Al frente de la mezquita Abdallah, ubicada en Centro Habana, se irgue un viejo pero restaurado edificio que funciona como “Casa de los Árabes”. Allí se exponen la historia y las tradiciones del pueblo musulmán. Hay expertos e investigadores y una considerable biblioteca a disposición del público interesado.

María Elena, la veterana bibliotecaria, me explica que no era posible que en un país como Cuba, al cual históricamente han confluido innumerables culturas, no hubiera una casa así “en dónde se homenajeara y expusiera el origen y las costumbres no solo de la religión islámica, sino también de una forma milenaria de comprender el mundo y relacionarse espiritualmente con él. Los árabes son los inventores de la aritmética, escribieron una obra literaria enigmática y hermosa como Las Mil y una Noches y fueron de los primeros en implantar el comercio como modelo de relacionamiento económico e intercultural”.

Varios maniquíes muestran la manera cómo se visten las diferenciadísimas ramas del Islam, de acuerdo no solo a la radicalidad de sus creencias, sino también debido a las condiciones climáticas y geográficas de la multiplicidad de lugares donde se desarrolló la extática cosmogonía de Alá y su profeta Mahoma: velos largos, como vías lácteas. Místicas burkas negadoras de rostros. Herméticos turbantes entramados con finos cachemires. Mudas de todo tipo confeccionadas con exóticos paños. Colores brillantes y alborozados contrastan con rotundos negros y azabaches.

Foto: Dahian Cifuentes

Hago tiempo, mientras llega el Imán. Ahmed es su nombre. Según él mismo, uno de los primeros hombres en practicar el Islam en la isla. Dice haberse convertido el 16 de mayo de 1999, en Camagüey, su ciudad natal. Recuerda muy bien su último día en la mundanidad: un día gobernado por la impaciencia y una noche de insomnio. Sentía una gran presión “el edificio se me venía encima, me aplastaba, sabía que al día siguiente la vida me cambiaría para siempre”.

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Veo una mujer bien trajeada. Velos celestes elevan su cabeza. Es trigueña y sus diáfanos ojos —verde esmeralda—, resaltan dulcemente la perfección de su semblante. Entra a la mezquita con su musculoso esposo y una nena rubia que me hace especular, directamente, sobre las infinitas posibilidades del mestizaje. Vienen a orar. Al entrar a la mezquita se deshacen de sus calzados. El hombre, ermitaño, se dirige a un lugar específico, separado de todos.

Maltis, la mujer de la mirada esmeralda, se convirtió al Islam en 2014. Todo sucedió porque se casó con un musulmán. Al empezar la relación él se lo dijo y ella no vio ningún problema, por el contrario, le interesó una religión que no promueve valores mundanos y que, contrario a otras religiones, se centra en la comunicación directa con Dios. Sin necesidad de terceros.

Maltis es una mujer de convencimientos insondables. Durante muchos años fue santera, de la sincrética religión yoruba. Tenía santo hecho y obraba a diario. La espiritualidad es, para ella, lo único que uno debe ejercer en la vida porque, finalmente “todo eso intangible, abstracto, aparentemente inexplicable, es lo que nos dota de sentido en la tierra, lo que nos regula”. Antes de mudarse de dogma leyó mucho sobre el Islam y simplemente le gustó porque le pareció verdadero.

—La religión yoruba no tiene más que una pila de santos y no tiene nada de interesante. No resuelve nada.

—¿En el islam encuentras soluciones?

—Sí, Alá todo te lo da, te ayuda y te protege.

—¿Qué es lo más difícil de ser mujer dentro del islam?

—Nada, todo es positivo, la gente cree que el hombre te somete, pero no, nosotras las mujeres disponemos del matrimonio y de nuestros maridos. El hogar musulmán es pacífico. Allí no se discute, no se pelea. Todo es bueno. Mientras tú ores no tienes ninguna perturbación. Siempre estás en sana paz.

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Foto: Dahian Cifuentes

Nuestra conversación transcurre en el salón principal de la mezquita. Un formidable y delicado tapete acaricia nuestros pies. La atmósfera del recinto —de la mano del aire acondicionado— me pone a dudar sobre la existencia del cielo: si existe, esta tiene que ser la famosa paz divina —pienso—. Afuera el averno, incendia las almas, con sus 38 o 40 grados. Nosotros levitamos.

—¿Cómo es eso de que los hombres pueden tener hasta cuatro mujeres?

—Yo no estoy en contra de lo que diga Alá pero yo no estoy de acuerdo con que mi esposo tenga 4 mujeres, yo eso no lo acepto, ese permiso no lo doy y estoy en mi derecho.

Un rato después, en mi conversación con el Imán, él me diría: “para tener cuatro esposas hay que tener las condiciones económicas para mantenerlas y, por supuesto, mucho amor. Todo esto se dio porque antiguamente la guerra dejaba muchas viudas y los hombres del lugar tenían que hacerse cargo de esas familias huérfanas. Esto no es machismo. Nace como un acto de solidaridad, pero todo se ha tergiversado como una suerte de sometimiento a la mujer. Eso no es así, además la mujer musulmana decide si lo acepta o no. En el mundo árabe es muy común, pero aquí, en el caribe, eso es prácticamente imposible: nos amamos con tanta euforia, con la sangre tan caliente, que creemos adueñarnos del otro. Dentro del matrimonio el Islam promulga la comprensión mutua, no el poder. Nadie tiene poder sobre nadie, pero sí derecho, que es muy diferente. En el Corán está todo esto, y más. Es un libro para interpretar, no solo para leer, es un manual de vida”.

—Maltis ¿Qué apuros encuentras por practicar el islam en Cuba?

—La vestimenta, porque con este calor es muy complicado, no se puede. También la ignorancia de la gente que te grita terrorista y una pila de cosas. Pero mi seguridad es lo que mantiene mi fe y me pone sorda ante los necios. Yo no me meto en lo de los demás y espero que nadie se meta en lo mío. Cada quien con su religión.

Según Ahmed, actualmente hay unos 2500 musulmanes a lo largo y ancho de Cuba, entre los cuales el 98% son sunitas, como él, y tan solo un 2% chiitas (que es el ala más radical del islam).