El 28 de abril de 1945, Clara puso el pecho ante las balas que estaban destinadas a matar al hombre que amaba. Le dieron la oportunidad de salvarse, no quiso. De haberse negado los fusileros, hubieran tenido que amarrarla por el resto de sus días para que no fuera a enterrarse viva con él.

El tipo no era de los que muchos considerarían que se merece tal arrojo por parte de una mujer treinta años más joven, hermosísima, refinada. Una mujer que no era ni siquiera su esposa.

Es cierto que la consentía con el roce suave que solo saben dar los puños de hierro, pero era un monstruo, que tuvo el peor de los finales (como pocas veces pasa en la historia humana). Y ella lo acompañó, como si Fay Wray hubiera decidido subir el Empire State a espaldas de King Kong.

El 28 de abril de 1945, Eva se casó. Podía no haberlo hecho, debió no hacerlo: llevaba años deseando que él se lo pidiera, estigmatizada por la posición de ser la amante en aquella sociedad extremadamente conservadora (al punto de la locura), presa, sola, a la espera.

Su esposo fue un hombre por algunos de sus rasgos fenotípicos, pero nada más alejado de lo bueno-humano. Objeto de los peores adjetivos en todas las lenguas, capaz de cosas que nunca han sido y no han vuelto a ser después de él, de algún modo, se agenció la devoción de ella, un ser cuyo deprimente delito fue amarlo hasta el ahogo.  

No le pidió matrimonio como un acto de rendición, sino como una demostración de autoridad sobre ella.

Sabía que se acercaba su final y se le antojaba llevarse su verdaderamente única posesión, aquella que quería ser poseída. No fue una encerrona: ella sabía que el “sí, quiero”, era en realidad su última voluntad antes de ser quemada junto al hombre que, después de tanto vejamen, tenía a la justicia dando patadas a su puerta. Para colmo, el anillo le quedó grande.

Lastimeros relatos las de Clara y Eva. La gente suele hacer esas cosas y dicen que es amor. La gente suele entregarse a objetivos superiores, a personas superiores sin más evidencia que el amor y la esperanza de que este sea retribuido.

Tal vez esté negando completamente la esencia del concepto, pero mi madre me enseñó que la vida es más saludable cuando se actúa en base a la reciprocidad. Quiere a quien te quiera, decía.

Uno nunca debe entregarse a nada ni a nadie que no esté dispuesto a retribuir en correspondencia nuestro sacrificio. Quien te exige todo tu presente y lo único que ofrece como garantía es el futuro es porque te está usando para erigir el presente propio. 

Quien te pide disculpas por los barrotes, pero no abre la celda no es más que un egoísta insufrible.

Y hay quienes van así por el mundo, sin ataduras porque su libertad es más importante que cualquier lazo, pero fruncen el ceño ante las alas ajenas. Y lo hacen porque si todos fuéramos libres ellos no tendrían en quién apoyarse al final de cada frustración, ni soldados fanáticos que les sirvan de chaleco como Clara, ni mujeres sollozantes que esperan en casa con la sopa caliente y las piernas abiertas, como Eva.

Son seductores de muy distintos modos. Encantadores de serpientes que vienen con la mirada del porvenir, con las cicatrices del plomo de la historia, con duro verbo sobre la realidad ineludible, o con los quedos besos de sueños elusivos.

No está mal el idealismo, los que están mal son los materialistas que se alimentan del idealismo ajeno, porque solo dejan a su paso vainas vacías, amantes suicidas por la falta de atención, veteranos amargados por la decepción e hijos desconcertados por el desprecio.

Nunca sigas a un monstruo solo porque no te muerda o porque, de vez en cuando, te permita que lo acaricies: llegará el momento en que serás su escudo ante las balas o su seguro ante el tiempo.

El 28 de abril de 1945 la bellísima Clara Petacci se inmoló en un último intento desesperado de salvar la vida de Benito Mussolini. Ese mismo día se casaba Eva Braun con Adolf Hitler, dos noches antes de suicidarse juntos.