No hace demasiado tiempo la sociedad de la que somos producto veía bien tirar a los esclavos a un redondel a matarse entre ellos o a ser devorados por leones. Pollice verso, la multitud pedía la sangre del derrotado. Hombres correctos, decentes y cultos, aplaudían ante el espectáculo que hoy nos parece dantesco.

Sobran en la historia humana las prácticas que hoy se consideran barbáricas: las decapitaciones, la esclavitud, la jornada de más de ocho horas, la segregación legal de cualquier tipo…

Sin embargo, en algún momento fueron normas y las clases dominantes que se valían de ellas para perpetuar su hegemonía no las dejaron ir por las buenas. Mucho hubo que luchar, fundamentalmente en el terreno de las ideas, para avanzar.

No hay desarrollo sin contradicciones, pero las contradicciones no necesariamente son sinónimo de conflicto. 

Porque el poderoso tosco cuyo único principio y fin es el poder mismo, su reproducción y perpetuidad, se niega a dialogar y a intentar entender todo aquello que salga de su estricta y reducida área de confort.

Porque las sociedades más avanzadas, con los ciudadanos más felices, no son aquellas con mayor PIB, ni con más ancho de banda para Internet, ni con más autos, escuelas, hospitales… no. A mi modesto entender son aquellas que construyen el consenso con más dinamismo y del modo menos traumático, porque es la mejor manera de llegar a lo que aún no se tiene.

El descrédito del que piensa diferente solo por ese motivo es una forma mezquina y pequeña de ejercer el pensamiento. Aquel que piensa que su idea es la mejor la defiende sin miramientos de la que defiende el otro. Quien está a la caza insomne de antagónicos se olvida de alimentar y fortalecer la propuesta propia. Entonces sus valores se vuelven difusos y solo se puede inferir que piensa a través de la contraposición con lo que piensan aquellos a los que ataca.

Sin Fidel Castro, tal vez todavía tuviéramos algún sucedáneo de Fulgencio Batista… 

La mayoría de los grandes hombres de la historia humana trabajaron a favor de una idea, no en contra. Eso, creo yo, trae virtud y perdurabilidad a las causas, porque de lo contrario, la victoria también trae la pérdida del rumbo, el aburrimiento político y el decaimiento espiritual.

No hay desarrollo sin contradicciones, pero las contradicciones no necesariamente son sinónimo de conflicto. Escuchar al otro concienzudamente y hacerse escuchar con elocuencia, entrar al diálogo sabiendo que el otro puede llevar razón en sus ideas, ofrecer el beneficio de la duda en lugar de la suspicacia venenosa es la mejor manera de interactuar con quienes, nos guste o no, comparten el mismo espacio y tiempo que nosotros.

Existirá la rara ocasión en la que no haya puntos de contactos y es derecho propio no conversar, pero es deber de inteligencia y pudor entender que el opuesto tiene derecho a la existencia y la palabra. La ofensa, el odio y la etiqueta reduccionista pocas veces aportan más de lo que arrancan a los grupos humanos.

No niego la necesidad de ser radicales por períodos. Sin Fidel Castro, tal vez todavía tuviéramos algún sucedáneo de Fulgencio Batista rondando por ahí con millones de analfabetos y miles de asesinados extrajudicialmente engrosándole el currículum. Pero la guerra revolucionaria solo fue cuando el propio Fidel entendió que no había posibilidad ninguna de diálogo, que nadie escuchaba y por tanto, había que romper esa inercia.

Así es como me gusta entender la historia de mi país, ese es el mensaje que me gustaría entendieran mis hijos no natos y todos aquellos que se creen portadores del único concepto de soberanía, patriotismo y revolución.

No se debe andar por la vida con la arrogancia y la intolerancia de los elefantes, de aparente parsimonia, pero que arrasan indiscriminadamente ante cualquier señal que los estrese en lo más mínimo.

Puedo sentir preferencia por determinadas ideas, pero en el actuar colectivo, creo que es mejor la ecuación que nos enseñó el Maestro, esa fórmula del amor triunfante: con todos y para el bien de todos.