Hay en nuestra Isla una realidad palpable, que le gusta jugar a lo invisible. No hay quien se atreva a legitimarla o refutarla oficialmente, pero a nivel de país, tampoco a nadie le toma por sorpresa. Digámoslo de esta manera: acontece algo grave o demasiado relevante, que atañe o afecta alguna de las vértebras de la nación, y casi nunca se habla explícitamente de ello.

Se me hace difícil no comparar la incomunicación cubana con una alegoría del absurdo. Cuando a la población no le queda otro remedio que rastrear por sus propios mecanismos, sucesos ocultos de la palestra pública; el resultado consiste en el esparcimiento de artificios tejidos a base de especulación.

Porque lo que sí es verídico es que las cosas suceden, y rara vez se quedan adheridas a la barrera del silencio. Mediante vías soterradas o alternativas, de inverosímiles maneras, la gente al final se entera de esas zonas camufladas para el escenario social.

Pero ello supone notables riesgos. La información escurridiza compite así en una carrera de relevos, donde disímiles voces y filtros le agregan o le restan elementos. De ahí a que cuando llega a la meta de los oídos, exhibe el suculento record de la distorsión.

Es evidente que esto pasa consecutivamente en el país, pues la comunicación efectiva continúa siendo una de nuestras grandes asignaturas pendientes. Cada día se critica hasta la saciedad el vacío recóndito en el que yace la prensa, y en sentido general los canales comunicativos existentes en la Isla.

Lo paradójico es que tales circunstancias de fracaso se reconocen incluso en espacios y foros oficiales, mediante la opinión unánime de decisores y dirigentes. Sin embargo, la práctica nos dice constantemente, que tanto los debates como las posturas autocríticas, están a años luz de tomar cuerpo.

Mientras se exige la necesidad de una comunicación transversal, que se parezca a los cubanos y que cubra los nichos atornillados a nuestro contexto; en las redacciones de los medios, en muchas de las oficinas de los órganos estatales, así como en algunos de los recintos donde se analiza el funcionamiento del país, prevalece la cultura del mutismo.

Imagino que existan explicaciones avaladas por estrategias internas de salvaguarda. No obstante, la vida en Cuba transcurre regulada entre lo que se dice y lo que no; y en repetidas ocasiones aquello que se obvia -a fuerza de paranoia- no compromete la seguridad, ni el temperamento o el compromiso auténtico del pueblo.

Imponer secretos en asuntos de interés para una colectividad, repercute en la negación del derecho al conocimiento que los individuos poseen para interpretar, modelar y mejorar el espacio en que viven.

Esperar a que se comente en la calle el porqué del reemplazo de determinado ministro, o que se especule la causa del déficit de cerveza nacional; hacer de las políticas editoriales bocetos llenos de cuadraturas y permitir que internet sea al principal medio que informe sin reservas a solo unos pocos; significa readecuar –mediante cuestionables antojos- un proceso comunicativo que debía ser natural.

A fin de cuentas, la espiral del rumor que se eleva automáticamente por encima de los hechos reservados, resulta más desfavorable que una verdad mostrada con sus múltiples matices.

El recinto universitario donde estudié cinco años lleva el nombre de Facultad de Comunicación. Imponderable sería que pudiéramos homologar semejante designación en todos los ámbitos de la sociedad cubana.