Un video sobre niños bailando reggaetón en Cuba escandaliza las redes sociales. Aunque los de mi generación, al menos la que yo conocí, no éramos tan diferentes y aquí estamos.

A mi mamá le gustaba José José, como a casi toda su generación. Además del Barquito de papel, el Gato vinagrito y Los paticos, mi repertorio musical más íntimo tenía en su cúspide el Ya lo pasado pasado que todavía escojo en los karaokes.

Con la escuela y la llegada de las “descarguitas” –unos quince fiñes moviendo el esqueleto al ritmo de una radiograbadora y, para refrescar, agua fría- entramos a los reinos del reggae a ritmo de El General.

Se bailaba pegado, pelvis contra pelvis, meneando las caderas. Se sudaba. Se sentía bien.

La mayoría aún no teníamos novio. No habíamos besado a nadie en los labios. Éramos amigos del barrio que de pronto rozábamos la pieles más íntimas sin otras intenciones.

Tu pum pum mami mami me va a matar junto a Michael Jackson y el deseo imposible de poder también nosotros caminar en la luna, y el “pigüe”, como le llamábamos a aquel baile que iba de adelantar un pie y después el otro, mientras aleteábamos con ambos brazos como perfectos pingüinos llenos de colorines y calzados con yutapais.

En algún momento, llegó la Lambada, y en las cuadras se escuchaba a intervalos el repiquetear de las máquinas de coser transformando telas en pequeñísimas sayas de vuelos que daban muy poco a la imaginación.

Pesadilla sonó después. Estábamos en la secundaria y vivíamos nuestros primeros amores. Lloramos a moco tendido cuando Kate Winslet soltó la mano de Leonardo Di Caprio en Titanic, con el timbre inolvidable de Celine Dion entonando My heart will go on.

Bailamos la Macarena y el Carnavalito, el Vuela Vuela de Magneto y Laura no está de Nek, y todas las versiones posibles de Se fue con la italiana Laura Pausini. El reggaetón seguía bailándose al duro, en un ambiente en el que “sofocar” a tu pareja no era precisamente provocarle una sensación de ahogo.

En el preuniversitario, reinaba Candyman y la discoteca de los noventa, esas canciones casi todas en inglés que cantábamos lo mejor que podíamos, intercambiando las letras originales por lo primero que nos venía a la mente.

Tanto así que no hace mucho se popularizó un chiste en el que un oyente llama a una estación de radio para que lo complacieran con la canción Estos son Reebook o son Nike,  una de las muchas versiones que entendíamos del This is the rhythm of the night/ The night, oh, yeah/ The rhythm of the night de Corona.

Bailamos a lo cubano. Desde Los Van Van hasta La Charanga Habana. Nos dejamos llevar por el de La Manzana en la cabeza y el otro que aseguraba estar siempre Arriba de la bola.

Mientras, en la Universidad, el cuerpo se calentaba con Tego Calderón. Muchos otros fueron surgiendo, sus nombres en algún momento fui incapaz de recordar. Y a ese ajiaco de pronto se sumó la trova, el jazz, el blues, Louis Amstrong y su What a wonderful world, aún mi canción favorite. Habana Abierta y su Divino Guión.

Para ese entonces, fui estableciendo límites con mi cuerpo, que guardé para contactos más íntimos

Bailaba de todo, brincaba, me divertía, pero dejó ser importante reafirmar mis poderes de hembra con la “sofocación” de un macho…

Con el tiempo he ido sumando ritmos y ética a la banda sonora de mi vida. Cada día me importa más lo que dice una canción que cómo suena y mis fiestas son cada vez menos. Pero sigo siendo ecléctica, juntando en el mismo saco al Dueto de Las Flores, a Telmarys y a Francis del Río.

La música ha sido importante en mi vida. Me acompañó en los momentos buenos y en los peores, pero nunca definió quién era. No importa qué y cómo bailara: cuando me tocó me entregué al estudio y todavía me esfuerzo por ser buena professional. Aunque todavía soy capaz de entregarme al maravilloso desparpajo del cuerpo en movimiento.

Supongo que cada cosa llega a su debido tiempo.