Hace solo unos días el Cardenal cubano presumía de ser el único en recibir tres Papas en su período eclesiástico, lo que llevado a un análisis más plural significa que el pueblo de Cuba será bendecido por tercera ocasión al más alto nivel, pero curiosamente por tres Papas diferentes en menos de 20 años.

Lo más llamativo de este acontecimiento es que entre la segunda y tercera visita, que deberá producirse el próximo mes de septiembre, la diferencia es de apenas tres años. Y por si fuera poco, el aún joven mandato del actual Santo Padre ya ha logrado entre otras cosas, sentar en la mesa de negociaciones después de medio siglo a dos naciones en conflicto como Cuba y EE:UU. Esto refleja la atención que los asuntos isleños últimamente tienen en la Santa Sede.

Y está claro que la elección de un Papa latinoamericano en el último cónclave ha particularizado este acercamiento, pero es justo decir que nada de esto hubiese sido posible sin la intención del Gobierno cubano de dar cada vez más espacio a la Iglesia Católica y sus seguidores. Sin dudas el catalizador definitivo a esta exótica relación.

En este sentido destaca la vocación pacifista que ha adoptado en su mandato el Papa Francisco, como la reciente visita privada del presidente cubano al Vaticano. En referencia al discurso del Jefe del Vaticano, el mandatario afirma que podría impulsarlo a ´volver a rezar e incluso a regresar a la Iglesia´. Ambos casos, sin lugar a dudas, hacen que se particularice mucho más este reencuentro.

Pero, ¿cómo ven los cubanos esta proximidad y qué beneficios pudiera traer al pueblo cubano la prometida visita?

Por los perfiles de ambas figuras Lilian Hernández, una profesora católica con más de 40 años de experiencia tiene una percepción muy particular sobre este evento: ¨si las visitas anteriores tenían un alto componente espiritual, todo parece indicar que en esta ocasión la política y la diplomacia jugarán roles más protagónicos que el religioso, algo que está creando mucha confusión entre los más devotos¨, aseguró convencida.

La población católica pendiente de la llegada del Papa. Foto: Carlos Alberto Pérez

Mientras, el ingeniero Martin Suárez tiene una visión completamente diferente. Dice no ser un creyente fanático, ni en la política ni en la religión, sin embargo, reconoce ¨acordarse muy bien de Dios cada vez que truena¨, y en Cuba ¨lo que se sobra es mal tiempo¨, alega sonriendo.

La vida lo llevó alguna vez a Ciudad del Vaticano, pero nunca llegó a ver allí ni misa, ni Papa. Por ello, esta ocasión es una oportunidad única.

Quiere agradecerle al Papa por su gestión, y ¨devolverle la esperanza al pueblo cubano¨.

Por su parte, la juventud que generalmente se muestra distante en estos casos asume este reto de manera mucho más ingenua. Es el caso de Ania Ginarte, quien de niña rezaba a diario y cada fin de semana asistía junto a su madre a la misa del domingo. Hoy, a sus 21, nada le apasiona más que bailar y divertirse en fiestas con sus amigos. No obstante, aun cuando no sabe quién es el Papa dice resguardar su fe en un crucifijo dorado que pende sobre su pecho. ¨Dicen que es bueno que venga, y que nos va a ayudar, así que bienvenido sea el señor Papa¨, concluyó algo confundida.

Ángela Luciana cree que los cubanos necesitamos despejar algunas dudas sobre nuestro futuro, y que nadie mejor que el máximo líder de la Iglesia Católica puede ayudarnos en ese empeño. Ecuánime y llena de fe dice estar muy contenta con el trabajo del Papa en las diferentes crisis y conflictos internacionales. ¨Es un comprometido con las causas perdidas, y en algunos casos, como en el nuestro, ha demostrado que el bien puede triunfar sobre el mal¨, concluyó.

Finalmente, una anciana que vendía flores no reparó en acusar de ¨corruptos y adinerados¨ a la cúpula del Vaticano. Sin embargo, reconoció que ¨por primera vez hay alguien en la Iglesia que se preocupa por los más necesitados¨.

No obstante, no se mostró muy esperanzada cuando aludió que ¨ni el mismísimo Papa puede resolver tanto desorden mundial, y mucho menos los de Cuba¨, recalcó desilusionada.

Y es que la poca vocación católica del pueblo cubano junto a una mezcla de sentimientos encontrados y desesperanzas, se tejen en un país de constantes cambios que a veces pudiera resultar confuso. Por lo pronto, y a menos de tres meses del anunciado reencuentro, con o sin fe en la fuerza del Vaticano, la vida de los cubanos sigue igual.