Para otros, la cosecha marca el final, el momento esperado de disfrutar de los frutos; para Ernesto Amador Martínez, es solo un paso más. La vida como arrocero así se lo exige: después que se corta el último cordel del grano, de que se ensaca y almacena lo mejor posible, comienza otra batalla tan o más importante que la que ya libró sobre los campos anegados de su pequeña finca.

Para cualquier arrocero uno de los mayores dolores de cabeza es tener que secarlo sobre la carretera. Pero esa es una labor inevitable en los sitios donde no hay secaderos estatales (los únicos existentes) o en los que estos resultan insuficientes para las necesidades de los productores. Como en la costa norte de la provincia de Camagüey.

Gracias a la entrega de tierras ociosas y a diversos incentivos materiales brindados por el Estado, durante los últimos años cientos de personas se han incorporado a la siembra del cereal en la zona. Fue ese mismo “tren” el que en 2008 condujo a Ernesto hasta unas tierras bajas a la salida del poblado de La Gloria, muy cerca de donde alguna vez los norteamericanos fomentaron una de sus colonias más florecientes en Cuba.

Cuatro meses le bastaron para cosechar los primeros 3 000 quintales del grano y comenzar a pagar las deudas de la inversión. “Ese impulso fue muy importante, este es un cultivo que da mucho dinero pero también se ‘traga’ todo lo que se le eche”, dice sin dejar de rastrillar el arroz extendido sobre la carretera que une las comunidades de La Gloria y Puerto Piloto.

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Otros seis hombres lo ayudan en la labor, por la que paga entre 50 y 70 pesos diarios a cada uno, les garantiza el almuerzo y el agua, y en ocasiones, hasta un poco del cereal después de concluidas las dos o tres jornadas de secado. Por esas fechas los días comienzan hacia las siete de la mañana, cuando todos se encuentran en casa de Ernesto y se dirigen hacia alguno de los tramos de la vía pavimentada.

“No puede ser cualquiera, buscamos siempre pedazos sin tantos baches y que tengan completa una de las vías, para poder regar más quintales y aprovechar lo mejor posible el sol”, aclara Ernesto. Se trata de un trabajo difícil; tanto, que ningún pago parece excesivo para compensarlo.

“Si tuviéramos cerca un secadero industrial no necesitaríamos ocupar pedazos de la carretera, ni vivir en la zozobra de que en cualquier momento se aparezca un aguacero a malograrnos todo. Si tú le preguntas a cualquiera que sepa, te dirá que el mejor arroz es aquel que se procesa en un buen molino, con todos los requisitos que lleva, pero nosotros no tenemos esa posibilidad. Los molinos más cercanos nos quedan a casi 70 kilómetros –en el municipio de Esmeralda o en la ciudad de Camagüey–, si nos fuéramos hasta allá, nada más en transporte perdíamos toda la ganancia”, explica.

Pese a ser un cultivo rentable, el arroz demanda –como pocos– una contabilidad estricta. De lo contrario, se corre el riesgo de terminar perdiendo con él mucho más de lo que se gana. De tanto repasar sus números, Ernesto puede repetir de corrido que el costo de la cosecha promedio no le baja nunca de los 30 mil pesos: “Suma tú mismo, por lo bajo: 10 mil pesos para los trabajadores; 600, el riego del líquido; 500, la siembra; 1 200, el abono y el desagüe; 500, el corte de cada torba y el mismo precio por esa cantidad en el secado. A eso le tengo que agregar el fangueo –que esta vez me salió en 7 200 pesos– y el líquido (3 500). Se puede ganar bastante, pero solo si todo se lleva a punta de lápiz y se tiene suerte con el clima y las plagas”.

Adonis Rojas Velázquez, uno de los muchachos que siempre lo ayuda, sabe sin embargo, que tantas dificultades no pueden ser motivo para echarse atrás. “Aquí casi todo el mundo gana su poquito con el arroz: el que no lo siembra ayuda a cortarlo, o lo pela y usa la paja pa’ criar sus animales. El arroz es ahora para La Gloria lo mismo que una vez fueron los naranjales. Hasta yo, que tengo una finquita, en temporada vengo a ganarme un dinerito extra acá”.

Sus compañeros lamentan que “demore tanto la entrega del líquido para fumigación o que ‘tantas veces haya que conseguir el combustible por la izquierda’”. Tampoco vendría mal la posibilidad de comprar tractores, turbinas para el riego y otros equipos que permitieran dejar a un lado los viejos “tarecos” con los que hoy asumen todas las labores del cultivo. Suman varias las cosechas en las que se han perdido campos enteros por no alcanzar las combinadas para asumir la demanda de corte.

Alguien recuerda que las mujeres del pueblo prefieren cocinar el “arroz vietnamita” en lugar del que “sudan” sus maridos. “La culpa es de todas las piedras y semillas que se recogen cuando secamos en carretera; sino, al de nosotros no habría forma de ponerle un pie delante, ni en sabor ni a la hora de ‘crecer’ en la olla”, dice Ernesto. El procesamiento industrial también conjuraría demonios como los ‘machos’ y los granos partidos, consecuencias de un secado incompleto, que más tarde tiene que lidiar con descascaradoras criollas y otros artilugios que suplen la falta de maquinaria adecuada.

A pesar de tanta precariedad ni Ernesto, ni Adonis, ni ninguno de sus compañeros, piensa en abandonar el cultivo. Solo cuando la empresa arrocera les pague lo cosechado, y el dinero fluya hacia muchos hogares de La Gloria, habrá terminado para ellos ese ciclo que se inició meses antes. Ya para entonces estarán pensando en la siembra por venir.