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Se va Obama. Acabaron sus ocho años en el despacho oval. Vimos los días finales en el cargo del Premio Nobel de la Paz. Muy probablemente, ha sido el más “progresista” de los presidentes norteamericanos en los últimos cincuenta años, al menos desde la perspectiva de Cuba.

Tanto en política interna como hacia el exterior, es indiscutible que el primer presidente negro de los Estados Unidos ha dejado un legado mucho más trascendente que el hecho sustentado en su color de piel. El hombre al que Fidel elogiara por su inteligencia, deja una larga lista de primeras cosas o primeras veces.

Sin pedirle peras al olmo, Obama logró que desde dentro se movieran los mecanismos necesarios para descongelar las relaciones con Cuba, situó en el debate nacional la necesidad de derogar legislaciones obsoletas, entre ellas las que sustentan el bloqueo, emitió directivas presidenciales flexibilizando algunos aspectos de esta política e incluso se arriesgó a visitar La Habana, en un gesto insólito.

Como típico estadounidense, ha defendido, es cierto, el concepto de América para los americanos; pero es innegable que lo ha hecho con inteligencia. A Dios rogando y con el mazo dando pudiera ser la idea que sintetice ocho años de mandato que parecen terminar con una clara revitalización de la influencia norteamericana en el continente.

En ese punto su acercamiento a Cuba ha sido una jugada estratégica en esta partida global. Es indiscutible que del lado de allá se confía en que ahora será mucho más fácil que el “american dream” llegue sobre todo a los más jóvenes del lado de acá, mientras el resto del continente deja de mirar a la Isla como el bastión inexpugnable de independencia y soberanía que siempre ha sido.

Sin discursos belicistas pero sí muy retóricos, Obama se ha acercado a Cuba con el doble propósito de debilitar y eventualmente acelerar el desmontaje del sistema social y político, a la vez que pone freno al avance progresista en la región.

No ha aspirado en ningún momento a cosechar la siembra. Ha trazado líneas para quien le suceda. La paciencia es uno de los fuertes de todo ocupante de la Casa Blanca y el mandatario que ahora concluye sabe que quizás en las formas se modifique lo que él inició, pero no habrá variaciones de fondo.

Ahí está el gran legado de Obama para Cuba: la expresa declaración de una guerra de otro tipo. Sin cesar en lo evidente: persecución financiera, injerencia política, promoción de la subversión, campañas difamatorias; también ha entrado al ruedo de las ideas, de la cultura, del convencimiento. Y podemos criticarle todo lo anterior, pero hay que reconocerle haber retomado un diálogo inexistente anteriormente. Incluso desde la diferencia debemos darle un mérito.

Se va Barack y queda para Cuba un reto mayor y más urgente, el de ser coherentes, creíbles con nosotros mismos y con el mundo.

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Eduardo Pérez OtañoEduardo Pérez OtañoPerfil del autor

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