El fondo azul grisáceo; la iglesia y el parque: iglesia descolorida y parque con gente que parece no tiene que hacer; una calle central y muchas sin asfaltar; gente alegre, dicharachera, del asere y el qué bolá; yo te conozco a ti y tú a aquel y el otro al otro; una cuadra que ayer era solo de abuelos y hoy de muchos nietos. Así sería una pintura de Vereda, donde con asombro, pena y nostalgia, he descubierto que casi nadie conoce el infierno de Dante, ni la Divina Comedia, ni a Alighieri.

Apenas comenzaba mi embarazo. Recostada en mi almohada, imaginaba cómo sería mi hijo: sus ojos, su pelo, si tendría pelo, si era una niña o un varón. Entonces comenzó el dilema. “¿Cómo le vamos a poner?”

Las búsquedas no cesaron: Google; libros, guías telefónicas… todo lo que tuviera palabras fue víctima de nuestra explotación. Isabella, estaba decidido. Ese sería el nombre si era una niña.

A las 17 semanas el feto hizo gala de su sexo. Sin miedo escénico y como si hubiese nacido para posar ante las cámaras, expuso sus miembros inferiores abiertos de par en par. Sin discreción mostró sus testículos gritando que él no sería Isabella.

Por largo rato reí a carcajadas para mis adentros; no quería que los presentes me tildaran de loca. Una sola idea marcaba los minutos. Ellos conversaban sobre esto y aquello, yo solo pedía encontrar un nombre sin Yu…, sin el modernismo y lo común, sin tradicionalismo excesivo, tampoco quería un Pedro ni un José.

Al papel no le cabía un tintazo más. Las letras parecían garabatos una sobre otra. En la hoja, en medio de Allan, Darío, Maikol, Kevin, Adam… discreto, escrito a lápiz y con descuido, leí el nombre de mi bebé: Dante. Lo acogimos con entera modestia, sin pretender que su vida sea compleja como leer La Divina Comedia, ni que su talento como escritor alcance el calibre de Alighieri.

Ya estábamos en casa. Luego de cinco intensos, calurosos, felices pero incómodos días en el sexto cubículo del Hospital Ciro Redondo, llegamos a Vereda. Un lugar perdido en el mapa, pero que me vio nacer, crecer y tener a mi hijo.

La mañana era fresca, el cielo alardeaba mostrando ese azul intenso que pocas veces podemos darnos el lujo de encontrar. Ni el ardor de los puntos de la herida de la cesárea, ni los senos cargados y desbordados de leche opacaron la satisfacción de mostrar el mundo, por primera vez, a mi bebé.

“¿Cómo se llama?”, claro que la pregunta llegó; y yo, orgullosa e inocente, sin rodeos, directo al grano: “Dante”.

Sonrisa de hipocresía, disimulo, diplomacia… en buen cubano: una mueca para quedar bien. Tanto escoger, buscar y rebuscar y que aquella persona, en el afán de ocultar su decepción, me interrogara de manera retórica:

—¿Dance o Hansel?

—Pues ni el uno ni el otro, señora— quise decir. En cambio, un gesto de educación asomó a mis labios y luego de rectificarla tantas veces un “Sí, así mismo, Dantel”, ocupó la correcta pronunciación del nombre de mi hijo.

No hay arrepentimientos, que conste. Mi Dante lleva con grandeza su nombre. No es escritor, ni sabe de política. Pero ríe a carcajadas, hace trompetillas, aplaude, tira besos, dice pa, tata y me roba la vida siempre que dice mamamamama.