágico” suele entenderse como algo menor de lo que realmente es. El universo macondiano va más allá de las mariposas amarillas, las mujeres que ascienden al cielo y los hilos de sangre que recorren un pueblo. Todos esos pasajes son, si acaso, los trucos más centelleantes del mago. Pero no los más profundos.

Recientemente tuve la oportunidad de visitar Aracataca, Colombia, lugar donde nació el escritor. Es un pueblo, como ya se ha dicho, que podría ser cualquier otro (y a la vez no). Es una población, ni muy pequeña ni muy grande, a la mitad de las plantaciones bananeras del Caribe colombiano. Un pueblo entre el río y las vías del tren, donde el calor impone. Bien podría llamarse Comala o Yoknapatawpha, pero también San Cristóbal de las Casas o cualquier otro poblado real donde la tradición y la modernidad tienen una lucha centenaria.

Mientras paseaba por su plaza central (llamada Remedios la Bella), me llegó una idea que me hizo mirar con otros ojos a García Márquez. “Cien años de soledad” no es la narración de una realidad fantástica transcrita por alguien que vivió todos esos sucesos y luego las puso en

palabras. No se trata, creo, de “retratar la magia latinoamericana” como muchas veces he oído. García Márquez, más que un retratista, era un alquimista de la realidad. Prefiero pensar que el genio de Gabo es más bien el de una persona común y corriente, que nace en un pueblo común y corriente, sin poderes sobrenaturales ni linajes de alcurnia.

Su genialidad es la de interpretar esa normalidad que muchos transitamos rutinariamente y convertirla en una mitología que en el fondo todos entendemos porque se conecta con lo más profundo de nuestra cultura.

La literatura de García Márquez merece ser entendida sin que el cinturón del “realismo mágico” la haga enflaquecer. Macondo no es sólo un nombre falso para Aracataca. Macondo es la síntesis de tantas Aracatacas perdidas en la inmensidad del mundo, con sus historias, sus preocupaciones, sus sueños y sus aspiraciones.

La revolución educativa
Gabo era un maestro más allá de la metáfora. En tiempos donde a cualquier famoso se le llama así, García Márquez decidió tomar la batuta magisterial en dos proyectos formativos: La Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Incluso a simple vista se puede observar que ambas fundaciones son hermanas, tal vez porque sintetizan los valores que él profesaba. Ambas son instituciones nacidas de la sociedad, que tienen como propósito la renovación de dos actividades que el propio Gabo consideraba hermanas de la literatura. Tanto el cine como el periodismo, que a menudo son menospreciados por los literatos puristas, eran considerados por él como motores del cambio social.

En ambas fundaciones la educación es vista como un proceso donde se aprende haciendo. No se trata de la formación tradicional vertical, donde un profesor habla y los maestros callan; ni de las clásicas instituciones donde muchos alumnos sólo asisten para obtener un diploma. De hecho, una de las disposiciones de la FNPI (promovida directamente por García Márquez) es la de no otorgar diplomas o constancias de participación en sus talleres. Su justificación se sintetiza en una de sus frases: “la vida se encargará de decir quién sirve y quién no”.

La integración internacional también es otro de los valores evidentes en su legado formativo. Si bien una es “latinoamericana” y la otra “iberoamericana”, en las dos fundaciones se refleja una intención de reunir narradores de todos los países hermanados por el idioma español. García Márquez, considerado por muchos el más grande escritor desde Cervantes, apeló a la gran cultura que crea el lenguaje para invertir tiempo, dinero y esfuerzo en la formación de narradores periodísticos y audiovisuales.

La revolución cinematográfica y periodística
Además de fundar instituciones formativas, García Márquez fue en sí mismo un gran periodista y un gran guionista. Por un lado basta mencionar Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro, así como su columna La Jirafa. Por el otro destacan los guiones El gallo de oro (adaptación de un relato de Juan Rulfo conscripto con Carlos Fuentes) y Tiempo de morir (con dos versiones filmadas, una mexicana dirigida por Arturo Ripstein y otra colombiana de Jorge Alí Triana).

Aunque el propio Gabo una vez definió su relación con el cine como un “matrimonio malavenido”, de esos que no pueden vivir ni juntos ni separados, en realidad dejó una huella importante. Más allá de las adaptaciones de sus libros al cine, guiones como Tiempo de morir demuestran su capacidad de narrar audiovisualmente conflictos donde lo político, lo social, lo moral y lo pasional se mezclan en una tragedia casi sofocliana.

Sería injusto decir que su periodismo está empapado de las herramientas usadas en su literatura. Tal vez sería necesario decir lo contrario, que sus novelas están llenas de recursos que había desarrollado antes en sus crónicas y columnas.

En todo caso es evidente que Gabo consideraba que el periodismo podía ser una forma de arte sin perder su carácter pragmático informativo y su responsabilidad social.

La revolución cultural
Gabriel García Márquez no es sólo un escritor que también fue periodista y cineasta. Más bien fue un narrador de la realidad que encontró en el periodismo, la literatura y el cine sus lienzos para plasmar una obra inmensa. El que se interne en su obra encontrará elementos de la cultura popular y de la alta cultura; de la política y la música; de las clases altas y las bajas; de la más cruda realidad y la imaginación más disparatada; del humor más dulce a la seriedad más amarga. Tal vez por eso necesitó tantas disciplinas y tantos formatos para expresarlo todo.

Tanto por su obra como por sus fundaciones, Gabriel García Márquez dejó una huella crucial en la cultura del siglo XX y principios del XXI. Confío en que en el futuro cada vez veremos más periodismo comprometido, más cine de alta calidad, más innovación en ambos campos y más integración de todos los que habitamos el idioma español. Como lo dijo en su discurso de aceptación del Premio Nobel, “los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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