Hay naufragios casi imperceptibles. Mi familia tuvo varios pero en las crisis siempre me salvaron de no vivirlos, darme el primer bote hacia un lugar seguro, proteger al primogénito aunque todo se viniera abajo. Así tuve una infancia y adolescencia feliz. Esta historia se ilustra con imágenes de mi niñez porque a finales de los noventa no existían fotos. El álbum familiar se detuvo a inicios de la década y no continuó hasta que fue posible. Este es un escrito así, de familia, no todo en la vida es trascendental.

Lo único que recuerdo de mi abuelo son sus ojos verdes y su solemnidad. Entrando a los noventa se lo llevó un infarto, espero que no fuera por la crisis. Mi abuela quedó al frente de la casa donde vivíamos tres generaciones. Clara Pérez era estoica, cuando perdió a su hijo varón en Angola, se esforzó en ser la abuela más cariñosa del mundo. Recuerdo sus besos, que me llevó a bautizar a escondidas para no tener problemas políticos y aquel día que nos separó cuando mi primo y yo nos entramos a trompadas en la casa. Debería recordar más pero el tiempo es implacable. Últimamente hago esfuerzos para memorizar su rostro, que no se siga diluyendo, pero en esa pelea el pronóstico no está a mi favor. Para colmo, el Período Especial nos robó todas las fotos que nunca tuvimos. Pero no guardo rencores, no muchos.

Nadie nos dijo una palabra pero el instinto me alertaba de que algo no estaba bien. 

En 1998 las salas de video de Santa Clara exhibían la película más famosa de su tiempo: Titanic. Recuerdo estar pegado a la silla por más de tres horas, ver a mi abuela llorar porque el rubio de la película se ahogó en el mar, por alguna razón se me grabó esa escena. No por Leonardo di Caprio, que en ese momento todos suponíamos sería una moda pasajera más, sino la sensibilidad de mi abuela Clara. Quizás eso haya influido en mi frecuente lagrimeo posterior con varios filmes, siempre a escondidas de mis amigos. El 26 de diciembre de ese año lo recuerdo bien. Estábamos solos en casa, todos se encontraban fuera menos los muchachos y algún adulto. Nadie nos dijo una palabra pero el instinto me alertaba que algo no estaba bien. El silencio y la oscuridad fría no son memorias comunes. Alguien nos explicó entonces que la abuela había muerto.

Desde entonces, los últimos minutos que puedo rememorar con mi abuela son junto a James Cameron y Leonardo Di Caprio. Quedé atado a una película lacrimógena para siempre. Ni siquiera fui a la funeraria, mi mamá nunca gustó de llevarme a esos momentos que quedan grabados siempre en la memoria de los chicos. Y debe tener razón, el naufragio de esa noche apenas fue percibido entre el frío silencio de diciembre. El último recuerdo se lo lleva una película llamada Titanic donde fuimos felices durante más de tres horas ante un televisor viejo. Mejor así.