He escuchado con frecuencia de celebridades que prefieren no usar reloj. Les estresa estar mirando cómo pasa el tiempo, empeñado, simplemente, en hacerlos viejos. Sin embargo, si vives en Bayamo y eres una celebridad, no tomes asiento en la Plaza de la Revolución, pues allí lo viejo es tremendamente reverenciado, y un enorme reloj digital viene y te da la hora desde lo más alto de la Ludoteca, al lado de la casa de Céspedes. Y con cada hora se escucha la melodía inconfundible de La Bayamesa.

Haciendo historia brevemente —si eso fuera posible—, hay que decir que la leyenda de esta canción tiene su cosa. Aunque cuando uno la escucha se le despierta ese sentimiento de cubanía que lleva impregnado, la verdad es que es una canción de disculpa. En la época en que nació se chismeaba mucho en Bayamo, más que por estos días, increíblemente. Chismes y más chismes.

Francisco Castillo y Moreno, aunque aparece como el conquistador de la bella e inocente Luz Vázquez, fue víctima de ellos. En realidad, la pareja lo fue. Incluso algunas fuentes los tildan de casados y les cuelgan hasta un hijo por esos años. Pero en fin, que para reconquistar a su amada Panchito Castillo le encarga a José Fornaris la letra; y entre él y Carlos Manuel de Céspedes —sí, Céspedes; quien además era un excelente pianista y tío del enamorado— escribieron la música inmortal de La Bayamesa.

Por fin, en la noche del 27 de marzo de 1851, el tenor Carlos Pérez, acompañado por los tres caballeros restantes, la interpretó ante la famosa ventana de Luz Vázquez; que luego de concluida la interpretación, conmovida, hizo pasar a sus protagonistas a su casa.

Tan interesante es la historia de nuestra primera canción romántica y trovadoresca, que se ha escogido para que acompañe al pueblo de Bayamo, hora a hora, en todos los días por venir. Y aunque con el incendio de Bayamo en 1869, hayan desaparecido los libros parroquiales, que podrían disipar las dudas sobre la relación de aquellos novios primorosos, ya eso no importa.

Lo que interesa es que casi sobre la casa de Céspedes, tal vez en el lugar más glorioso de esta ciudad, funciona un reloj digital, verde como la esperanza. Y que La Bayamesa se escucha hasta la medianoche, cuando ya casi nadie desanda la Plaza de la Patria.

Su funcionamiento es sencillo. Los siete segmentos, iluminados con LEDs de alto brillo, son controlados por un PLC y una pizarra de relés. También cuenta el “reloj por dentro” con una fuente de alimentación de una vieja computadora, que alimenta un viejo lector de CD, que, bajo los comandos del PLC, pues “rueda” la enigmática canción.

Como funcione, hay que recordar que Luz Vázquez dio todo por la causa independentista; le abrió las puertas de su casa a la orquesta comandada por Pedro Figueredo en octubre de 1868, para que entonaran las notas de nuestro Himno, y fue de las primeras en prenderle fuego a su casa, cuando el incendio revolucionario.

Por eso nunca morirá en nuestra memoria, ni en nuestros pasos. Ninguno de ellos lo hará.

Esperemos entonces que lo nuevo inunde el “reloj interno” de Bayamo, aunque se siga reverenciando lo viejo; que la tecnología y la ciencia les sirvan de bastón a tanta historia, y a tanta cultura, hora a hora, y en todos los días por venir.