Yurisley Zayas Baró es una muchacha de 31 años. Ella es una de las muchas mujeres que en Camagüey se dedican a la confección y venta de canastillas, principalmente en las cercanías del hospital materno Ana Betancourt de Mora. Es un negocio que ellas monopolizan casi en exclusiva, pues “los hombres no sirven para esto”.

Las colegas de Yurisley, y ella misma, han “tomado” los portales de todas las casas de la zona, improvisando pequeñas tiendas en las que es posible encontrar cuanto pueda necesitarse para recibir al hijo por nacer.

“Solo en esta parte somos como veinte puestos, yo misma tengo el número 18. Es que no se trata nada más de las mujeres que están para a dar a luz, sino también de todas las embarazadas que tienen que hacerse análisis o vienen por consultas. Son muchas porque aquí se atienden las de la capital provincial y las de varios municipios”, me cuenta la bordadora.

Foto: Amaury M. Valdivia Fernández

Sin embargo, las ventas actuales no siempre logran igualar a las de otros tiempos por la cantidad de vendedoras reunidas, lamenta Yurisley. Yo le sumo dos hechos: los altos precios de buena parte de los artículos que comercializan y la disminución en el número de nacimientos, y la bordadora me deja el privilegio de la duda.

“Una trata de priorizar lo más importante: sábanas, mosquitero… Aquí hay bellezas, pero no es posible ponerse a comprarlo todo porque no habría bolsillo que aguante”, interrumpe el diálogo una futura mamá. Yurisley le responde, con sus argumentos: “Si nos fuera más fácil conseguir las telas u otras cosas que necesitamos estoy segura de que los precios bajarían bastante; además, estaría también el beneficio de que más muchachas podrían incorporarse a esta actividad”.

Cálculos conservadores cifran en torno a los 5 000 pesos (unos 200 dólares) el monto de dinero imprescindible para dotar de canastilla a cada bebé. Tal cifra puede llegar a triplicarse en el caso de que los potenciales padres residan en La Habana o Varadero, las dos zonas más ricas del país, donde los ingresos promedios alcanzan cotas más elevadas pero también lo hacen los precios.

En ninguna de esas cuentas está la comida balanceada que debe tener la mamá ni otros gastos, como los de transporte o los arreglos que se hagan en la vivienda donde vivirá el niño. La cuna no la encuentras por menos de 1 000 pesos y los colchones a 720, si los compras en tiendas estatales. La contadora suena con los mosquiteros, las almohaditas, las sábanas, los juegos de ropas para días específicos… y mucho más. El problema es que ese monto, incluso sin sumarle otras erogaciones tan urgentes como necesarias, representa unos ocho meses de los ingresos del ciudadano común.

Foto: Amaury M. Valdivia Fernández

“¿Cómo es posible que a nosotros nos sea rentable vender las cosas que traen de afuera y al Estado no?, y conste que a mí me abastece gente que va a comprar a lugares tan lejanos como Rusia”, argumenta otra “canastillera” colega de Yarisley. “La mercancía que ves aquí ha recorrido mil y un caminos antes de ponerse en estantería. Las mismas toallas se hacen con las telas de felpa grandes que traen los marineros, muchas de las ropitas y zapaticos se entran de afuera, casi siempre comprados en Panamá o Haití; y los jugueticos a veces han tenido viajes tan largos que nadie lo creería”, asegura.

En términos prácticos la canastilla subisidiada que entrega el gobierno se limita a un par de pequeños bolsos, una toalla, algunas ropas de bebé y algo de gasa para elaborar los culeros. Además, a través de la libreta de abastecimientos las gestantes reciben una cuota de carne y varios litros de leche por mes. Otros beneficios como las cunas y los colchones a bajo precio se destinan únicamente a las personas con problemas sociales o que residen en zonas vulnerables, como las montañas. El gran grupo que no se incluye dentro de esas categorías debe resolver por sus propios medios.

A pesar de las dificultades para conseguir algunas materias primas y los vaivenes del mercado, Yurisley apuesta aún por sus pequeñas obras tejidas, con las cuales ha vestido a cientos de niños.

“Tengo un oficio que me obliga a crecer un poco todos los días. ¿Quién me iba a decir que después de formarme como licenciada en Estudios Socioculturales yo estaría haciendo también un poco de psicóloga? Y así ha sido. Este es un trabajo que exige pero recompensa, sobre todo cuando una ve lo que es capaz de lograr”.

“Entonces, como sea, ¿tú seguirás cosiendo tus canastillas, no?”

“Claro (se ríe). Aunque todavía no he tenido hijos, me encanta la idea de que mis modelitos acompañen a tantos niños desde sus primeros días. Yo ‘nazco’ un poco con cada bordado mío”.