Una mesa blanca sobresale dentro de una pequeña sala. Debajo, unas piernas de movimiento fluido e incesante. Encima de la tabla solo pinturas de uñas, limas, alicates y unas enormes manos materializando el esfuerzo.

Su aspecto de hombre fornido, con barba y anchos hombros, no concuerda con el lugar. Sin embargo, Istvan Castillo tiene tantas habilidades que retan al mundo tal como es: ‘manicure’ en una ciudad campesina, de recia costumbre machista y patriarcal.

“Ser manicuro (el género del sustantivo lo masculiniza él) es una vía más de sustento, una profesión normal. Aprendí nuevas formas de agarre, con instrumentos y métodos de trabajo más delicados que van al detalle. Las mujeres son más duchas en esta materia que los hombres, parece que viniera en su código genético, pero nosotros podemos adaptarnos y practicar hasta lograr un nivel semejante de maestría. No existe ningún inconveniente,” asegura.

Como “un hobby” empezó Istvan en estos menesteres, pues era un profesor respetado en uno de los preuniversitarios del municipio Placetas, Villa Clara: “Soy master en Ciencias Pedagógicas y licenciado en Humanidades. Fui maestro durante seis años. Al regresar al hogar trataba de ayudar a mi mujer que repartía su tiempo entre su carrera de psicología y el arreglo de uñas. Todo sucedió muy rápido. Ella me enredó. Una mañana me explicó todo el proceso, sin dudas la clase más difícil de mi vida, y al otro día ya estaba poniéndole uñas a una vecina que tenía un turno. La clienta esperaba, esperaba. Mi señora no se encontraba en casa y al final tuve que asumir. Así fue la cosa. Las mujeres dan la vuelta y cuando te percatas no sabes cómo llegaste a ese punto,” sonríe el muchacho mientras observa a su esposa en otra mesa, relativamente cerca de él.

Hace seis años Istvan y Miladys colgaron sus títulos universitarios y emprendieron una aventura hacia el mundo del cuidado y embellecimiento de las manos: “Nosotros trabajamos en equipo. Comenzamos 9:30 am y terminamos cuando salga la última clienta. No tenemos horario de cierre. Normalmente yo pongo las uñas acrílicas, las reparo y ella se dedica a la parte del diseño. Aunque, si uno de los dos no se encuentra el otro debe suplirlo y hacer de todo. En ese sentido estamos bien preparados.”

Hace seis años Istvan y Miladys colgaron sus títulos universitarios y emprendieron esta aventura. Foto: Iris C. Mujica

“A diario ocurren cosas graciosas e incómodas. Cada vez que una nueva clienta trae a su marido la primera pregunta siempre es: ¿Eres homosexual? Ese sello es fijo. Por supuesto, el tipo recoge la mano y no sabe cómo saludarme. Ya me río de esas cosas, pero al principio me marcaron mucho. Estaba un poco acomplejado. Tenía mis trabas mentales. Un hombre haciendo trabajos de mujer resulta extraño.”

Los prejuicios, los estigmas y los estereotipos todavía son problemas existentes en nuestra sociedad. Istvan lo padeció en carne propia, por eso cada vez que concluía sus labores llevaba consigo el temor de ser rechazado en su entorno social.

“Tuve miedo de perder amigos, pero poco a poco las relaciones siguieron su cauce natural. Vivimos en un país tradicionalmente machista, por lo que dedicarte a esta profesión en un pueblo de campo puede no ser visto con buenos ojos. Yo disfruto la vida junto a mi mujer y mi niño de 16 meses sin pensar en el qué dirán. Hoy salgo a la calle y la gente de nuestra generación me conoce como el profe o el muchacho que pone uñas. Me siento bien cuando lo escucho porque se reconoce el esfuerzo que le imprimo a mis labores,” explica con orgullo Istvan.

Hasta altas horas de la noche llegan personas desde Santa Clara, Caibarién, Zulueta y de todo el centro de Cuba. Solo los nuevos reaccionan a la sorpresa, la incongruencia y el desvarío que representa Istvan mientras pule y lima las uñas de los clientes. ¿Será hombre?, preguntan en voz baja. A lo que este muchacho responde con una sonrisa que reafirma su postura: “Este es el primer paso. El siguiente, tal vez dentro de cinco años, sea montar un salón de belleza con manicura, pedicura y peluquería. Ahí sí tendrán para hablar.”

Istvan, un hombre que pone uñas. Foto: Iris C. Mujica

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