Sobre el quicio del portal del cine Yara, en el Vedado habanero, tres muchachas descansan. Son negras y hablan francés. Las tres estudian Medicina en la escuela Salvador Allende. Las tres estuvieron en las protestas frente a su embajada el 8 de abril último. A las tres les pagaron el estipendio de 12 meses, después de mucho tiempo sin recibirlo, y lo ahorran porque saben que en cualquier momento su gobierno, el del Congo-Brazzaville, las podría olvidar.

Dos de ellas llevan el cabello trenzado; otra luce una melena postiza que dista mucho de las habituales pelucas o extensiones al uso en Cuba.

—Me pueden peinar — les pregunto.

Una se lo piensa. Otra se decide. No tiene peine para desenredar ni trazar las líneas, pero se le ocurre usar un bolígrafo. Mientras peina, se acercan otras mujeres curiosas. Le preguntan si cobra. No responde con claridad. Entre la necesidad de dinero y la cortesía, se confunde.

Peinadoras por gusto y necesidad

“Para nosotros es cultural, como para ustedes el baile. Desde que nací he visto peinar a mi madre y a todas las mujeres de mi comunidad. Claro, no es que todas sepamos peinar en mi país, algunas lo estudian profesionalmente, pero la mayoría lo hace bien. No soy una profesional, mi profesión es la Medicina, pero no se me da mal”, dice una estudiante congoleña que cursa el cuarto año en la facultad de Ciencias Médicas Julio Trigo, en Arroyo Naranjo.

Por un peinado con trenzas, poco exclusivo, una cubana en cualquier barrio de La Habana —no digamos siquiera una peluquera profesional en un salón con el mínimo confort—, cobra alrededor de los 100 CUC. Arreglarse el cabello con una congoleña puede suponer un ahorro de 85.

Para estas estudiantes africanas, peinar es la garantía de una entrada constante de dinero, significa vivir con menos sobresalto en los meses de impago de sus estipendios.

Eva, de 26 años, es otra de las estudiantes congoleñas que peina para sobrevivir. Ella no protestó frente a su embajada el día 8 de abril:

— ¿Qué peinados haces?

—El que quieras. Me enseñas una foto y te lo hago. Ya sea con tus propios pelos o con pelos sintéticos. A veces me enseñan una foto y si no sé hacer el peinado se lo paso a otra de mis compañeras.

“Aquí vienen algunas cubanas pero la mayoría de las que peino son mis compañeras: de mi país, de Angola, de Chad… Si son trenzas sencillas cuestan 3 CUC, pero vale mucho si lo haces con pelos sintéticos, puede salir en 15 o más. Depende de la cantidad y calidad de los pelos que tú traes. Hay varios tipos de pelos sintéticos. Los sudafricanos venden”.

“Este —dice— fue mi trabajo en mi país. Mucho tiempo. No sé exactamente, pero empecé a los 17 o 18 años. Primero en mi habitación y luego me fui al salón de mi hermana. Todas mis vacaciones las pasaba así. Ganaba bien”.

Tras haber terminado el tercer año de Medicina y en esta etapa de vacaciones, lejos de ir a su casa en Brazzaville donde dejó un hijo pequeño, Eva permanece en Cuba. Así ha sido en los últimos cuatro años de su vida.

El contrato: cero viajes al Congo, cero negocios

A diferencia de otros países, el Congo, en el contrato de formación profesional establecido con la Isla, no incluye viajes de los estudiantes a su país durante la carrera.

Un habitante de Costa Negra, la segunda ciudad en importancia de esa nación, llegó a La Habana hace seis años. Tenía 400 dólares en el bolsillo. Ese dinero, ganado del trabajo en la pesca, representaba el ahorro de su familia. Una maleta, comprada con 150 dólares que su gobierno le entregó por haber sido seleccionado como estudiante de Medicina becado en Cuba, completaba su patrimonio.

El premio gordo, sin embargo, implicaba cruzar el Atlántico hasta la isla del Caribe de la cual no sabía absolutamente nada. O quizás supiera algo: un par de cosas que podían averiguarse por Internet.

“Me dijeron ‘vamos para Cuba’, busqué por Internet y me pareció bien lo que vi: el Malecón, hoteles. Yo dije ‘eso está bueno’ y dije ‘vamos’. Al llegar, después de 14 horas de viaje, nos mandaron para Cojímar. Pero cuando íbamos desde el aeropuerto hasta Cojímar nos asombramos. Dijimos: ‘¿¡Eso es Cuba!? ¿¡De verdad!? Está mal’. Sin embargo, me estimulaba y me daba esperanza estudiar Medicina. No se me olvida el día que vine”, recuerda el costeño.

Hace seis años que no ve su costa ni a sus padres, ni a sus hermanos, ni a sus abuelos, primos y tíos. Tampoco a sus amigos o la novia adolescente que dejara allá. Un pasaje de ida y vuelta a su país, desde Cuba, no baja de los 5 000 dólares y él, que arma sus cuentas de 20 en 20, no puede darse esos lujos. Está consciente, no obstante, de que algunos de sus compañeros sí pueden.

Captura de pantalla de las ofertas de varias aerolíneas para el itinerario La Habana – aeropuerto de Pointe-Noire, República del Congo.

El aeropuerto de Pointe-Noire es uno de los dos aeropuertos internacionales de la República del Congo.

El aeropuerto de Pointe-Noire es uno de los dos aeropuertos internacionales de la República del Congo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi familia que no era rica me dio algo de dinero. Familia que tiene plata, da más; familia pobre, menos. Algunas familias tienen un poco más de plata que otras, por supuesto”, indica para quienes ven África como un tejido uniforme en el que la pobreza es repartida por igual.

Lo primero era aprender el idioma y pasar tres meses en el llamado pre-médico. Tres meses en los que todo parecía seguro y funcional: “Cuando llegamos en octubre nos pagaron tres meses. Pero luego se pasaron casi siete sin pagarnos. Sobrevivimos con la comida del comedor”, cuenta.

Ese fue el primer destello de inestabilidad.

Mientras él vive en la residencia estudiantil de la Facultad de Ciencias Médicas “Julio Trigo López”, en Arroyo Naranjo, otros de sus compañeros se hospedan en casas particulares. “Tengo amigos que viven alquilados y les va mejor”, comenta.

Afuera de la residencia, en las calles, veían cómo el funcionamiento de la beca se magnificaba a escala de sociedad. Los estudiantes de menos abolengo —póngase al costeño, por ejemplo— tenían dos opciones: montarse en el tren de la masa luchadora cubana o limitar su vida a estudiar y comer lo que ofrecen en la residencia. Él eligió la primera, aunque es ilegal.

“Vivimos en un constante riesgo. Si nos descubren haciendo negocios ilícitos puede pasar algo. Hay negocios que se permiten, otros no. Pero no se nos ocurre meternos en cosas graves como drogas o carne de res”, dice el costeño.

“Hacer negocios es muy peligroso porque es ilegal. Si te descubren, pagas más caro”, agrega Eva.

Mercachifle

El hijo de la Costa Negra cuenta que entró en los negocios por su voluntad. “Quería comprarme una laptop, entonces encontré a un cubano, él hacía negocios y me dijo que si quería buscara clientes para él y ahí empezó todo. Mucha gente manda laptops de Estados Unidos. Salen entre 350 y 400 y casi siempre saco de 20 pesos (CUC) para arriba por cada laptop o celular que venda”.

Estar dentro de la residencia, aun cuando el agua se vaya o la comida no le guste, le da la oportunidad de tener una clientela estable. Cuenta que ha habido muchas estafas: “sobre todo cuando estábamos en Girón. Entraban cubanos a robarnos cosas. Las carpeteras nos robaban. A mí me ha sucedido que debían pagarme un dinero y no me lo pagaron, se pierden. El año pasado me estafaron a mí y a mucha gente con inversiones. Eran cubanos que iban a viajar y pedían dinero. Me salió mal. Invertí y no me devolvieron el dinero”.

El costeño, además de la compraventa, a veces se dedica a cortarle el cabello a sus compañeros. “Pelo casi gratuito. Pelo a mis amigos, no puedo salir afuera para pelar cubanos. Pelo dentro de la residencia, entre nosotros. Cobro a algunos.

“Mis amigas peinan la mayoría. Venden comida. Cocinan y venden. Les venden a estudiantes dentro de la residencia”, dice en español el nativo de la etnia tekke, aunque su repertorio de lenguas incluye tekke, francés, lingala, kintuba.

Otros compañeros suyos —añade—  venden perfumes, ropas, comida, zapatos. “Vendemos de todo. Suministran cubanos. También tenemos familia cerca que mandan. Amigos también que viajan. Yo puedo viajar. Ahora mismo tengo un plan para viajar a Haití, México. Necesito visa, pero es más fácil para mí que para un cubano”.

Ahora, 10 de la noche de un día entre semana, le toca salir a vender. Va directamente a ver a los clientes porque lo conocen. “Me dicen ‘oye, quiero este teléfono’, y yo lo busco. Tengo amigos cubanos que me dan la mercancía. Tengo ahora mismo Iphone 6 y 7, Samsung, Huawei, Motorola. En la beca tengo otros teléfonos. Nuevos de paquetes y otros de uso, los precios varían”, detalla.

Aunque el costeño permanece muchas veces hasta tarde en la calle, agradece a sus dioses por estar sano y salvo: “todavía no me han intentado asaltar”.

A sus amigos, sí, lamenta. “Ayer a un amigo lo intentaron asaltar. Él tiene una moto Águila que compró con el dinero que le debían del estipendio. Dos personas querían quitársela, él luchó y no pudieron. Pero ahora mi amigo después de la lucha está hospitalizado”.

Otros como Jospin Gaspard, nacido en Brazzaville, sobreviven con lo que les da su gobierno. A él no le gustan los negocios ni cree tener habilidad para ellos. No podría, señala, vender pan o hacer frituras en la residencia, tal cual lo hacen algunos de sus amigos y amigas. Por eso depende de un gobierno que, tranquilamente, puede pasarse 27 meses sin pagarle a sus estudiantes. Fue esto lo que llevó a los becarios al límite e hizo estallar la olla de presión que llevaba tiempo sobre el fuego.

El 2 de abril se apostaron frente a la Embajada del Congo en La Habana para exigir sus derechos. “Casi una semana estuvieron ahí, yo no estuve porque ya estoy terminando”, dice, como dejando caer una verdad muy cubana: “el que espera lo mucho espera lo poco”, dice el costeño. No era la primera vez que expresaban de esta forma su inconformidad ni la única gestión que habían hecho para exigir sus derechos. 

“Los de 5to año no fuimos. Eso es una pérdida para el gobierno también. La embajada es nuestra casa en Cuba, es el Congo en Cuba. Aquí casi no se hace este tipo de protesta pública, pero se hizo porque necesitábamos que nos pagaran para comer mejor. El Estado cubano nos garantiza comida pero no es la mejor. No tuvimos problema con el gobierno cubano, sino con el nuestro”, aclara.

¿Por qué se enfrentaron policías cubanos y estudiantes congoleños en La Habana?

Tras los hechos pacíficos en la sede diplómática, el 8 de abril ocurrió un enfrentamiento violento entre un grupo considerable de congoleños y fuerzas del Ministerio del Interior que permanecían en la residencia Salvador Allende para evitar una nueva protesta frente a la embajada.

El resultado fue predecible. Estudiantes expulsados de la carrera y repatriados, otros amonestados y un par, los que arremetieron hasta con fuego contra su embajada, se mantienen bajo privación de libertad y en espera de juicio. El resto cobró de una vez 12 estipendios, unos 1500 dólares por cabeza. La trastada les costó el puesto de trabajo a unos cuantos en esa sede diplomática.

María Dolores Smith, responsable de Relaciones Internacionales de la Residencia de Estudiantes de Posgrado “Comandante Ramón Paz Borroto” precisa que de esta residencia, ubicada en la esquina de 25 y G, el Vedado, no salió nadie a reclamar. En primer lugar porque los nueve congoleses que allí residen “no tenían nada que reclamar”. Como estudiantes de posgrado, cobran un salario en su país y pasan solo unos meses en la isla. Para ellos no funciona el sistema de pago de estipendio vigente para los de pregrado.

En cambio, asegura la funcionaria, se manifestaron muchos becarios de Fatecsa y de la escuela Salvador Allende.

“La mayoría de los que se manifestaron son de la Allende”, precisa el costeño.

Policías cubanos bloqueando la residencia de becarios extranjeros Presidente Allende, en La Habana. Foto: tomada de la página de Facebook Je Ne Rentre Pas Sans Mon Diplome.

Policías cubanos bloqueando la residencia de becarios extranjeros Presidente Allende, en La Habana. Foto: tomada de la página de Facebook Je Ne Rentre Pas Sans Mon Diplome.

Hacerse médico a pesar de todo

“Es muy duro para mí salir al negocio y luego estudiar. Yo salgo y regreso y me pongo a estudiar. Le dedico al negocio casi todo el día. Salgo de las clases a las 12 del mediodía y no me pongo a estudiar hasta las 10 pm, que salgo de los negocios. Depende también del examen que tenga”, cuenta el estudiante procedente de Costa Negra.

Muchos años antes de que él llegara a este país, lo había hecho su tío. En ocasiones varias generaciones de una misma familia se han trasladado, en décadas diferentes, a la Isla que les promete estudios superiores con un enfoque humanista.

Desde la etapa en que vino su tío, años 90, las estrategias de supervivencia vienen aparejadas de los estudios. Solo que, en aquel entonces, un destino común era la Isla de la Juventud, utilizada como una especie de laboratorio de lo que luego se implementaría en la isla grande.

Allá, en la residencia de estudiantes, los vecinos recuerdan que solían intercambiar pasta de diente y jabones por alimentos. Nirma Rosa Rodríguez, de 80 años, resolvió su aseo personal de aquellos años gracias a los congoleños, angolanos, sudaneses, namibios, zimbawenses.

Pero no podría decirse que esta práctica es novedosa. En muchos lugares y épocas los estudiantes han tenido que buscar otros mecanismos de subsistencia debido a la inoperancia de sus estipendios frente al costo de la vida. Los cubanos que estudiaron en Europa del Este no olvidan los malabares que hacían para estirar el dinero. Lo que sí es inédito es que un Gobierno, a su antojo, manipule la frecuencia de pago. Eso, a su vez, genera un modo distinto de supervivencia estudiantil.

“Uno de nuestros estipendios equivale a varios meses de sueldos cubanos”, dice la peinadora del Julio Trigo. “Por eso hemos aprendido a ahorrar cada vez que nos pagan porque puede pasar mucho tiempo hasta el próximo pago. Como no tenemos ninguna seguridad, debemos guardar y esperar por tiempo indefinido”.

Eva, mientras tanto, no se queda contando los minutos y aprovecha sus vacaciones atendiendo a cuanta clienta requiera de sus servicios. Así, de paso, no tiene tiempo para pensar demasiado en su hijo y en esta forma de hacerse médico a pesar de todo.

 

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