Cuba se mantiene bloqueada por el gobierno más poderoso del mundo, en este contexto quizás algunos crean que la crítica es un lujo peligroso pero existe un estado de necesidad que la justifica: el bloqueo interno.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)  

Cuba tiene dos grandes prioridades en su agenda: derribar de una vez el bloqueo estadounidense y enfrentarse a las trabas que limitan un mejor desempeño del país. En este contexto, el pensamiento crítico cobra gran importancia, siempre enfrentado a otra mirada que busca preservar el status quo. La trágica contradicción es que predominan personas que desde posiciones de poder resisten todo cambio, en una especie de resistencia pasiva que tratan de justificar con tintes ideológicos.

Triste destino el nuestro si creemos que una Revolución la salva un puñado de conservadores.

Para estos señores la crítica debe ser ejercida “con responsabilidad”, lo cual no estaría mal si no fuera esto un eufemismo que en realidad significa evitar los temas tabú y ser políticamente correcto. Todos los críticos a menudo van a parar en un mismo saco, sin distinciones o matices, sin evaluar la intención que subyace en su planteamiento. La existencia de esa peligrosa mentalidad crea un estado de necesidad que hace imprescindible la crítica.

Criticar el status quo siempre ha sido imperdonable ante los ojos extremistas de cualquier bando ideológico, los revolucionarios del pasado también tuvieron que enfrentarse a fuerzas semejantes. Recordemos que Julio Antonio Mella fue expulsado del partido que fundara en 1925 y Antonio Guiteras fue calificado de “socialfascista de izquierda”. No es de extrañar entonces que ahora encontremos personas que en nombre de Mella o Guiteras cometan las mismas injusticias que sufrieron ellos en otro tiempo.

Según la teoría de Carlos Marx, el desarrollo nace de las contradicciones. Siguiendo esa lógica, resulta irónico que se llamen “marxistas” en Cuba muchas personas que acostumbran a edulcorar la realidad y gustan de simular falsas unanimidades que solo perjudican al país.

Decía el intelectual cubano Alfredo Guevara que “mientras más fuerte y denso es el dogma que impide y retarda la vida, más placentera resulta la herejía intelectual que lo desautoriza”, yo no podría decirlo mejor.

La crítica es un arma poderosa en manos del pueblo, garantiza que el ejercicio del poder sea equilibrado al sentir la presión social y resulta saludable para la nación por crear un ciclo constante de transformaciones. Cuando existen miramientos o se piensa dos veces antes de dar una opinión, es una señal de que hay algo mal, algo que debe ser cambiado inmediatamente antes de que se extienda como un cáncer y contamine al resto de la sociedad, antes que sea demasiado tarde.

El nuevo contexto después del 17 de diciembre puede crear el espejismo de que Estados Unidos ha renunciado en su política de cambio de régimen hacia Cuba, algo que no es cierto. Igual de peligroso es que para prevenir este espejismo pueda extenderse y hacerse fuerte un discurso de confrontación que no beneficia a la normalización de las relaciones. Ante estos extremos dañinos, debe existir un pensamiento crítico que busque alternativas y acompañe el actual proceso de cambios, o como ya comenté desde mi perspectiva una vez “políticamente correcto, nunca”.

El momento actual no solo hace necesaria la crítica sino que la sociedad participe activamente en nuestro destino. Existe un concepto errado de que el Estado debe tener la responsabilidad exclusiva sobre la actualización del país y el pueblo debe apoyar lo que se decida en altas instancias pero el mejor apoyo es la participación.

Socialismo no significa designar a un grupo de personas para que decidan por uno sino crear un mecanismo estructurado en el que la toma de decisiones sea lo más horizontal posible.

Quizás al ser esta una revolución conquistada por las armas y con dirigentes provenientes de una estructura militar, podemos entender el alto grado de verticalismo que conservamos. Nos tocará cambiar en los próximos años porque más que el estado de plaza sitiada, existe siempre la opción de que fuerzas reaccionarias puedan heredar un paraíso vertical y establecer un gobierno con las peores características.

Otro aspecto en el que estamos obligados a cambiar es el papel que le asignamos a la sociedad civil cubana, ahora que tanto se habla de esto, y que para ojos foráneos se refiere a un limitado grupo de personas con interés antigubernamental y para el Estado son solo las instituciones creadas por él.

Ambas miradas son excluyentes del amplio diapasón de pensamiento en el país, magnifican a una “disidencia” que tiene en realidad escasa base social y unas instituciones que cumplen sus funciones con formalidad pero con las que una parte importante del pueblo se identifica poco. Las iniciativas que logran mayor empatía entre los cubanos son los discursos que se acercan a la realidad del país, que evitan los extremos y se concentran en buscar soluciones sin negociar nuestra soberanía.

Los cubanos le llamamos bloqueo interno a las trabas internas que no dependen del bloqueo estadounidense y limitan el desarrollo del país. Yo prefiero llamarle “suicidio asistido” con la complicidad de los que exigen “críticas responsables”. Contra esto y todo lo que debe ser cambiado, estará la voluntad de muchos que reconocen el estado de necesidad existente. En el ajedrez que juega Cuba ahora, el peor movimiento es no hacer ninguno.