Dicen que la actual es pésima. Que no transmite historias orgánicas, y que su visualidad parece de cartón. Comentan que no enganchó desde el primer capítulo. Lo cierto es que la telenovela cubana en transmisión, ha causado un torrente de inquietudes entre el público.

Se trata de una producción audiovisual, cuyos argumentos focalizan algunos conflictos de la sociedad de una manera tan anarquista y desproporcionada, que la hacen parecer surreal. Todo fenómeno que adopta el desplazamiento a los extremos y obvia los matices de la vida, deriva en el descrédito o la apatía. Aplica para todo esta constante.

De ahí a que el resultado del dramatizado no se traduce en la suma de televidentes, sino en la sustracción de ellos.

“La sal del paraíso”-título de la telenovela- llegó a las pantallas del archipiélago con un cargamento de contrariedades un tanto hiperbolizadas, por ende, difíciles de digerir. Se entiende que la intención de sus hacedores sea poner el dedo en la llaga, en esa aspiración plausible de subvertir los problemas. Sin embargo, la omnipresencia de lugares sombríos en los relatos incomoda ante la carencia de contrapartes.

La sal del paraíso no ha gustado mucho en Cuba

Como sabemos Cuba –al igual que cualquier otro país- es una nación polifacética, donde no faltan las dificultades y contradicciones a diferentes niveles. Por tanto ilustrar sus complejidades resulta una tarea admisible y valiente. Ahora bien, realizar un paneo –como la novela hace- casi exclusivamente de los defectos o crisis de valores en la Isla, dejando un estrecho margen a sus virtudes; desencadena un desequilibrio que puede tomarse como poco serio. Incluso da cabida a las interpretaciones en tono de burla.

Así, observamos pasmados como un adolescente cubano lleva un arma de fuego a la escuela; nos irritamos con las indiscriminadas peleas de perros; nos llega a incomodar la desventura de una joven a la que el destino golpea consecutivamente; y vemos relegado un tema tan sensible como el autismo. Y no es que el contexto cubano sea un edén donde no surjan situaciones parecidas, pero el componente tremebundo de la telenovela actual logra sacar asfixia, donde debería haber deleite.

Al fin y al cabo la función primordial de esos encargos televisivos es el entretenimiento. Los espectadores cubanos han tejido una costumbre a través de los años de sentarse frente al televisor en horarios estelares, para refrescar del peso de la jornada. Por tal motivo es la exigencia de un producto comunicativo similar a nuestras circunstancias, que goce del oxígeno agradable de los romances, de las metas alcanzadas.

Nuestra cultura de consumidores de telenovelas, tanto nacionales como foráneas, nos dice que la lógica del género es el constante zarandeo entre villanos y héroes. No obstante, somos lo suficientemente avezados para darnos cuenta cuando ese antagonismo de roles no está bien desarrollado, o se queda en la epidermis de la historia.

“La sal del paraíso” no ha gustado mucho en Cuba. La conclusión es rotunda pues se ha quitado de su programación habitual, confinándose a un horario de menor teleaudiencia. Creemos que esta variante no viene a ser la solución al problema. La infortunada trayectoria de las telenovelas hechas en el país debe analizarse con hondura, en pos de futuras empresas. Un género con tanta tradición y arraigo en la cultura popular, que en algún momento de la historia exportó productos de calidad, no debería quedar a merced de mucho ruido y pocas nueces.

A estas realizaciones no solo les corresponde ostentar una puesta en pantalla atractiva en términos de visualidad. Tienen además que entretener, sabiendo combinar guiones de calidad con maneras efectivas de comunicar el montaje audiovisual. Las actuaciones, la escenografía y la edición son otras piezas imprescindibles para alcanzar la eficacia del resultado final.

Las telenovelas no serán nunca producciones impolutas. Tampoco pedimos eso. Nos conformamos con un relato armónico, que no esté teñido de tonos maniqueos ni de triunfalismos falsos. Siempre resultará placentero observar los retratos de nuestra realidad desde el encuadre de la pantalla. Eso sí, bien enfocados.