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13/03/2017

Uno se va pero no se va. Se va yendo de a poquito y le va quedando menos donde antes había mucho. Una amiga le llama a eso “el fin del escenario”. Más allá está el vacío, la nada, la gente que puede o no aplaudirte, lo desconocido, la incertidumbre.

A mi madre, con esa sabiduría propia de las progenitoras, no le sorprendió cuando le dije “me voy”. Quizás lo leyó en mis ojos o lo había intuido desde hace mucho. “A veces uno tiene que buscar en otras partes”, respondió, pero no me sostuvo la mirada.

Mi hermana en cambio lloró aunque no la vi. Nunca ha sido de sentimentalismo fácil pero aun así aprecio la excepción. “¿Cuándo?” Me preguntó, queriendo que la respuesta fuera nunca: “Todavía no sé, pero quizás a finales del mes que viene”.

Más directo fue mi padre: “Bueno, si es lo que decidiste…” y pasó a otro tema.

En pocos días había luto en casa. En cada llamada sentía el impulso de la despedida, la severidad de la palabra final, la recomendación implícita para cuando no estuviera por acá.

No sé cuándo comencé a irme. No sé cuándo comencé a no quedarme. En otro tiempo pensaba que esas sensaciones se tenían claras como cualquier decisión calculada y planificada. Pero dice mi amiga que las cosas, para bien o para mal, no son tan despejadas y transparentes como uno quisiera.

A veces creo que esto de irse es una trampa. Es como romper con lo de acá por puro mecanismo de defensa contra la lejanía, contra la soledad del que se va. Siempre es más fácil deshacer que recomponer.

Me voy para volver, le he dicho una y otra vez a la familia y a los amigos. No sé si ahora, si el mes próximo o dentro de un año…Pero cuando uno decide irse ya al retorno será otro. Como Odiseo, ese que en la Ilíada defendió durante diez años la misma y obsesiva idea, un día habrá que emprender el regreso.

Para entonces Ítaca será otra. Yo seré otro y también lo serán estas letras. 

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Eduardo Pérez OtañoEduardo Pérez OtañoPerfil del autor

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