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Indígenas Rarámuri, entre el abandono y la pobreza

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Hay un momento donde la disimulación gubernamental no alcanza para esconder la desgracia en la que viven muchas comunidades indígenas en nuestro país. A pesar de la resistencia y movilización de los últimos años, la comunidad Rarámuri, que radica en Ciudad Juárez, es acechada por la pobreza y el hambre.

Esto, ante la indiferencia del gobierno. Justo en las orillas del cerro más representativo de Juárez, mismo que lleva escrita la leyenda: “La Biblia es la verdad, léela”, se encuentra instalada desde hace algunos años la comunidad Rarámuri. Dicha agrupación está integrada por más de 60 familias, donde hay 85 niños, 65 jóvenes, y un aproximado de 60 adultos.

Además de situarse en una de las zonas que han sido identificadas con mayor pobreza de la ciudad, tiene a sus alrededores colonias que sufrieron y/o siguen padeciendo las consecuencias de la devastadora guerra contra el narcotráfico, que en esta ciudad vivió sus peores momentos del 2008 al 2010.

Dichas colonias quedaron en medio no sólo de las confrontaciones entre los cárteles del narcotráfico, también han tenido que resistir en medio de las disputas entre pandillas de diferentes barrios que, en muchas ocasiones, han terminado en muerte. Además, se ha mantenido la venta y el consumo de drogas.

A pesar de este difícil panorama, desde hace aproximadamente 15 años existe un comedor comunitario que se encarga de alimentar a los niños rarámuris, para que puedan desayunar antes de acudir a la escuela. Diariamente se sirven 85 platos con comida con la intención de que los infantes puedan desarrollarse de la mejor manera en sus actividades escolares.

Si consideramos que la cobertura escolar en México sigue presentando grandes deficiencias, definitivamente para estos niños estudiar significa una oportunidad invaluable, única.

Según Rosalinda Guadalajara, segunda gobernadora de esta comunidad, el comedor se inició en un domicilio particular donde los niños pasaban por su plato de comida y se lo llevaban a casa, pero luego, se vieron en la necesidad de establecerlo como un comedor permanente, puesto que los infantes tenían que salir de su casa soportando el frío e, incluso en algunas ocasiones, los perros les arrebataban la comida.

La organización para construir y consolidar el comedor ha dado grandes frutos y el más importante, sin duda, es que el rendimiento académico de los niños ha mejorado. Primeramente, porque ya pueden asistir con regularidad; y segundo, porque asisten bien alimentados.

Antes del comedor, los niños rarámuris se veían obligados a dejar la escuela o asistir con poca frecuencia, ¿el motivo? Había que salir a las calles en busca de comida. Es así como el comedor infantil nació de una necesidad básica: alimentarse. Lo cual deja en evidencia el abandono en el que se encuentran este tipo de comunidades.

Hace algunos días, como consecuencia de este abandono, de la pobreza y de la falta de apoyo y compromiso por parte del gobierno, este comedor estuvo a punto de cerrar sus puertas. Las mujeres que trabajan ahí informaron que ya no contaban con los recursos para seguir ofreciendo desayunos a los niños.

La misma Rosalinda Guadalajara, ha declarado que si ellos contaran realmente con el apoyo por parte del gobierno no tendrían la necesidad de pedir ayuda a la ciudadanía. Y es que, según la gobernadora, desde hace algunos años se ha solicitado alimento o materiales a diferentes instancias del gobierno y aún no reciben respuesta.

Ante estas circunstancias, a la comunidad Rarámuris no le quedó más opción que dar a conocer su situación a través de los medios de comunicación, buscando conseguir el apoyo de la ciudadanía, y así, evitar el cierre del comedor comunitario.

En pasados días se recolectaron varios víveres para el comedor y, aunque la respuesta ciudadana fue positiva, la realidad es que lo reunido servirá para sacar adelante el comedor sólo durante algunos meses. Pero eso, la representante de esta comunidad lo agradece y valora:  

“Hemos tenido buena respuesta de la gente, de la gente de buen corazón que nos ha querido apoyar”.

La comunidad Rarámuri se siente olvidada por el gobierno, y no es para menos, el hecho de que sus niños tengan que luchar por conseguir un plato de comida o que sus padres batallen por un empleo bien remunerado es un claro ejemplo de la desigualdad e indiferencia que ellos mismos relatan:

“A lo mejor es por eso que, nosotros no acudimos a apoyar a los diputados cuando andan lanzando las campañas… han de decir (los diputados) que si no participamos, para qué van a venir aquí”.

Gracias a la lucha y la resistencia de sus integrantes, el comedor Rarámuri podrá seguir brindando desayunos a los niños, pero eso puede ser sólo una solución temporal a un problema que se vislumbra mucho más complicado.

Seguramente los miembros de esta comunidad llegaron a la ciudad buscando mejores condiciones y no se trata de resolverles la vida, como podrían pensar algunos, se trata de construir, como sociedad, caminos de respeto, igualdad y dignidad para todos.

Para los Rarámuris, haber cerrado el comedor hubiera representado un gran retroceso, puesto que sus niños se verían obligados a dejar de acudir a la escuela para buscar alimento. Socialmente, significaría atrancar el futuro y encerrarlo con el candado del hambre, la indiferencia y la desigualdad. La defensa de su comedor es la esencia de la resistencia Rarámuri. 

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