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14/10/2016

Tengo recuerdo felices de aquel televisor Caribe que hubo en mi casa hasta hace pocos años. Llegué a tomarle cariño a los muñequitos rusos, a las aventuras de los fugitivos en su primera y original transmisión por la TV cubana. Eso fue posible gracias a la especial predilección que sentí siempre por aquel viejo armatoste de origen ciertamente desconocido, al que hubo que hacerle un espacio casi permanente en el taller de reparaciones.

Desde entonces me adapté a ver la televisión de cerca, muy de cerca. Cuando comenzaban a bailar las imágenes en la pantalla un golpe por la derecha era siempre muy efectivo. Si lo que veía circulaba de abajo hacia arriba una y otra vez, lo más práctico eran los botones de atrás.

Durante mi niñez y buena parte de la juventud el televisor me descubrió Cuba más allá del estrecho mundo que eran mi casa y mi escuela. En blanco y negro porque no había para más, cuando los pocos recursos apenas alcanzaban para mantener con vida el TV pese a las otras mil prioridades de la subsistencia.

Siempre nos negamos a las técnicas de moda en pleno período especial. Aquello de pintar la pantalla con azul de metileno o violeta genciana, vendidos en las farmacias, para variar del blanco y negro al violeta, y de paso alimentar la ilusión de una TV en colores.

Porque en aquellos días ya había en Cuba quienes a la misma hora en que mi padre salía para el taller en busca de los arreglos necesarios para ver la novela de turno, tenían sus pujantes televisores en colores de verdad. Pero en mi casa no entramos nunca, que yo recuerde, en el grupo de los poquísimos cubanos que con las reformas de los noventa saltaron de la “clase toda” a la nueva "clase alta” o “macetas”, que se fueron posicionando como resultado de las incipientes grietas sociales.

Luego, con el tiempo, nos deshicimos de aquel viejo televisor y lo sustituimos por uno pequeño, también en blanco y negro. Después, mucho tiempo después, vino la televisión en colores. Seguimos perteneciendo al grupo mayoritario de la “clase toda” sin poder encontrar la forma de avanzar en este juego de posiciones estratégicas en que se ha ido convirtiendo, en los últimos tiempos de modo más acelerado, la vida en Cuba.

He tratado, como filosofía de vida, de alejarme de aquella visión en blanco y negro que desde niño tenía de cuanto sucedía en el país. Pero gracias a un Caribe al que le debo parte de mis sueños infantiles, me resulta incomprensible hacer coincidir aquello de “cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”, con la realidad constante y sonante.

Cuando de pequeño me aburría de intentar recomponer la imagen desordenada del viejo televisor Caribe, iba a casa de los vecinos, sin vínculos laborales conocidos pero con muchos contactos y negocios (des) conocidos, a ver la Cuba en colores, que para ellos, mostraba la televisión nacional. Algunos ven en blanco y negro, otros ven en colores, nos falta mucho para vivir en el país que aspiramos.

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Eduardo Pérez OtañoEduardo Pérez OtañoPerfil del autor

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