Llevo varios días viendo caras largas por doquier. Es que han sido demasiadas malas noticias, una detrás de la otra. Como para no darnos tiempo a coger aire y recibir la siguiente con la mejor cara posible. El 1ro de agosto se puso freno al desarrollo del sector privado, en septiembre Irma destruyó buena parte del país y el 3 de octubre finalizó la primera temporada de la serie “Favores a un Rubio”.

Algunos podrán decirme que aquí a nadie le quita el sueño la actitud del gobierno norteamericano. Pero lo que he visto estos días no es un brote de somnolencia sino de desesperanza.

Del 17 de diciembre del 2014 hasta el vergonzoso 3 de octubre muchas cosas buenas pasaron. Todos en mayor o menor medida, nos beneficiamos de ello. Es cierto que no fue suficiente, faltó el bloqueo, pero también siguió faltando la prosperidad prometida que de tanto discutirla parece que se nos ha perdido.

Fue un buen par de años. Me acerqué como nunca a mi familia que vive al otro lado, aprendí a apreciar a una parte de los Estados Unidos, aun cuando hay muchas cosas de su historia que no comparto. También me construí un poco de prosperidad con mis propias manos sin tener que poner mar de por medio y seguí luchando mis guerritas personales por ayudar a cambiar este país.

Pero ahora todo está en peligro. Y no paro de preguntarme ¿A dónde hemos ido a parar como país que el retroceso en las relaciones con Estados Unidos ha tirado un velo negro sobre nuestras perspectivas? ¿Por qué tiene que acabarse la crisis mundial para que mejoremos? ¿Por qué tiene que haber estabilidad económica en otro país para que haya tranquilidad de este lado? ¿Por qué siempre hay una coyuntura ajena a lo que sucede entre nuestras 4 paredes? No es la globalización, es la maldita circunstancia de los problemas ajenos por todas partes. Y es como que somos el país más fatal del mundo. Tienen que cambiar mil cosas afuera para que aquí podamos resolver nuestros problemas.

No creo que ahora mismo tengamos mucha más opción que no sea trabajar duro sabiendo que nada de eso va a cambiar mañana. Ni Trump, ni terceros países, ni los organismos internacionales, ni los burócratas sentados en sillas que son de todos, son las soluciones.

La solución somos nosotros. Pero ahí está la desesperanza, la ausencia de acción colectiva y algunas características nuestras que deberían ser declaradas como Defectos Nacionales de la República de Cuba:

Nos vamos por debajo de la mesa cuando nos ponen un obstáculo en vez de quitarlo

Normalmente, preferimos alejarnos de los problemas en vez de meterle el pecho.

Buscamos eufemismos para no llamar las cosas por su nombre.

Inventamos un chistecito ingenioso y picante cuando hay que encabronarse de verdad.

Nos molestamos y perdemos pelo con cosas que no son esenciales.

Solo cuando nos acorrala la más terrible de las situaciones es que somos constantes y capaces del gesto preciso.

Pudiera pensarse que no vale la pena complicarse la vida con tantos dolores de cabeza. Y puede ser cierto. Pero, así se vive un siglo, no prospera un país.

Ahora mismo ni tenemos normalización de relaciones ni se mueve la actualización del modelo económico. Apenas se ve la inversión extranjera y el desarrollo de las nuevas formas de gestión económica se “pasmó”. Solo flota en el aire el lema nacional de Cuba: “Hay que esperar a ver qué pasa”. Algunos suelen tener frases preferidas. Pues esa es mi frase más detestada.

No estoy llamando a acabar con todo y la palma. Estoy diciendo que nadie hará por nosotros lo que debemos hacer. Yo quiero un espacio en este país y estoy dispuesto a hablar, a influir, a convencer, a dialogar, a explicar, a rebatir, a discrepar, a escuchar, a aceptar.

*Este texto fue publicado por su autor originalmente en su perfil de Facebook.