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Honduras: colapso democrático en epidemia letal del dengue

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El mosquito transmisor del dengue es el último responsable de una epidemia sin precedente en Honduras que confirma una tragedia democrática sanitaria, agravada por el Golpe de Estado de 2009.

Tegucigalpa es como un campo de batalla con la epidemia de dengue más letal que se registra en Centroamérica, con un incremento de 1,600% de casos en relación a 2009 y que es consecuencia no sólo del mosquito transmisor sino de una “democracia sanitaria fallida”.

Ante el colapso del sistema hospitalario público, las víctimas sin dinero son acomodadas en tiendas militares de campaña improvisadas al aire libre, mientras las que tienen recursos acuden a las clínicas privadas donde una extraña confusión en el manejo de los síntomas causó negligencias fatales.

“Aedes aegypti”
El dengue es un viejo conocido del trópico; es una enfermedad viral transmitida por el mosquito “Aedes aegypti” que causa fiebre y dolores de cabeza y en las articulaciones. Su variedad hemorrágica provoca desangrados y trastornos de coagulación, lo que eleva el riesgo de muerte en pocas horas.
 

Las cifras oficiales, siempre sospechosas de sub registrar, cuentan hasta ahora 40,000 casos de dengue clásico, más de 1.100 hemorrágico y unas 60 muertes.

Esas estadísticas, en aumento, suman más que todas las verificadas este año en Centroamérica, que sufre uno de los inviernos más epidémicos de los últimos tiempos.

Ante la magnitud, el gobierno hondureño decretó en junio un estado de emergencia nacional, con seis meses de retraso; en realidad, los especialistas sostienen que un agresivo programa de prevención de la enfermedad debió haberse impulsado en el 2009, pero no se hizo.

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Carlos Vargas, médico del hospital Escuela, el principal del país, sostiene que “hay muchos responsables de esta tragedia sanitaria que pudo ser prevenible”.
 

Desde hace mucho se sabe que la mejor defensa contra los males que transmiten los mosquitos o zancudos es la previsión, que demanda acabar los criaderos del vector, sin embargo la combinación de pobreza extrema e inoperancia gubernamental lo impide en este país.

Por si fuera poco, la grave situación actual de la epidemia tiene una directa vinculación con el debilitamiento o abandono de los programas preventivos ocurrido en el 2009, antes, durante y después del Golpe de Estado de junio.

En los primeros seis meses de ese año desequilibrante en Honduras el dengue tenía un comportamiento estable pero preocupante, período en el cual debieron tomarse las previsiones para evitar que se alterara radicalmente la curva.

Golpe de Estado
Con los acontecimientos de junio la administración pública se terminó de desplomar y ahora se denuncia que el gobernante de facto, Roberto Micheletti, ordenó un recorte del gasto que afectó el programa nacional de prevención contra el mosquito.
 

Durante noviembre y diciembre del año pasado, en lo más crudo de la dictadura, no se impulsó una masiva campaña de fumigación y eliminación de criaderos que era vital para evitar que el dengue se multiplicara.

Tampoco la población, en su mayoría pobre, pone de su parte ya que por diversos factores culturales desatienden las recomendaciones de destruir recipientes con agua o limpiar estanques, sitios apetecidos por los mosquitos para reproducirse.

La llegada de la temporada lluviosa antes de lo esperado remató que el brote de dengue fuera más agresivo.

Mutaciones
Para complicar el panorama resulta que en Honduras ahora circulan cuatro cepas del mosquito transmisor debido a que ha mutado y desarrollado resistencia a diversos insecticidas. Incluso el vector se adaptó a vivir en superficies por arriba de los mil 700 metros de altura sobre el nivel del mar y está presente en zonas donde antes no se le detectaba.
 

Con el arribo del nuevo gobierno, encabezado por Porfirio Lobo, la ineptitud no varió en el ministerio de Salud que siguió la tradición de politizar un servicio público que es una pieza codiciada por cazadores de contratos puesto que dispone de una de las tres mayores partidas presupuestarias del país.

En el fondo, el problema esencial de la crisis sanitaria no es necesariamente la falta de dinero, sino la politización, inefectividad, corrupción y falta de ética profesional que tiene postrado todo el sistema asistencial.

Casi 30 años después de iniciada la transición democrática el sector público de atención sanitaria apenas dispone de 30 hospitales a nivel nacional, con 5 mil 975 camas; a las que se suman un millar del sector privado.

Incapacidad y corrupción
La mayor parte del escaso recurso médico está concentrado en las pocas ciudades grandes y muchos de los nombramientos de personal son por recomendaciones políticas, no por capacidades o voluntad de servicio o ética.

Miles de pequeñas poblaciones están tan lejos de una clínica que permanecen abandonadas a su suerte. No es extraño que la mayoría de las muertes sean por causas prevenibles, y eso deja en las familias dolientes un luto con amargo sabor a resentimiento social.
 

El perjuicio económico y social derivado de la actual epidemia aún no se evalúa por la sencilla razón de que el contagio sigue activo, pero su impacto, material y moral, es tan grande y la crisis democrática que refleja tan profunda que muchos han vuelto a leer las primeras líneas de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, para preguntarse a su vez: “¿cuándo se jodió Honduras?”.

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