Hacer el menor tiempo en un cuarto de milla es el sueño de cualquier corredor en Cuba, pero romper récords y ganar prestigio en este empeño tiene riesgos adicionales. Correr en autopistas transitadas, huir de la policía y evadir imprevistos a velocidad extrema son algunos de los desafíos que hoy enfrentan los corredores ilegales.

Para muchos resulta una preocupación y estrés permanente, no obstante, cada fin de semana se arriesgan y compiten. La cita lleva siempre a lugares apartados y, por lo general, los incentivos suelen ser triviales. Entre los más comunes: probar nuevos autos y motos, ganar un dinero extra o romper algún mitológico récord en las diferentes modalidades.

El riesgo mayor es el decomiso automático del vehículo de carrera, lo que imprime un extra de adrenalina que, a veces, puede conducir hasta la muerte.

“No se trata de correr ilegal para burlar a la policía, sino presionar para tener nuestro propio espacio de competencia, hacer lo que nos gusta, como sucede en cualquier lugar del mundo. Pero aquí todo es muy complicado”, reclama Javier Ordaz, organizador de carreras entre amigos.

Su reclamo es, también, el de muchos otros entrevistados. Según “El Rayo”, quien corre ilegal desde los años 80, “si hicieron la pista de karting de Cocomar, a sólo 30 kilómetros de la capital, con todas las condiciones para corredores y público, deberían hacer una pista de 1/4 de milla para autos y motos de alta velocidad (pues en esa misma zona hay terreno y condiciones suficientes) para hacer una pista como Dios manda”, concluyó el veterano corredor.

Y es un razonamiento lógico. Normalmente, cuando faltan espacios legales para cualquier actividad, el ingenio ciudadano termina por imponerse, buscando alternativas viables de subsistencia al margen de la ley.

En este caso, además, ha costado vidas, pues la coordinación no profesional de estas competencias; el desconocimiento de las reglas básicas del público interesado y las condiciones desfavorables de las pistas, muchas veces termina en un desenlace fatal. Esto pone en tela de juicio una prohibición absurda que no se sostiene bajo ningún argumento lógico.

¿clubes elitistas?

Hace apenas unos años surgieron algunos clubes que hoy gozan del amparo de la Federación Cubana de Automovilismo. En este marco, se realizan exhibiciones de autos y motos, carreras de velocidad y competencias de habilidades, una nueva posibilidad que ha apartado de las carreteras a muchos que tanto reclamaron espacios como éste. No obstante, los criterios siguen siendo querellantes. 

“El club es una excelente opción, pero todavía es un espacio insuficiente para gente tan inquieta”,  comentó al volante Alejandro Moragas, miembro del “Club de Autos Rusos”. 

“Tampoco existe la seguridad requerida y hay tanto control que uno no puede hacer lo que en realidad quiere”, añadió. Aunque al mismo tiempo, reconoció que “es bueno que la policía lo organice todo, ya que hay bomberos y ambulancias en caso de accidentes”.

Charlando con otros corredores los criterios fueron encontrados, sin embargo, irónicamente la mayoría dice asistir a ambas convocatorias. Otros, los menos afortunados, aducen su destino ilegal a la existencia de cúpulas elitistas en los clubes, que los rechazan por “la falta de condiciones técnicas o seguridad en sus vehículos para logar la membrecía”, requisitos que se revisan minuciosamente a cada propuesta de entrada a algún club.

Aprender a ganar

De una forma u otra, se han venido dando algunos pasos de avance. El reto sería entonces superarnos cada vez más, creando espacios para público y corredores sin preocupaciones, ilegalidades, o seguridad para la vida.

Tampoco creo que a la gente le importe pagar por un servicio de calidad, ni que invertir en una pista de carreras sea una mala idea, que de no existir fondos estatales para ella, alguna iniciativa privada seguramente surgiría.

Los decisores a estos niveles deberían pensar en los problemas resueltos con apenas una sola firma. Tener un autódromo construido y pago por el sector privado; cobrar impuestos en calidad de renta de local, entrada, suscripciones, ofertas gastronómicas y toda la infraestructura que pudiera tener un local como este, podría reportarle a la economía del país una buena suma cada mes. Sin contar la seguridad pública que se logra con sacar de las calles las carreras ilegales y sus negativas consecuencias.

Entiendo la osadía de la propuesta, pero bien valdría la pena asumir los riesgos, haciendo gala de tolerancia e inteligencia. Si otros ya tienen licencia para construir terrenos de golf para el disfrute de millonarios, ¿por qué dificultar algo tan elemental y necesario para los amantes de este deporte extremo en la isla?