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13/02/2017

A los 17 años fui llamado a pasar el Servicio Militar Activo (SMA), antes nombrado Servicio Militar Obligatorio, y que no ha dejado de ser menos inevitable por el hecho de que haya cambiado su nombre.

Cuando estaba a punto de tomar el ómnibus que me llevaría hasta la Unidad Militar 14-10, de Matanzas, más conocida como “la demoledora de hombres”, me exigieron firmar un documento mediante el cual yo daba mi conformidad para entrar al SMA con apenas 17 años, pues la edad reglamentada en el país son los 18. Me faltaba un mes para cumplirlos, así que firmé, no quería retrasar más ese purgante, los malos tragos siempre los prefiero de golpe.

El recibimiento fue benévolo, después de una merienda exigua nos llevaron al cuartel y nos ordenaron sueño. El amanecer igual fue noble, nos formaron y nos trasladaron a paso de camino hasta unos edificios feos e imponentes que fungían como almacenes; ahí nos dieron la ropa verde, las botas, los cinturones, las gorras. Una vez vestidos de militares —como los militares que casi ninguno queríamos ser— se acabó toda docilidad. Así comenzó una pesadilla de la cual aún no tengo dimensión total.

La previa duró 39 días. En ellos se nos preparó para matar, lo mismo a distancia —el alcance de las AK es de 3000 metros— o desde bien cerca —para algo existen las bayonetas—; pero para lo que más me sentí listo fue para recibir vejaciones. Ser humillado por cualquiera que tuviera una charretera sobre el hombro, rendir pleitesía a diestra y siniestra, pasar un hambre y una sed atroz, arrastrarme literal y metafóricamente por donde al teniente S se le antojara.

Creo que para lo único que me valió el Servicio Militar fue para comprender cuánto de imbecilidad y brutalidad duerme en los hombres. Los anatemas de la vida militar son conocidos: “las ordenes se cumplen y luego se discuten”. Siempre imaginé al jefe de compañía diciéndome: “soldado Galiana, elimine al jefe de batallón”, y luego de asestarle un rotundo disparo en la cabeza —ganas no me hubieran faltado—, me viraba y le preguntaba: “pero teniente, ¿por qué debía matar al jefe de batallón?”.

Las ganas de matar al jefe de batallón eran colectivas. El capitán E era extremadamente impulsivo y se descomponía con facilidad; en su ira siempre terminaba por cagarse en la madre del soldado de turno al que imprecaba. Yo, que hacía de centinela en la plana del batallón, personalmente lo odiaba porque me retenía los libros que estaba leyendo para examinarlos con sumo cuidado, como si pudieran ser bombas o minas antitanques. Me preguntaba por qué los leía, yo le explicaba pero mis razones jamás la parecieron suficientes. Luego se quedaba varios días con ellos y me los devolvía cuando se le antojaba.

Pero lo más denigrante de todo mi año en el SMA era su fastidiosa mata de cocos. El capitán E la velaba con denuedo, la planta estaba sembrada muy cerca de la plana y como era muy joven sus retoños quedaban al alcance de cualquiera. Incluso el suboficial J, que no levantaba una cuarta del piso, buenagente como pocos en aquel purgatorio, podía llevarse un coco si hubiese querido. La principal labor del centinela de la plana, aunque nadie lo decía todos lo entendíamos así, era velar que no se llevaran un maldito coco. Horas y horas en vela custodiando una mata de cocos. Que la misma tuviera intactos sus nueve frutos era lo más importante al entregar la guardia.

Ahora lo cuento y me río. Pero antes no era así. Uno termina por reírse de lo que una vez le provocó llanto y viceversa. No obstante, a ratos, cuando ya han pasado 11 años, sueño que estoy en la 14-10, despierto sobresaltado en la noche y entiendo: la pesadilla aún no ha terminado. Y quizás me persiga para siempre.

(El Toque es una plataforma que abre espacio a voces múltiples. Las opiniones aquí expresadas no necesariamente representan la visión del proyecto, pero las publicamos porque creemos en la necesidad de lo diverso)

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Heriberto MachadoHeriberto MachadoPerfil del autor

Comentarios

luis 1 semana 10 horas

el servicio militar es una de las peores calamidades de nuestro sistema