La Habana es, sin dudas, encantadora. Es una de esas ciudades con magia, con swing, una de esas ciudades que respira, que está viva, despierta. La Habana es el ojo del caimán, el ojo abierto de un caimán dormido, o más bien, entumecido. Como dicen algunos, Cuba es la Habana, y lo demás… áreas verdes.

Y puede que tengan razón, por mucho trabajo que me cueste aceptarlo. Como toda capital, La Habana acapara las mejores opciones, los más grandes eventos, las más claras oportunidades. Si bien el resto del país se ha desarrollado en materia de salud, educación y cultura como para ser “independiente”, existe un estigma de inmovilidad e impotencia que marca la vida provinciana de Cuba, en especial en el plano económico y profesional. Es por ello que todo el que puede (y aquí la palabra “poder” no es circunstancial) hace como yo: recoge sus tiliches y se larga a probar suerte “pa’ la poma” (ni idea de por qué le dicen así).

Hasta el momento mi historia no tiene nada de especial, nada que no se parezca a la vida de cualquier joven con aspiraciones y sueños (es casi redundante) en cualquier parte del mundo: el delirio citadino, la sed de gentío, la partida a la capital. Pero he omitido un pequeño detalle: lo que a todas luces podría verse como la clásica aventura de una joven emprendedora, por macabros mecanismos puede convertirse en un delito.

El 22 de abril de 1997 se emitió el Decreto No. 217 sobre “Regulaciones Migratorias Internas para la Ciudad de La Habana y sus Contravenciones”, que establece una serie de requisitos a cumplir por los residentes de otros territorios del país que quieran trasladarse de forma permanente a la capital. A partir de entonces varias zonas de La Habana (las más pobladas o las más exquisitas) se declararon “congeladas” o “controladas”, por lo que para tramitar un nuevo ingreso interviene hasta el Ministerio del Interior, que va a los barrios haciendo averiguaciones y confirmando que la excusa para el traslado sea cierta.

Para evitar hacinamientos y daños se exige también un documento expedido por las Direcciones Municipales de Arquitectura y Urbanismo en el que se certifique que la vivienda donde uno pretende residir con carácter permanente tiene las condiciones mínimas de habitabilidad y cuenta con una superficie techada habitable no inferior a 10 metros cuadrados por persona.

Después de todas estas confirmaciones, documentos y papeleos que exigen días de gestión, los gobiernos municipales dan o no su aprobación y con ella se tramita ya el cambio de dirección en la Oficina del Carnet de Identidad; requisito número uno de cualquier trabajo en la capital; razón por la cual hay que pasar por todo este purgatorio burocrático si se quiere conseguir empleo en el paraíso habanero… y pasar con suerte.

En mi experiencia personal tuve un primer intento fallido: en la casa de mi familia, que iba a acogerme legalmente para darme la dirección, solo cabían tres personas y media, según el arquitecto de la comunidad, y habían tres, así que después de pensarlo con detenimiento, decidí que prefería seguir pasando por entera que vivir en La Habana. Pero ya para el segundo intento, con la suerte de tener una de esas amigas-madrinas-tías que uno conoce desde que nació y que además tiene una casa enorme en una zona no tan complicada, todo salió mejor, y aunque tardó como dos o tres meses, no hubo mayores contratiempos que el de torear al Arquitecto de la Comunidad para que viniera a hacer su dichoso dictamen.

Pero he de reconocerlo, fui una afortunada. Conozco casos más pintorescos, como el de un joven periodista que estuvo todo un año haciendo trámites, dando viajes desde Santiago de Cuba para garantizar su legalidad antes de poder buscar trabajo en alguno de los medios de prensa nacionales. En el camino recibió tentadoras ofertas: 200 o 300 cuc por un carnet a su nombre con la ansiada dirección en La Habana… pero no los tenía, así que tuvo seguir el procedimiento regular con todo sus contratiempos y gastos.

Por otra parte, esos conflictos los hemos tenido aquellos que pretendemos trabajar legalmente en la capital de “casi todos” los cubanos; hay otros cientos o miles que no tienen dirección habanera y viven del negocio callejero, hacinados en cuchitriles en peligro de derrumbe y con posibilidades de ser retornados a sus lugares de origen. Me pregunto si vale la pena…

Sin embargo, en La Habana nos quedamos y pa’ atrás ni amarrados. Los que conseguimos cruzar la barrera, tener una renta estable y vivir de alguna manera mágica e inexplicable que no descifraría un premio Nóbel de Matemáticas, hacemos de ella nuestra segunda ciudad y empezamos a profesarle el extraño amor de los sobrevivientes, el apego cómplice del triunfo de nuestras voluntades.

*Este artículo fue publicado originalmente en su blog Con el Santo Claro