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14/04/2017

El antiguo Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara pasará a llamarse solo Festival Internacional de Cine de Gibara. La nota de EFE que circuló hizo notar el cambio entrecomillando la frase “a secas”. Festival Internacional de Cine de Gibara a secas.

Desde la muerte de su creador el realizador Humberto Solas, el Festival se ha ido poniendo y quitando palabras, dejándolas en el camino como un rastro de prendas, cada una muestra de las entelequias y complicaciones simbólicas en que a menudo se debate nuestra sociedad.

Primero la familia Bembenuto-Solás, su heredera, que quedó al frente el evento, le agregó el nombre “Humberto Solás” y aseguraron que él sería su presidente eterno. Los gibareños y un grupo de cineastas aplaudieron esta iniciativa con vivas y lágrimas en los ojos. Divinizar, resucitar y escribir en piedra el legado de un hombre o de un libro es un rasgo endémico de la patria.   

Siguió el mando del realizador Lester Hamlet, que quizá en disputa con la familia, necesitó o resolvió amputar el nombre del fundador. Ahora la nueva directiva, encabezada por el actor Jorge Perugorría, se desembaraza, por considerarlo excluyente,  del “Cine Pobre”, la marca que lo hacía quizá el más “progre” entre eventos similares.

Quizá todo este reacomodo ha sido necesario: el trauma, las convulsiones de un hogar que pierde a su padre. El cambio o modificación frecuente de la identidad de un producto o marca no demuestra otra cosa que inestabilidad, pero quizá la medida más acertada, la que revela que quizá llegó un momento laico fue la de despojarse de la pobreza como concepto.

Con el tiempo, y contrariando mis primeros entusiasmos, comprobé que la mayoría de las obras que se apellidan “independientes”, “pobres” o “colectivas” como aferrándose a una bandera, ofrecían un resultado dudoso. La mayoría, en lo profundo, me parecían malas. Pero ante el pedestal de esas buenas causas el espectador noble que yo era salía del cine confundido, molesto consigo mismo. De pronto me decía: mi sentido del placer y el disfrute intelectual ha sido conquistado por los poderosos.

El año pasado un guión que escribí con un amigo estuvo en concurso allí. Recuerdo que tuve la frivolidad de preguntarme si en el caso de ganar sería bueno para la trayectoria del proyecto (el premio no cubre todos los gastos del rodaje y la postproducción) que se le asociara a un festival con ese nombre: Cine Pobre. Como no ganamos, mi prudencia es doble: ¡no fuimos capaces de triunfar en un festival donde se premia el Cine Pobre!

Mi película no es pobre. Ninguna lo es. Pretende hacerse con bajo presupuesto pero de pobre no tiene un pelo. Ese adjetivo no es afortunado cuando se trata de arte, cuya naturaleza es el ingenio, la novedad, la ambición.  

Hacer una película donde la pobreza se deja ver, no solo resiente la ficción, sino que supone uno de los esfuerzos más ingratos que conozco. El realizador sabe que al espectador ideal se la suda si se hizo con poco o mucho dinero. El espectador lo debe olvidar todo, tanto que está frente a una película de bajo presupuesto como que está en una sala de cine. El espectador incluso asumirá los recursos de distanciamiento de la ficción como brotes de ingenio que hacen más intensa la experiencia.

Del mismo modo el director espera que el staff se olvide de sus estrecheces económicas. Los técnicos más eficientes y sus saberes, los mejores medios y maquinarias no son precisamente baratos o gratuitos. Un salario atractivo, unas barrigas llenas, motivan y aceleran el trabajo al menos de una manera menos engañosa que cualquier discurso o llamamiento.

Las gratuidades generan tropiezos tecnológicos, un micrófono en pantalla, saltos de eje, personal indisciplinado conversando mientras se rueda.  Generan escenas donde los actores improvisan, flotando en lagunas de memoria y acción, por falta de un guion sólido, o preparación previa, que deben ser costeadas. Estas contrariedades terminan viéndose en pantalla, haciendo despertar al cinéfilo y que a la larga fracase el poder de atracción de la historia que se cuenta.

“Cine pobre”, por demás, fue un adjetivo problemático, que siempre obligaba al propio Solás a hacer una aclaración tanto en el catálogo del evento como en sus intervenciones públicas: “Cine pobre no quiere decir cine carente de ideas o de calidad artística…". Por supuesto. Pero ningún publicista aconsejaría un nombre que siembra semejante duda.  

Para un artista debe ser terrible hacer una acotación como esa todo el tiempo. No me encuentro diciendo que un artículo mío, o novela, o pirueta tiene “un alto vuelo poético”. Un autor, salvo contados casos de locura, la mayoría de las veces muere sin saber en su fuero si todo lo que hizo valió la pena. O en caso de haber conocido el éxito, si todo lo que hizo no fue más que una gran estafa perpetrada en una época, como todas, llena de confusión.

En cuanto a Solás, mi autor nacional, no es malintencionado recordar que fue el menos “pobre” de nuestros cineastas. Una vez oí que se había pasado semanas en un París frío e indiferente tratando de reclutar a Juliette Binoche. Mi admiración por él creció al saberlo tan ambicioso, lo imaginé como un adolescente, retorciéndose las manos, perdiendo el sueño, planeando una y otra vez sus primeras frases para hacerle la corte a esa mujer infinita, de compromiso y entrega escénica excepcionales. Ambos, Julliete y Solás se habrían hecho honor.

Esa naturaleza lo hizo siempre un autor fuera de serie en Cuba. Tenía un tono alto para narrar cualquier cosa. Para dar esa riqueza se valió siempre del uso engañoso de la cámara y la escenografía en complicidad con sus ambiciones seguramente atormentadas por los límites económicos de nuestra industria. Recordemos que fue quien filmó la monumental serie basada en el Siglo de las Luces de Carpentier, otra buena pieza si de ambición se trata.

No hay cine pobre, él lo sabía. Todo gesto artístico es lujoso, como lujosas y diamantinas son esas películas comprometidas de Glauber Rocha donde sus personajes hablaban como dioses. De poco vale hondear esa bandera si en todo caso se trabaja para excluir la pobreza de nuestro mundo.     

Una película pobre es como un país pobre: simplemente es bueno o malo para vivir. La gente lo demuestra yéndose o quedándose en la sala, la gente busca abundancia, que la fiesta nos los deje fuera.

Tienes la opción de generar riqueza simbólica y pagar con eso. Arengas a tu equipo y los motivas, los haces llorar, y los hinchas de vergüenza artística, de “tesoros morales”, prometiéndole la gloria. Esto puede servir en última instancia de parche, pero no es sostenible, no genera prosperidad y sí mucha dependencia y falta de soberanía real, esa que experimenta todo hombre empoderado.

Tampoco tal riqueza virtual es coherente. Un Director que logra un buen producto siempre va a ser premiado, reverenciado como un iluminado. Su nombre se mencionará en los diccionarios, se hará historia con él, se le invitará a ofrecer conferencias, recibirá aplausos. No es el caso de aquel humilde técnico que lo dio todo en su rodaje y que ahora desaparece pobre y olvidado en la multitud.

Ese Director que lo arengó e infló seguramente lo olvidará, porque ya significó el olvido despojarlo del beneficio material inmediato por su trabajo.

El Festival de Gibara ganará mucho no solo si despeja de sí –como dicen sus organizadores- el aura excluyente de la categoría “cine pobre”, sino el aura victimizadora y autocomplaciente que genera la pobreza como mecanismo de resistencia.

Los artistas favorecidos en este Festival Internacional de Cine de Gibara a secas, recibirán nuevos premios con el nombre de “Lucia” honrando el filme homónimo de Solás, donde Raquel Revueltas no dice: “mamá dame un romerillo” sino: “¡mamá, dame una gardenia, dame una gardenia!”.

 

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Carlos MeliánCarlos MeliánPerfil del autor

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