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Pajarito en Grama

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Más tarde, los historiadores escribirán que la convalecencia del presidente Hugo Chávez constituyó uno de los grandes silencios de las primeras décadas del nuevo siglo. Un acuerdo de hermetismo solamente comparable a los secretos mejor guardados y que dan forma definitiva a la historia moderna.

“Usted, comandante Chávez, manténgase disciplinado y tranquilo, aquí no hay apuro, tranquilo, aquí lo que hay es la importancia de que usted se recupere con calidad”, afirma el vicepresidente Nicolás Maduro durante una visita a una factoría de computadoras. Maduro se dirige a un presidente omnipresente, invocado de forma constante a pesar de su dilatada ausencia. Él, capaz de escuchar desde la habitación de su convalecencia, hace del silencio el arma para responder al careo mediático que le invoca y le provoca.

Kafka lo dijo a su manera, cuando escribió: “Ahora, las sirenas disponen de un arma todavía más fatídica que su canto: su silencio. Y aunque es difícil imaginar que alguien pueda romper el encanto de su voz, es seguro que el encanto de su silencio siempre pervivirá”.

Al igual que las sirenas de Kafka, la revolución bolivariana también ha descubierto cómo hablar el silencio. Es, tal vez, uno de los aspectos más interesantes que se asoman en el actual contexto venezolano, esa forma en que el oficialismo le echa mano a la retórica del silencio –porque el silencio está cargado de lenguaje–. Y es, efectivamente, la respuesta mejor pensada y la estrategia brillantemente ideada para blindar al presidente más mediático de la historia moderna de América Latina.
Chávez calla y Chávez guarda silencio. Hay un pacto de silencio en torno a él y ese pacto era solamente posible de ejecutar en Cuba. En términos históricos, La Habana ha servido de black hole donde han tenido lugar negociaciones, procesos de paz, discusiones, juegos de diplomacia, decisiones estratégicas cuyo detalle nunca será revelado, secretos que quizá nunca llegaremos a conocer.

Sucede que como los famosos habanos cubanos, el silencio es otro producto de calidad que ofrece la Isla, con la garantía de que ninguna palabra será capaz de poder escapar del recinto en el que se pronuncia. En algo recuerda la imagen que traza Aldus Huxley en “Un Mundo Feliz”, cuando el director ingresa con los estudiantes en la decimocuarta planta, donde “todo el aire vibraba con la orden categórica del silencio”.

Es que había la opción de tratarse en Brasil, pero el presidente priorizó su secretismo y la garantía de silencio que Cuba le daba. Tuvo que cerrar los labios porque la enfermedad le puso obstáculos a su locuacidad. Sus largos discursos se fueron desapareciendo como castillos de naipes. El contacto con sus seguidores fue suspendido y no se le ha visto ni oído desde que el pasado 11 de diciembre de 2012 fue internado en una clínica en La Habana.

Hay zafra de silencio y la cosecha ha sido cuidada. De forma paciente. De manera estructurada. Definitivamente ensayada. En cinco semanas la figura de Chávez adquiere el estatus de omnipresente. Chávez ha dejado de ser un apellido y adquiere aires de verbo. Sin él, el país y su futuro son un acertijo. Una incógnita que nos mantiene en vilo.

[related-articles]Y que mantenemos viva. Porque todos los medios hablamos sobre él y él está presente en la realidad que hemos alimentado. Dentro de esa realidad, desenfrenada y apetitosa por información, la respuesta en silencio nos desubica. Somos un derivado de décadas de sobresaturación mediática que nos han llevado a quererlo saber todo. A que lo trascendente e intrascendente sea vociferado.

Lo que llamamos comunicación ha derivado en una fortísima corriente de información vacía que apaga, por lapsos, nuestro apetito de rumor y chisme. Cuando el silencio se utiliza como estrategia y respuesta, el efecto, al decir popular de los venezolanos, es el de un pajarito en grama.

Más que el ruido, el enemigo declarado del homo communicans es el silencio, una ontología que no llega a manifestarse si no se le presta atención. Adviertan que estamos asistiendo a una de las mayores operaciones de silencio de las últimas décadas. Una compleja paradoja si consideramos que los principios de la comunicación moderna se formularon en los años de la posguerra, sobre las ruinas del nazismo y la crueldad del gulag.

Las ideologías modernas de la comunicación florecen en este trasfondo histórico: la memoria del secreto que presidió la Shoah y la necesidad de no dejar nunca que se instale el silencio.
Sabemos que los medios de comunicación de masas, al difundir su propia selección de hechos, remiten todos los demás acontecimientos a la oscuridad. No hablan necesariamente de lo que puede resultar fundamental a la gente y suelen dar por esclarecidos muchos hechos sin dejar hablar a los testigos o a las personas más afectadas.

Se confunde el mundo con su propio discurso. La obligación de “decirlo todo” se diluye en la ilusión de que el “todo” ha sido dicho, aunque sea a costa de dejar sin voz a quienes puedan contra otras cosas o sostener opiniones distintas. Pero hablar no basta si el otro no tiene tiempo para escuchar, asimilar y responder.

La convalecencia le ha impedido responder al presidente Chávez. El gobierno del presidente colocó, bloque por bloque, una muralla impenetrable de silencio. Detrás de esa cortina se mueve, recupera y vuelve hablar el presidente. Esa muralla está sirviendo para aumentar el feroz apetito de los mass-media para hacerse con un rasguño de información. La foto de 30 mil euros publicada por el diario El País, es un ejemplo claro.

Pocos silencios han sido tan eficaces. Su absoluto blindaje ha quedado demostrado ante los fracasados intentos de todo un ejército de periodistas e infiltrados por conseguir información, directa, de primera mano, sobre la salud del Comandante. Metáfora viva de la comunicación, el silencio es el escudo del Palacio de Miraflores.

Se trata de toda una parafernalia muda – ¡cuánta contradicción en un siglo de luces y de ruido!– que deja al desnudo una estela infinita de rumor y desinformación, figuras eficaces ante las amenazas que como lobos hambrientos acechan al presidente bolivariano. Los mass media hemos amplificado ese silencio y buscamos toda fórmula, canal y forma para arrodillarlo y reducirlo, acabándolo.

No soportamos el silencio porque somos adictos al ruido. Y dentro del ruido, al rumor. El fenómeno va en espiral y resulta fascinante: el silencio adquiere categoría de sonido. Los mass-media lo transforman en audio e imagen. Preparamos la tarima y las luces para el gran acto. Y el grueso telón está a punto de correrse.

Miraflores prepara el asalto final. En menos de una semana “la fuerza espiritual” y la “patriótica convicción” del mandatario han sido más que su enfermedad. Chávez sonríe. Evo Morales, desde La Paz, anuncia que Chávez regresará. El silencio, también lo sabe Evo, se ha convertido en parte de la retórica preferida de distintos gobernantes en América Latina. Además de inglés o francés, los presidentes también han aprendido a hablar en silencio para obviar detalles, simplificar contextos.

Chávez habla, dice el último parte oficial. Parte de pocas palabras, de frases contradictorias, de confusiones. La medicina ha sido milagrosa. El Comandante remonta la cuesta.
Pero cuando regrese a Caracas, Chávez abandonará la burbuja insonora de La Habana. No así el silencio que ha escogido como estrategia de supervivencia política ante la selva mediática que lo reclama.

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