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Qué falla en la Salud venezolana

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El olor a café enciende el llanto al otro lado de la pared de bloques, el pequeño Ricardo de dos años ya despertó. Son las 5:30 de la mañana y el sol comienza a aclarar en Cardonal Norte, un barrio de la ciudad de Maracaibo, al occidente venezolano.

María Ángela González intenta dejar todo listo para iniciar su gran hazaña: llevar a Ricardo, su hijo, a una “simple” consulta médica. La crisis dentro del sistema de salud pública en Venezuela es enorme.

Las fallas han sido incluso reconocidas en varias ocasiones por la Cartera de Salud y es que a leguas, se ven las costuras de una estructura sanitaria que parece colapsar un poco más cada día: la carencia de insumos y medicinas, la falta y el deterioro de equipos, el poco mantenimiento a las edificaciones hospitalarias, entre otras causas, hacen que el servicio de salud pública sea de pésima calidad, uno de los peores de Latinoamérica según instituciones como Joint Commission International.

Eso parece saberlo muy bien González, que a las seis de la mañana sale de su casa, llevando a su hijo a cuestas en un gran trozo de tela, asemeja a un portabebes tipo “canguro”. El pequeño Ricardo lleva varios días con fiebre. Su madre camina bastante hasta llegar a la esquina donde toma el autobús que la lleva al Hospital Universitario.

Una consulta “normal y corriente”

A pesar de madrugar, y todos los esfuerzos que esto implica, María Ángela ha llegado un poco tarde al hospital, pues la cola de espera de niños y niñas por consulta va ya por el número 27. Ella se sienta en un lugar libre, cedido por un señor. Así pasaron unas tres horas, hasta que por fin es el turno de Ricardo.

Entran al consultorio y María Ángela le explica al doctor la situación de su hijo. El médico chequea la boca del niño, observando las encías con mayor detenimiento y expresa: “Este chamo lo que tiene es dengue, aquí en la encía puedo ver algunos puntos rojos, de todas maneras vamos a mandarle a hacer los exámenes de laboratorio para corroborar”.

Menos de 10 minutos le bastaron al médico para determinar preliminarmente el estado de salud del niño. No es una sorpresa el diagnóstico. El dengue ha repuntado en 2014, la última cifra dada a conocer por el ente gubernamental a mediados de mayo ofrecía un balance de 22.000 casos en todo el país, con énfasis en el estado Zulia, la entidad con mayores casos y, justamente, donde residen Ricardo y su mamá.

Sin embargo, para confirmar el diagnóstico, María Ángela va con su hijo hasta laboratorio. Ahí, de nuevo, debe esperar unos minutos para entrar, y luego una hora más, aproximadamente, para esperar el resultado. Ya son las once de la mañana. El hospital se encuentra visiblemente lleno, la premura de un lunes ya se nota en los pasillos.

A penas recibe los resultados, va con agobio hasta el consultorio -ya es hora de almuerzo y teme que el doctor se haya ido-. Afortunadamente el galeno aún está atendiendo, mientras examina a otro paciente, ve los resultados y asienta con la cabeza.

Los exámenes le han confirmado su diagnóstico. Anota en un papel de reciclaje sellado las órdenes, se lee: Aplicar Ringer intravenoso, paracetamol cada 6 u 8 horas dependiendo de la fiebre y, por último, recomienda dar mucho líquido para mantener hidratado al enfermo.

María Ángela empieza a preocuparse, al leer el papel, se pregunta: “¿Cuánto costará este Ringer?” Sin dejarla pensar mucho, en ese momento, una enfermera le dice:

“Mi amor veo que no trajiste nada, tranquila, despreocúpate, gracias a Dios, hoy hay todo lo que necesitas, pero pa´ la próxima, trae aunque sea un potecito de alcohol, porque éste me lo tuve que robar de la emergencia”.

Y tú, ¿quién eres?

Quizás el pequeño Ricardo ha corrido con suerte, la solución Ringer, usada para hidratar, está disponible -al menos en este hospital-.
Pasados varios minutos mientras el niño recibía el suero, la enfermera me observa conversando con González. Se acerca, me mira y me hace un llamado. Yo me levanto del asiento y voy hasta ella, quien me pregunta: Y tú, ¿quién eres?

Le explico que soy periodista y le pido, por favor, que no vaya a delatarme. En otras oportunidades, he sido expulsado de hospitales en pleno trabajo de campo. El acceso a la prensa a instituciones médicas es casi un chiste, salvo realizar entrevistas a directivos, es casi imposible tener información de primera mano.

Hoy también yo he tenido suerte. La enfermera me mira fijamente y con un tono de secretismo me comenta: “Aquí hay cosas que están bien o regular y otras que están por el suelo". 

"Esta mañana me tocó prestar una silla de ruedas privada de un paciente para llevar a otro a hacerse unos exámenes. Al hospital le faltan sillas de rueda y camillas, pero sí tiene solución Ringer, a veces falta alcohol o reactivos, pero sí encuentras sutura”, explica la enfermera.

El sol se encuentra en lo más alto del cielo, María Ángela y Ricardo luego de siete horas, salen del trajín, afortunadamente, todo fluyó de buena manera. Sólo tendrá que esperar unos días para notar una presumible recuperación de su hijo, de no ser así deberá volver para un nuevo chequeo.

Esta madre y su hijo son sólo un caso de las miles de personas que acuden a centros hospitalarios públicos en Venezuela, ciertamente, las maromas de hoy han sido pocas, pero por los pasillos del hospital se dejan escuchar trozos de historias de otros enfermos, que ponen los pelos de punta y estremecen el corazón a cualquiera.

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