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14/02/2017

En tiempos de desesperación personal, cuando toco el fondo de mi pantano, acudo al consuelo de que las cosas solo pueden mejorar. No siempre ocurre, sin embargo creo que esa combinación de esperanza y lógica es lo único que puede salvarnos de la hecatombe.

Cuando me miro los zapatos remendados; cuando son las doce de la noche y no llega la leche de la niña; cuando trabajo más que nunca en el mes y me pagan menos en la empresa, mediante una fórmula mágica que nadie entiende; cuando paso la avenida, repleta de mansiones, y me adentro en el barrio olvidado de La Unión; siempre debo recurrir a la pregunta de “qué cosa defendemos”; y la que viene atropellándose después: qué deberíamos defender.

Es complicado, porque desde que salí de la universidad hablo en un tono de protesta todo el tiempo; a muchos de mis compañeros les pasa lo mismo. Sin embargo en la noche, en la oscuridad azulosa del cuartico, me he dado cuenta de que he sido un orador ambiguo para auditorios diferentes. Que he defendido a ultranza nuestras conquistas más sonadas y repetidas, no por ello menos extraordinarias. También he criticado todo lo sucio que la burocracia y la corrupción esconden detrás de una panza y una camisa a cuadros; o un discurso vano y primitivo, plagado de palabras que no dicen nada… y lo dicen, tristemente, todo.

En ese momento me he preguntado si padezco —en las palabras de esos accidentales declamadores—, de “doble moral”; o de alguna enfermedad parecida a la falta de memoria de corto plazo… y luego me respondo que sí. Que esa enfermedad se llama conciencia: se llama sentido común; es la enfermedad que llevó a nuestro más ilustre a querer echar su suerte con los pobres de la tierra.

En la cola del cuerpo de guardia sufro el maltrato del técnico en ortopedia, que parece más un organizador de filas en la prisión; y nos caen encima los “pa atrás, caballeros” —por los menos dicen caballeros—, y los “papi, ya te dije que tienes que esperar, coge la calma”.

Y te sientes aquella última cosa en la cadena alimenticia.

Te sientes el plancton de allá abajo.           

Tú, que acababas de poner en su lugar a alguien que se atrevió a llamar a tu sistema como no te gusta que lo llamen; que se atrevió a acusar a tus héroes de las mentiras más increíbles; que se atrevió a querer echar por la borda tu saludo inolvidable cuando te ciñeron aquella pañoleta roja.

Estás a punto de ser la cabeza de la protesta, de contestarle a ese anormal como se merece, de perder cada célula de educación que tienes en tu sangre negra y blanca y arremeter, con tu mujer con el esguince en el tobillo, contra la puerta de la consulta.

Pero te aguantas.

Y el tiempo pasa.

Y a las tres horas ya tu mujer tiene el yeso y una sonrisa compasiva del especialista. De gratis.

Y luego pasas por el círculo infantil, y ahí está tu niña de la que te habías olvidado, jugando con plastilina amarilla. De gratis.

Y luego… luego te sientes en la cima del mar, flotando; como el plancton mismo, tranquilo y minúsculo, que no se mete con nadie, principalmente porque jamás le ganaría la pelea a la ballena que se alimenta de él.

Y eso nunca, nunca, nunca cambiará.

(El Toque es una plataforma que abre espacio a voces múltiples. Las opiniones aquí expresadas no necesariamente representan la visión del proyecto, pero las publicamos porque creemos en la necesidad de lo diverso)

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Manuel Roblejo ProenzaManuel Roblejo ProenzaPerfil del autor

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