Diego, un joven que días antes me había recitado un bellísimo poema de Alberto Rodríguez Torca, me presenta a Fausto, su colega, con el que lideran Eje en Resistencia, un espectáculo multidisciplinar que nació en una menuda peña entre amigos artistas.

“Eje en Resistencia es una plataforma de inclusión donde participan desde personas que se autoproclaman profesionales porque tienen algún tipo de papel que los acredita como artistas, o simplemente aficionados que son buenos y despliegan sus talentos dentro de los mundos de la danza, el teatro, la música, la poesía, la literatura, la pintura. La idea, desde el principio, ha sido darle rienda suelta a la creatividad y, lo que hacemos exclusivamente, es generar un guion colectivo para después presentarlo en público sin ningún tipo de pretensión, más que la simple y llana expresión” —comenta Fausto, mirando hacia la tribuna antiimperialista, bajo el nublado cielo del malecón—.

Fausto es un hombre exiguo. Sociable. Profundo. Lleva unos arreglados dreads y una camisa roja que contrasta cinematográficamente con su tez negra.

Se llama Fausto porque su madre, Margarita, es una buena lectora. En su niñez tuvo que leer dos veces —obligado— la universalísima obra de Goethe. Hasta que comprendió la responsabilidad dramática no solo de su nombre, sino también, el de su sensible madre.

Fausto es músico y escritor. La banda que conduce se llama Esencia Rem. Una penetrante mezcla entre Blues, Jazz y música folk con ardiente cubanía.

—Fausto ¿Qué es la cubanía?

—La cubanía es la clave. La cadencia.

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Lo de Fausto es la literatura. Rebasó parte de su adolescencia en un una novela. Fueron varios años de compromiso con la pluma. La novia de entonces lo dejó. Se puso mal. Justo murió Saramago. Mandó la novela a la papelera de reciclaje de su laptop. Y, para estar seguro, después la borró permanentemente. Después del respectivo duelo, empezó una segunda novela. Escribió esquizofrénicamente hasta que cayó gravemente enfermo. Se sintió vacío. Hueco. Sin ganas de vivir. Fueron las buenas amistades las que lo salvaron de la desmedida soledad de la literatura. Decidió comprarse una guitarra y, desde entonces, prefiere estar sobre un escenario, tocando, aunque sabe que lo verdaderamente suyo, es la literatura, la ficción.

—¿Qué autores te rompieron la cabeza?

—Hay muchos autores referentes y he leído mucha literatura cubana. Pero la verdad es que crecí leyendo literatura rusa. Realismo socialista. Después conocí a Saramago y a García Márquez y nunca más encontré algo mejor. Creo que con un buen libro es suficiente para enamorarte de un autor.

—Háblame de aquella novela que borraste.

—He eliminado tantas cosas que ya ni me acuerdo de esa primera novela. Fíjate: lo más terrible no es el acto creativo en sí mismo, todo lo que llega se teclea. La mala onda viene cuando paras y tienes que volver a empezar. Ella me dejó y después no pude seguir. Simplemente no pude. Llegó el síndrome del papel en blanco. El bloqueo. Esa pausa emocional, en mi vida, me hizo renunciar a esa obra. La literatura eres tú solo. Contra ti mismo. Es egoísmo puro.

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Fausto prefiere, actualmente, ser músico. No escritor. Dice que la gente en Cuba, en general, es muy musical. Además, para nadie es un secreto que el mundo de la música es más activo y masivo que el mundo literario: la gente, por lo menos aquí, no lee, no le importa eso —añade.

El reggaetón le parece “simple y burda diversión” aunque lo respeta. Aboga por música más intelectual, afable y bien hecha. Escuchó muchísimo rock en sus tiempos mozos, pero sus influencias jamás se quedaron ahí. Encontraron caminos musicales por España, África y, por supuesto, en Latinoamérica.

—Ya todo está creado —sentencia— solo hay que asimilarlo y experimentar, perfeccionar.

Es un defensor acérrimo de las raíces. De lo propio. Para Fausto nada es más importante que el lugar de donde provenimos. Seamos de donde seamos. No importa. Las tradiciones, la historia, la cultura son, escuetamente, lo que somos.

—Solo si uno sabe lo que es, puede transformarse, reinventarse, innovarse. La música cubana es muy rica y difícil. Comprenderla, saberla, es de dos o tres vidas. La síncopa solo se estudia aquí en Cuba. En ningún otro lado. Somos eso.

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Pero no todo es regodeo y expresión. Fausto odia algo de Cuba. O de La Habana, su ciudad. Lo odia profundamente y con ahínco.

—¿Qué es?

—Los malditos helados de Coppelia —confiesa, con la misma sonrisa de cuando me lo presentaron.