Ana se viste con prisa. La saya ajustada la hace moverse con torpeza, pero luce bien. La blusa encaja perfecto en su figura, es flacucha, pero atractiva. Sabe llevar la bandeja con elegancia, y sonríe, Ana siempre sonríe. Eso lo agradecen los clientes, eso y el buen trato, el servicio íntimo y pertinaz. Degustar comida cubana mientras una señorita bella acompaña el paisaje, puede ser un privilegio.

Más tarde, en silencio, Ana se desviste con parsimonia teatrera, como sabe hacerlo. Va colgando la ropa como puede, tira los zapatos en el rincón opuesto y se relaja. Por primera vez es ella misma, sin risas voluntarias, sin el perfil tan neutral y refinado. Se recuesta, despacio, y respira. Ana respira sola, es tarde para un baño, pero lo toma. El sueño acecha.

Quizás desee repasar algún texto, pero el cansancio es algo fastidioso, incómodo, y ella no hace otra cosa que dormir, pretendiendo que la noche dure más. Parece que descansa.

Desde hace un tiempo hacia acá Ana Magda Moreno Martínez ya no sigue esa rutina. Estuvo un tiempo después de dejar el restaurante donde trabajaba en Cienfuegos, como empleada en un hostal privado. Allí hacía todo lo humanamente posible: lavar y limpiar el piso, fregar y cocinar, y luego, al día siguiente, lo mismo.

—Tremendo eso —atino a decir, y bebo otro poco de sangría. Ana asiente, luego sostiene el vaso frente al mío.

—Mira lo que sucede es que yo soy del municipio de Lajas. Cuando me gradué empecé a trabajar aquí en Cienfuegos, y desde entonces vivo alquilada, desde los 18 años. Llegó un momento en el que necesitaba dinero y el teatro ya no me servía para vivir. Lo primero que encontré fue en el restaurante, allí estuve varios meses como dependienta, pero el régimen era fuerte.

—No te imagino trabajando a ese ritmo siendo instructora de arte en teatro y luego graduada universitaria en artes —le digo.

— Fue muy vergonzoso. Para mí era como prostituirme, es duro decirlo, pero era muy parecido. Aun así intenté seguir colaborando con algunos grupos de teatro (Abracadabra, Retablos, el Guiñol). Lo del restaurante me rompió el espíritu y solo con las actuaciones lo recomponía un poco. Pasado un tiempo no me alcanzaban las horas y tuve que dejarlo todo para ser solo una dependienta; necesitaba descansar en algún momento.

— ¿Por qué te fuiste en realidad?

— Lo dejé por enfermedad. El cuerpo renunció a responderme, tengo problemas del estómago y el riñón que no soportaron aquello. De ahí fui a una casa de alquiler a cocinar, limpiar habitaciones, organizarlas… de todo. Solo duré un mes. Era mucho peor. Realmente no encajaba en ninguno de los dos lugares. En el restaurante había momentos en que algún extranjero te preguntaba por historias de la ciudad, por los artistas, y yo veía un respiro, de alguna manera reconocía mi mundo y contaban conmigo para que hablara con los clientes sobre esos temas.

— ¿Cuánto ganabas como instructora Anita?

— Trescientos pesos. Y después de graduarme de la licenciatura, en la Casa de la Cultura, lugar donde pertenecía, nunca me pagaron el nivel universitario.

— Pero no solo es esa la traba que tienen los instructores de arte en Cuba, ¿no? — sorbo más sangría y coloco el vaso casi al borde de la mesa.

—Tenemos que cumplir un servicio social de 8 años, pero pasado ese tiempo no puedes evaluarte como artista, actriz en mi caso, eso significa poder ser reconocido en el catálogo cultural del país. Debes tener millones de requisitos, a veces extras, debes haber estado en un grupo durante mucho tiempo, tener grandísimos resultados. Demasiada exigencia, creo yo, y todo eso debes hacerlo sin cobrar, sin recibir salario alguno, por puro amor.

proyecto de actuación

— ¿Qué hiciste después, cuando te fuiste de la casa de alquiler?

—Empecé a trabajar la artesanía, antes lo había hecho como hobby pero decidí tomarlo en serio. Trabajo manualidades para adornos (con un material conocido como goma eva). Hago muñequitos, desde pequeños hasta grandes, para decorar fiestas, marcos para fotografías… También ayudo a un amigo que utiliza el alambre. Además he trabajado barro, cemento, papier maché; en ese mundo me he movido de un extremo a otro, un poco raro, ¿verdad? Hay cosas que las hago yo y las propongo, pero hay otros artesanos que me encargan, y así todo me ha funcionado. Eso no es tan cruel como un restaurante o la casa, va más conmigo y me siento mucho mejor. Ahora volví a hacer pequeñas cosas de actuación, con Velas Teatro y con Abracadabra, todo gratis.

— Cuál es la fórmula para renunciar a todo cuanto se ha querido en la vida, a como uno se planifica el futuro a largo, o menos largo plazo — digo con atrevimiento, casi unos minutos antes que se reanude la peña literaria, en cuyas pausas hemos tenido nuestra conversación. Ana no responde exactamente a mi pregunta.

— Tengo fe que en un futuro pueda regresar a hacer solamente lo que me gusta. Pero antes necesito la estabilidad económica que me permitan crear una base.

Continúa la lectura de poemas en el salón, las disquisiciones filosóficas sobre el arte en Cuba. El cuerpo de Anita parece que reposa, pero sus movimientos siempre son teatrales.

 

proyecto de actuación cubano