Hace unos días, recibí un ataque frontal. Me bombardearon con todo el interés de aniquilarme.

De regreso a casa, conversaba en el tren con una amiga de mi edad que actualmente se desenvuelve como jueza. Yo quería aprovechar el contacto —todos los días uno no tiene la oportunidad de conversar con personas conocedoras de temas que a uno se le escapan un poco—, por lo cual nos envolvimos en una larga charla sobre asuntos jurisprudentes y penales.

Eventualmente la charla derivó en los problemas que hoy tiene nuestro sistema económico, político y social, terreno en el cual las leyes tienen un compromiso evidente.

Mi amiga concordaba en que algunas cosas no están bien, y hablamos de temas legales a los que valdría la pena pasar por un tribunal. No obstante, ella defendía cosas que yo denosto. A ratos asentíamos, a ratos nos negábamos…

Tras una de mis leves divagaciones, alguien que escuchaba nuestra conversación con las orejas bien paradas me interpeló:

—¿Por qué no te vas? —preguntó.

—¿Cómo…?

—¡Sí, vete pa otro país si tanto te molesta este!

—Te equivocas —le dije—, a mí no me molesta el país, solo me incomodan algunos aspectos que valdría la pena discutir entre todos, ¿no te parece?

Pero a ella no le interesaba aplicar a mis palabras ninguna lógica, solo quería agredirme.

—Por personas cómo tú estamos como estamos, lo único que sabes hacer es criticar y criticar… ¿Me puedes demostrar qué haces tú para que nuestro país mejore?

—Suave…, no me conoces, no sabes quién soy, ni a qué me dedico y a ti no te tengo que demostrar nada… —tomé aire—Lo que hago por mi país es eso que vez de forma negativa: criticar. Me atrevo a hacerlo y ojalá muchos más se atrevieran, pero no lo hacen porque en cualquier esquina se pueden encontrar a personas como tú que se atreven a juzgar a alguien por tener criterio propio, por decir lo que piensa…

No me resultó fácil terminar la idea, pues ella me interrumpía continuamente. Estaba muy segura de tener la razón y trataba de quebrarme repitiendo que con criticar y criticar no se resolvía nada, era necesario hacer, hacer y hacer…

Yo traté de sostener un diálogo, pero fue imposible. Quería decirle que su disertación sobre el “hacer y hacer” no estaba mal, pero si quien hace no tiene quien lo critique, llega el momento en el cual las cosas no funcionan.

Le hubiese explicado que al decirme “vete a otro país”, su conducta era fascista, lesiva y discriminatoria. Si critico y cuestiono es por el bien mío y ajeno, por mis ganas de vivir en este país, en este condominio que llamamos Cuba.

Pero mi amiga jueza no escapó de escucharme. Ella había quedado anonadada ante la repentina refriega. Ya recompuesta me dijo que conocía a la muchacha (era secretaria de una funcionaria en el Tribunal Provincial de Justicia) y no entendía por qué me había interpelado de aquella forma.

—Tal vez le molestó mi melena— le dije, y nos reímos.