En esta isla pocos conocen qué significa el término procrastinación pero muchos la practican, sus huellas pueden verse incluso en la historia reciente del país. ¿Nunca les ha parecido que el proceso de cambios necesarios en Cuba ha comenzado tarde? Quizás no demasiado tarde, pero seguro que hubo oportunidades anteriores que se dejaron pasar y esto tendrá un costo que todavía está por ver.

Se denomina procrastinación al hábito de sustituir actividades o situaciones urgentes por otras más irrelevantes y agradables. Siguiendo esta lógica, ¿acaso no hemos evitado cambiar esquemas y rumbos aparentemente “seguros” en numerosas ocasiones? Cuba tiene historia en aplazar las transformaciones, algo extremadamente peligroso en un país que se presente como revolucionario.

Cuando fracasó la Zafra de los Diez Millones en el año 1970 el país se vio obligado a entrar en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) lo que implicaba pertenecer al sistema hegemónico que mantenían los soviéticos. La construcción de un modelo nacional fue postergada sine die hasta que el derrumbe de este modelo nos obligó a transitar solos, vale destacar que fueron las circunstancias las que impulsaron el cambio.

Quizás la lección sea cómo aquello que la procrastinación pospone, luego el contexto obligará a emprenderlo obligatoriamente en condiciones más desventajosas.

Una reflexión sobre la historia de la procrastinación política inevitablemente tiene que abordar tópicos tales como el poder y la gobernabilidad. El punto es que en un país tan vertical como el nuestro, las decisiones se tomaban al más alto nivel pero su aplicación es imposible sin el respaldo popular. Desentenderse de la historia nacional y atribuirle solo a los dirigentes las cuotas de éxitos y fracasos sería ignorar el hecho de que todos estos contaron con la aprobación popular de distintas maneras.

Sin duda alguna uno de los factores que más han saboteado el actual proceso de actualización económica (¿y política?) por el que atraviesa el país ha sido la resistencia al cambio por parte de no pocos funcionarios. Formados en décadas pasadas donde era un mérito ser “intransigente” y se veía con malos ojos mucho de lo que en los últimos años se aprecia como signo de la nueva mentalidad, estos funcionarios han visto trastocados muchos de sus valores. Atrás quedó la época donde era mejor decir que no a tomar algún riesgo diciendo que si ante una idea nueva.

Entonces la resistencia al cambio puede ser una manifestación de la procrastinación… ¿o viceversa?

Otro factor a tener en cuenta es la presión que hace un sector de la burocracia cubana que ve con recelo que se cambie el orden actual de las cosas, para ellos el cambio representa un peligro a su status de vida y serán los primeros enemigos de cualquier transformación que amenace sus posiciones. En la naturaleza humana no está entregarle a otros aquello que tanto ha costado alcanzar.

La procrastinación social cubana puede ser un trastorno del comportamiento político nacional, nos toca a los cubanos perderle el miedo a la incertidumbre, le toca a los funcionarios entender que en una sociedad es imposible e ilegítimo tratar de controlarla como si fuera un ensayo de laboratorio. Nos toca a todos cambiar lo que debimos hacer antes, en esta ocasión presionados por una realidad que se nos presenta muy dura pero inevitable, quizás de esta forma no volvamos a posponer los cambios cuando tocan.