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Papá no se divorció de mí

18/06/2017

Cada vez que alguien dice en la calle “madre una sola, padre cualquiera”, me insulto. Bien podría parecerme a la niña del exorcista de lo mucho que me remuevo. Quizás sea porque tengo al mejor padre del mundo -como cualquier niña de papá diría- pero aún no acierto a imaginarme la vida sin un padre.

En nuestra sociedad —todavía machista— el rol del hombre se limita, en demasiadas ocasiones, a mantener económicamente a la familia. Si es un buen proveedor, es un buen padre. Para el resto, por supuesto, está la madre.

¡Se equivocan tanto los que piensan así!

El mío, por ejemplo, más que un padre es un amigo. Y que conste que soy hija de padres divorciados. Cuando lo he necesitado siempre ha estado ahí, como los superhéroes de los comics. Aunque no lleva capa roja ni mucho menos trajes ajustados, sigue siendo el que salva el día. En sus brazos inmensos me puedo acurrucar a cualquier hora.

Mi madre, que es la persona más noble del planeta (o una de ellas, para no ser absoluta), me repetía por las noches que, a pesar de no seguir juntos, todo entre mi padre y yo iba a seguir igual que siempre. Obvio que unos meses después me llevaron al psicólogo.

En aquel entonces me explicó que una separación entre cónyuges no conllevaba otra con los hijos, que papá siempre me iba a querer. Y no mentía.

Conmigo papá era el de la paciencia: me sentaba en sus rodillas y me exhortaba a estudiar “para que el día de mañana seas tú la que pueda decidir sobre tu vida”. Fue él quien me habló de sexo apenas cumplí 14 años. Por si acaso, me dijo, por si acaso. Y me miró a los ojos con la cara más colorada que he visto en mi vida.

Justo después de cumplir mis 15 años me dijo que “se iba”. Ese día, cuando llegué a la casa, me tiré a llorar como si se hubiera muerto alguien. Estuve sin verlo casi tres años.

Los domingos, religiosamente, el teléfono se convertía en mi mundo. Por un espacio de cinco minutos olvidábamos las distancias y nos llenábamos de besos y abrazos. Nunca falló.

Cuando regresó lo fui a buscar al aeropuerto. En aquellos tiempos había en el aeropuerto metro y medio de reja de hierro separando gente. No me vieron saltarla. Él sí. Apenas apareció su silueta tras la puerta, me lancé a abrazarlo. Nos quedamos en silencio y lloviendo sal como cinco minutos. 

La segunda partida fue menos dura que la primera… y ya a las demás nos hemos ido acostumbrando. El desarrollo de Internet, afortunadamente, ha mejorado mucho la comunicación.

Nosotros hablamos (o nos escribimos) casi a diario. A veces, cuando alguno de los dos extraña más de la cuenta, solo levantamos el teléfono para decir “te quiero”.

Físicamente o no, papá siempre ha sabido hacerse presente… A pesar de la distancia, él sabe estar

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Marian VelázquezMarian VelázquezPerfil del autor

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