Recientemente visité Lima y me sorprendió en más de una ocasión, que los peruanos me comentaran sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos. Hacían alusión a que la situación en Cuba ya debía estar mejorando, y mucho, según sus expresiones. Todos se interesaban por el tema, pues no es un secreto para nadie la tremenda soga que en los últimos veintitantos años los cubanos nos hemos tenido que tragar.

Recuerdo al dependiente de una tienda, servicial y conversador, que, con cara de taimado, me dijo “pero ahora que son amiguitos de los gringos ya todo ha de irles bien, ¿no?”. Cuando dijo la palabra amiguitos sus ojos le brillaban. Y me tocó darle la única respuesta que sentía como veraz… Pero no sin que antes desfilaran, como ráfagas de viento, algunas ideas por mi cabeza:

Ahora que nos acercamos a dos años de la presencia pública de Raúl Castro y Barack Obama, sorprendiendo a medio mundo con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, puedo decir, sin temor a equivocarme, que mi vida, como la de muchos a mi alrededor, no se ha visto afectada positivamente por esta compostura.

Digo positivamente porque sí son varios los factores negativos. Me refiero a la invasión pseudocultural que ha venido a conquistar las mentes de algunos: la pasarela de Chanel, el rodaje de Fast and Furious. Volvemos a ser un país —o una ciudad— de moda donde las celebritys vienen a fotografiarse, compartir sus imágenes en las redes sociales, para luego partir con la jactancia de haber puesto los pies en el último vestigio comunista.

Pero los cubanos necesitamos mucho más que ser el ombligo del mundo. Cualquier medida o cambio gubernamental que no se vea reflejado en los salarios, o en la canasta básica, es prácticamente nula, económicamente hablando.

No estaría de más un estudio público que analizara el aumento continuo de los precios de todo tipo de producto o prestación en los últimos diez años, para así saber cuánto se ha devaluado el salario que mes por mes nos llevamos al bolsillo. Desde 2005 el Producto Interno Bruto crece aceleradamente, pero aún no queda claro hacia dónde van los beneficios del mejoramiento de nuestra economía; y no sería oportuno que a alguien se le ocurriese volver a hablar de los servicios de educación y salud gratuitos, pues hoy son dos de las esferas más deprimentes de nuestro acontecer diario.

Asimismo carecemos de un diálogo más directo con los organismos decisores de políticas y precios. Hace unos meses se “reajustaron” los precios de algunos productos, y por todos los medios oficiales de prensa salió la noticia. Mucho bombo y platillo por una medida que no revierte mucho —yo diría que nada, pero hay quien me acusa de ser absoluto—, cuando la verdadera alarma está en los precios que el mismo Estado, paso a paso, peldaño a peldaño, ha ido poniendo por las nubes. El precio en tiendas de un par de zapatos, o un pantalón, puede sobrepasar el ingreso de cualquier trabajador cubano en un mes.

Tras tantos años atribuyéndose al vecino del norte el peso de nuestras desgracias, realmente debía ser hora ya de que los cubanos comenzásemos a ver, en lo práctico, el resultado de tantas y tantas pláticas y convenios. Tal parece que las supuestas relaciones atraviesan un temporal de bla bla bla.

Y cuando la ventisca de ideas cesó —en el breve lapso de un segundo—, miré a los ojos del peruano, al limeño suspicaz, y le dije: “Eso es solo fachada, amigo, a los cubanos no nos queda otra que seguir raspándola”. Y recuerdo, con agrado, su sonrisa al explicarle sobre el uso que le solemos dar en Cuba al verbo raspar. Yo también reí con él. Reírnos de nuestras desgracias es algo que a los cubanos, por suerte, nadie nos puede quitar.