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De pequeño soñaba, entre tantas otras cosas, con ser como el Capitán Planeta o al menos tener uno de aquellos anillos para conjurar los elementos naturales a mi antojo. Cuando el viento comenzaba a soplar y la lluvia cerraba el paso a todo, me acomodaba en la cama e imaginaba cómo sería si pudiera espantar a uno de aquellos ciclones que tantas veces amenazó con llevarse nuestra casa.

Hay pocas imágenes que conserve de aquel primer huracán, pero aun no logro olvidar a mis padres sujetando la viga principal del techo del cuarto cuando una de aquellas infernales ráfagas comenzó a levantarlo por un costado. Quizás fueron unas pocas horas pero las recuerdo como una eternidad. Parecía que se los llevaría con ellos, techo incluido.

Nunca he temido a los ciclones. Por allá por Pinar del Río, donde comenzaron mis andanzas, como buenos cubanos adaptados a adaptarnos, le tomamos el pulso a los fenómenos naturales y continuamos la vida. Porque no hay mucho más por hacer y quizás la única seguridad es que el próximo año o el otro, aparecerá uno nuevo que nos haga comenzar todo otra vez.

Contaba Cristóbal Colón en su diario de navegación sobre la fuerza impredecible de aquellos vientos que parecían no tener fin y que arrastraban las naves de un lado para otro sin compasión. Los aborígenes, avisados ya por las señales propias de la naturaleza, se refugiaban en cuevas o bohíos, únicos espacios vedados al poder de la naturaleza.

Un año sí y el otro también, llegan a estas tierras los fenómenos naturales más temidos en el Caribe, y a su paso dejan las marcas de una fuerza imparable, de la voluntad de la naturaleza, de lo impredecible. “Contra ellos no puede nadie”, decía mi abuelo sentado en su sillón mientras mascaba tabaco y miraba cómo afuera caían los árboles, los postes con sus cables, los techos de las casas.

Crecí con aquellas referencias al ciclón del cuarenta y cuatro o al Flora, que se llevó miles de vidas. Decía mi abuela que aquella terrible venganza de la naturaleza había sido por culpa de algunos barbudos que, descreyendo de la Virgen de la Caridad, habían osado tirarla al mar, y la santa en venganza les devolvió el peor de los golpes.

Nací en el mismo año de la “tormenta del siglo”. Dicen que fue en invierno y que parecía iba a caer fuego del cielo. Dicen los científicos que se trató de una tormenta de invierno, o un ciclón extra tropical; asegura mi padre que en realidad fue un anuncio del fin del mundo.

Contra viento y marea hemos tenidos que bregar una y otra vez. Comenzar de cero. Reconstruir. Tender la mano al vecino o agradecer la ayuda recibida. Sentir los efectos de la falta de electricidad y agua; o el miedo a la lluvia y al viento. Luego, cuando sale el sol, se renuevan las esperanzas en espera del próximo ciclón.

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Eduardo Pérez OtañoEduardo Pérez OtañoPerfil del autor

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