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Dicen que los cubanos preferimos reírnos de nuestras desgracias. Yo, por mi parte, como pincelada de esa acuarela rarísima que es mi barrio, prefiero pensar que no es cuestión de preferencia, sino de necesidad. Porque, seamos francos con nosotros mismos, no nos queda otra opción; y, si quedara, resultaría medio peligrosa, ¿no?

Desde hace días la gente acá sabe que viene Irma, temible y demoledora, avanzando con su paso ineludible por el Atlántico. Sin embargo, basta este enunciado para que la gente se lance, por cuenta propia, a poner en práctica sus propios planes criollos de salvamento.

Los pobres en Oriente tienen dos cosas sagradas: el Panda y el cerdito. Muchos están criando el segundo para poder comprarse el primero; y otros pasan noches de insomnio, imaginando cómo sería hacer el trueque de ambos por un televisor sin nalgas. Así que lo primero pal guajiro es poner a salvo ambas cosas.

Los vecinos que tienen corrales en alto albergan en estos al puerquito del vecino —que tendrá que entenderse, por las malas, con su nuevo amigo—, no vaya a ser que se le ahogue con los aguaceros que se prometen. Luego vendrá, si es necesario, el vecino mismo, con el Panda de mochila; pero eso será solo si es necesario, cuando tengan el huracán arriba, y el vecino de los altos lo llame: “¡Rubio, echa pa acá, comemierda, que te lleva el ciclón!”. Y el Rubio le responde que se espere un minuto, que está cargando el Panda.

Los puntos de venta de gas licuado parecen colas para trámites de vivienda —y eso que la ciudad solo va por la primera vuelta de los contratos—, porque la gente sabe que, a la primera llovizna, la mano enérgica de la OBE cortará la luz sin chistar. También llenan sus enormes tanques elevados, por si acaso les cortan el agua; porque toda esta metáfora se puede convertir en realidad, aunque ni siquiera se nuble el horizonte.

Los que tienen familia afuera corren a la wi-fi, a explicarle que la cosa está negra a la familia allá; y son los únicos que, luego, pueden ir, tranquilamente y sin hacer cola, a la TRD en divisas, y comprar alimentos enlatados, refrescos, perritos y hasta agua embotellada. Los demás, los que gastarán el salario del mes en estos preparativos, comerán todos lo mismo: galletas de harina y dulce de guayaba, que es lo único que queda en los mercados Ideales, pues hasta los huevos llevan días desaparecidos.

Los que tienen techos de naylon, y se van a evacuar en la casa del frente, lo van envolviendo para guardar, como enormes telas, que visten, de un encaje transparente, los tres o cuatro tarecos que no importa que el agua se lleve. Es más: ojalá se los lleve, y así habrá que comprarlos nuevos, como se pueda.

Otros desarman sus baños exteriores desarmables: cuatro varas de dos metros de largo, sembradas en el suelo y con tres o cuatro sacos de arroz dándole la vuelta, en forma de caja; dejando ver ese agujero que te hace preguntarte como carajos la gente puede hacer sus necesidades allí.

Pero luego te calmas, sonríes, te doblas de la risa con las desgracias propias, y con las ajenas, diciéndote que el cubano es un bicho malo, que todas se la sabe y a todo se acostumbra. Y luego te sientas, paquete de galletas y barra de guayaba en mano, a mirar la trayectoria de Irma en el noticiero. Esa Irma no sabe que aquí ya lo tenemos tó pensao. “Que venga la fiera —y bronqueo una galleta, que casi me rompe un diente—, que la estoy esperando”.

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Manuel Roblejo ProenzaManuel Roblejo ProenzaPerfil del autor

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